Lucas y sus amigos siguen secuestrados por la Sociedad Sijé, ¿qué es lo que mueve a esta gente? ¿Y quién es la misteriosa chica del corazón de rubí que se encontró en Venecia un año antes?

Sábado – 22/11/2014

Se levantó de la cama para acercarse a la ventana, siempre que estaba en aquella habitación le gustaba hacerlo. Las luces de Barcelona hacía horas que habían invadido las calles, provocando que nunca se sumiera en la completa oscuridad, parte de esa luz se colaba en la habitación provocando que su figura quedase recortada en la ventana. Un pijama cubría la mayor parte de su pálida piel evitando así que se volviera anaranjada tal y como lo hacía la que estaba al descubierto a consecuencia de la luz. Se arregló el pelo negro de forma inconsciente, dejando que su media melena cayera sobre el lado derecho y trasero de su cabeza, el izquierdo lo tenía rapado.

Estuvo quieta largos minutos, entreteniéndose con la gente que pasaba borracha por la calle. Nunca le había gustado el alcohol y no comprendía como a alguien podía gustarle, sólo servía para inhibir los sentidos. Vio como uno de los borrachos que pasaban se caía al suelo, sus amigos en lugar de ayudarle se dedicaron a reírse de él. Tras un rato se levantó también riendo, aquello hizo que dejara la ventana, aunque había otro motivo que le había llevado a hacerlo: era la hora.

Se dio la vuelta y miró el gran crucifijo que reposaba en la pared de su derecha, siempre le había gustado pero no era el momento de detenerse a admirarlo. Bajo la vista hasta llegar a la cama, allí, sin nada que cubriese su cuerpo desnudo estaba durmiendo él. Había llegado la hora de despertarlo, sacudió de forma leve el brazo.

–Venga, es hora de despertar –empezó a removerse por la cama–. Ya ha llegado la hora –dijo añadiendo un tono de felicidad.

Él abrió los ojos de golpe, lo primero que vio fueron los ojos escarlata de ella, luego su sonrisa tan fría como el hielo. Vio la mano de ella dirigirse a su cabeza para desordenar su grisáceo cabello a consecuencia de la edad, tras eso la hizo a un lado y se levantó. Empezó a vestirse con calma, sin decir palabra, ella hizo lo mismo por cuenta propia. Luego salieron juntos de la habitación, al fin y al cabo había llegado la hora.

Relatos de Ilya 3

El dolor lo despertó de golpe, algo le había azotado el estómago, cuando abrió los ojos no se sorprendió al descubrir que frente a él estaba el hombre rubio, inmóvil. La sala había cambiado de nuevo, esta vez era blanca por completo a excepción de la puerta que era negra. Estaba atado a una silla como las anteriores veces, intentó forcejear pero no sirvió de nada, tras un rato dirigió una mirada de desprecio a aquel hombre.

–Hola Lucas, ¿me recuerdas? –preguntó ya preparado para dar el siguiente golpe.

–Claro que sí, eres el del servicio de habitaciones, supongo que vienes a traerme la comi… no pudo terminar de hablar, el hombre le había asestado un puñetazo en la cara–. Ese plato no estaba bueno, ¿no puedes traerme otra cosa? –recibió dos golpes más.

–No me haces gracia.

–Pues no te haces una idea de lo que me estoy riendo yo –mintió. Le dolía la cara, el pecho y el estómago, la visita de Olga le había dejado destrozado, si conseguía huir las heridas y moratones tardarían en desaparecer–. Venga, si quieres te digo quien eres –vio la mirada esperanzada del hombre–. Paulo, ese es tu nombre, ¿contento?

–No. Mi nombre lo escuchaste la otra vez –dijo mientras movía la cabeza de un lado a otro–. Además, mi nombre no es quien soy –se acercó a Lucas hasta que los ojos de ambos quedaron a escasos centímetros–. Puedes estar seguro que antes de matarte sabrás quien soy.

–Entonces nunca lo sabré –Lucas dibujó una media sonrisa–, no tengo planeado que me mates. ¿Dónde está tu amiguito, Mario? Tengo algo de hambre y él como mínimo trae comida de verdad –fue la primera vez que Paulo no lo golpeó.

–No va a venir por ahora, todavía hay más gente que quiere verte –levantó el brazo para acercar la muñeca al oído de Lucas–. ¿Oyes eso? –Sabía que Lucas oía el avance de la segundera del reloj–. Tic–tac, tic–tac, es tu muerte acercándose.

Lucas no dijo nada más, Paulo hizo lo mismo, estuvieron unos minutos manteniéndose las miradas hasta que al final el hombre se levantó. Hizo un ligero gesto hacia la puerta, invitando a entrar a alguien. La puerta se abrió poco después y cruzó el umbral una pareja, en cuanto los vio entrar Paulo se alejó riendo pata si, cuando cerró la puerta se quedó a solas con la pareja. La piel de ella era oscura y llevaba el cabello recogida en varias trenzas, él estaba moreno y llevaba una barba de semanas.

–Hola –saludó ella, su tono era gélido al igual que su mirada. Él no dijo nada, lo único que hizo fue moverse de un lado a otro, sin detenerse.

–Lo que me faltaba, los famosetes –los había reconocido nada más entrar–. ¿Se puede saber qué demonios os pasa a todos? No pienso hablar con vosotros, así que iros al infierno.

–Hablarás –sin decir nada más Eliana descargó un fuerte golpe en la entrepierna de Lucas que hizo que a este se le saltaran las lágrimas.

–Eliana, esto no puede estar bien, no, no puede estarlo. No puede estar bien, no –lo repetía una y otra vez mientras se movía de un lado a otro de la sala, sin detenerse. Sus manos subían hasta estirarse el pelo y luego volvían a bajar con un mechón–. No puede estarlo.

–Cállate –gritó descargando una mirada llena de ira en Leonardo, él se empezó a encogerse. Eliana se acercó hasta él y descargó dos golpes con la palma de la mano que hicieron que su marido cayera al suelo, tras eso le dio tres patadas en el estómago–. Ya hemos hablado eso y dijimos que llegaríamos hasta el final. Deja ya de quejarte –su voz rezumaba veneno.

Lucas vio la escena tranquilo, una sonrisa asomó a su rostro, eso explicaba muchas cosas. Leonardo se había puesto a llorar hecho un ovillo en el suelo, ella mientras lo miraba con desprecio, incluso con asco. Tras un minuto Eliana se agachó para abrazar el torso de su marido mientras se disculpaba y le decía que lo quería.

–¿Eres tan estúpido como para creerte eso? –Preguntó Lucas mirando fijamente a Leonardo.

–No soy estúpido, ella me quiere, siempre lo ha hecho –miró a Eliana de reojo–. Sé que lo siente de verdad…

–Calla –ordenó ella–, lo único que quiere es que discutamos –se acercó a paso lento hasta Lucas–. ¿Por qué le hiciste eso a mi niño?

–Te he dicho que no hablaré contigo. Además, me das mucho asco –dicho eso le escupió en la cara. La cara de Eliana se cubrió de un rictus de ira–. Basura, eso es lo que eres –la mujer descargó un golpe en la mandíbula de Lucas, el gusto de la sangre invadió su boca.

Leonardo había empezado a moverse otra vez de un lado a otro de la sala, murmurando lo que le parecía aquello. Sus pasos resonaban en las paredes, invadiendo toda la sala. Eliana le dirigió una mirada que lo detuvo al instante pero en cuanto ella se dio la vuelta empezó a andar de nuevo. Lucas sabía que ese hombre no aguantaría mucho más allí, no era como Eliana o como él, era más débil, demasiado para estar allí.

Los puños de Eliana se iban cerrando una y otra vez, dejando los nudillos blancos en cada ocasión. Sus labios temblaban, faltaba poco para que volviese a atacar a Leonardo, solo hacía falta presionar un poco.

–¿Sabes quién era basura también? –Eliana le dirigió una mirada gélida cargada de odio–. Aunque bueno, quizá basura era aspirar mucho para alguien así –dibujo media sonrisa en su rostro, Leonardo estaba un poco más nervioso–. ¿No lo adivinas? Venga, si es fácil.

Eliana deslizó poco a poco la mano derecha dentro de uno de sus bolsillos, pasados unos segundos la sacó junto con un pequeño objeto que tenía atrapado entre sus dedos. Acercó la otra mano para abrir poco a poco la hoja de la navaja, luego la llevó con relativa calma al cuello de Lucas. Aquella mujer le odiaba de verdad, quizá fuera la persona que más lo odiaba en todo el mundo pero eso no cambió su actitud, estaba seguro de que no lo mataría allí.

–Veo que no quieres jugar a adivinar, una lástima, hubieras ganado un premio –intentó reírse sin llegar a conseguirlo–. Ya que no quieres jugar te lo diré yo. Tu hijo, Bruno, él es el que no llegaba al nivel de la basura.

Lucas notó como el filo rasgaba la carne de su cuello, provocando que unos hilos de sangre se deslizaran hasta alcanzarle la camiseta. La mano de Eliana temblaba mientras sujetaba la navaja, quería hundirla más pero sabía que no podía hacerlo, ese no era el trato que le habían ofrecido. Leonardo por su parte estaba andando más rápido y murmurando con más fuerza lo que pensaba sobre aquello.

–¿Quieres saber por qué murió? –Lucas desafío a Eliana con la mirada hasta que ella bajó la navaja–. Porque era un jodido monstruo, secuestró y violó a mi mejor amiga hace años y, este año lo volvió a hacer. Tu niño –dijo envenenando la última palabra con toda su ira–, era un violador que no merecía existir, yo solo saque la basura.

–No, no, no, Bruno no era así –dijo llorando Leonardo–. Bruno era un buen chico, siempre se portaba bien en casa. No era así, no era así, no era así –empezó a arrancarse mechones con las manos, uno tras otro sin poder detenerse.

–Calla de una vez –le ordenó Eliana.

–No era así, yo lo sé, lo sé. Era un buen chi… –el frío de la navaja de Eliana se introdujo en el corazón de Leonardo impidiendo que acabase de hablar.

La sangre empezó a teñir la mano de Eliana mientras mantenía la hoja clavada en el pecho de su marido. Estuvo unos segundos inmóvil, viendo como la vida se escapaba de los ojos de Leonardo. Cuando vio que ya no quedaba nada en ellos sacó la navaja poco a poco, dejando que el cuerpo de su amado cayera al suelo como si se tratara de una bola de papel. Lucas vio los ojos de Leonardo, aun sin vida estaban pidiendo perdón, sintió lástima por él pero no pudo evitar una sonrisa. Quedaba uno menos.

Eliana se había quedado quieta por completo, con su mano derecha bañada en la cálida sangre de su marido. Cúa do se abrió la puerta reaccionó, se tiró sobre Leonardo para empezar a repetir que lo sentía, que la perdonase y que por favor se pusiera bien. Paulo y Caméléon la cogieron por ambos brazos y empezaron a tirar de ella para sacarla de aquella sala. Mario por su parte se cargó en el hombro el cuerpo sin vida de Leonardo.

–Ahora te traigo algo de comer y hablamos –dijo mirando a Lucas. Sin esperar respuesta se dio la vuelta y salió de la sala cerrando la puerta tras de si.

Lucas siguió allí sentado, buscando alguna forma en la que pudiera librarse de aquellas cadenas. Forcejeaba para intentar liberar un brazo como ya había hecho la otra vez pero las cadenas estaban más prietas que antes. Cuando oyó la puerta abrirse se detuvo, Mario ya avanzaba hacia él con un plato en una mano y una botella de agua en la otra.

–No pares por mí –dijo con calma–. No vas a volver a soltarte, te lo aseguro –la puerta volvió a abrirse. El hombre rubio avanzó hasta dejar una silla frente a Lucas, Mario se sentó en ella mientras el otro se daba la vuelta para marcharse.

–Eh, Paulo –dijo Lucas provocando que el hombre rubio se girase–. ¿Ves como si eres el chico del servicio de habitaciones? –el hombre empezó a avanzar hacia él.

–Detente amigo –dijo Mario interponiendo el brazo izquierdo en el camino de Paulo–. Ahora es mi turno, vete, por favor.

Mario abrió la botella y la acercó a los labios de Lucas para que pudiera beber, cuando acabó empezó a darle de comer. Estuvieron en silencio hasta que se acabó la comida.

–Gracias –murmuró Lucas–. Necesitaba comer, además ese risotto estaba buenísimo.

–Ahora hablemos –dijo Mario mientras dejaba el plato a un lado–. Hay algo que no entiendo, cuando has hablado de lo que hizo Bruno no les has dicho que a ti te dejó en coma.

–Eso es porque no me importa, a mí podía hacerme lo que quisiera pero no a mi amiga. Yo también hay algo que no entiendo. ¿Por qué una habitación diferente cada vez?

–¿De verdad no lo sabes? Es por el caos. El caos es muy importante, no sabes qué día es hoy, ni la hora y mucho menos el lugar. La verdad es que te hemos estado trasladando todo este tiempo –Mario le ofreció una amplia sonrisa.

»Mi turno otra vez. He visto antes tu sonrisa, cuando Leonardo ha muerto. Sabías que pasaría, ¿verdad?

–Lo sabía –admitió Lucas–, por eso he aprovechado la oportunidad. Me da pena que haya sido él quien ha muerto, parecía el más cuerdo y decente de todos vosotros.

–Mira quien fue a hablar –Mario río.

–Supongo que tienes razón. ¿Cómo están mis amigos?

–A salvo. Aunque tu chica, la del pelo rosa, lo está pasando bastante mal con Caméléon –vio la ira creciendo en los ojos de Lucas–. Si te soy sincero ese tipo me da bastante asco, cuando todo esto acabe me encargaré de él. Seguro que el mundo será un lugar mejor –justo lo mismo que pensaba Lucas–. ¿Quieres preguntar algo más?

–¿Qué es la sociedad Sijé?

–Buena pregunta, pensaba que no recordarías el nombre. La sociedad Sijé somos nosotros –dijo haciendo un arco con los brazos, incluyendo así a todos los que estaba con el–. Lo más seguro es que ya hayas deducido a que nos dedicamos, pero sino solo es cuestión de tiempo.

–Tengo una ligera idea, ¿puedo saber de dónde viene el nombre?

–Claro, es de un poema que siempre me gustó. Ya te lo leeré. –Se hizo el silencio unos segundos hasta que Mario volvió a hablar–. Tengo que irme ya Lucas, esta vez te dejo despierto para que reflexiones un poco sobre lo que has hecho.

Relatos de Ilya 3

La puerta se abrió sin provocar ningún ruido, lo que le permitió a Mario adentrarse en ella sin que lo vieran. Avanzó con cuidado para cogerlo por sorpresa, en cuanto pudo agarró del cuello a Caméléon y lo lanzó al suelo para separarlo de Dulce. Lo miró con desprecio.

–No vas a volver a ponerle la mano encima o acabaré contigo –amenazó Mario mientras Caméléon se subía los pantalones.

–Paulo me prometió…

–No me importa lo que te prometiera –le cortó–. Yo soy quien manda aquí, así que me obedecerás. Largo, que no se te ocurra volver a entrar a hacerle nada.

Caméléon salió de la sala sin decir una palabra más. Se giró para cerrar la puerta, mientras lo hacía aprovechó para amenazar a su víctima con un volveré que no llegó a pronunciar. Cuando la puerta se cerró Mario se acercó a Dulce y empezó a aflojar las cadenas para que esta pudiera sentarse en el suelo. Una vez sentada le levantó la barbilla con una mano para poder mirarle a los ojos.

–Puedes estar tranquila, esa basura ya no volverá a molestarte.

–No estoy nerviosa –dijo con un hilo de voz–. Sé que os matará y entonces saldré de aquí –Mario no pudo evitar reír.

–Claro, nos matará –volvió a reír–. La verdad es que sois una pareja curiosa –Mario se dio la vuelta para salir de la sala. Antes de cerrar la puerta volvió a oír la voz de Dulce con más convicción e intensidad que antes, había vuelto a decir os matará.

Relatos de Ilya 3

Martes – 23/07/3013

La luz del sol se reflejó en el pequeño corazón de rubí que colgaba del cuello de la chica provocando que un destello rojizo cegara a Lucas un instante. Se sentó en una silla frente a ella para evitar el resplandor, con la mano empezó a tamborilear sobre la superficie de la mesa. Estuvieron unos segundos en silencio hasta que ella se decidió a hablar.

–No soy la chica de ese vídeo así que ya puedes irte –la suave voz iba cargada de odio–. No me mires así.

–Es que no sé de qué vídeo hablas. No he visto ningúno en el que salgas. Hasta hace un rato no te había visto nunca – Lucas tuvo que mentir en lo último–. ¿Qué vídeo es ese?

–¿De verdad no lo has visto? ¿Por qué te has acercado a mí entonces? –preguntó.

–Si eso antes de hacernos más preguntas nos presentamos, ¿vale? Mi nombre es Dante –mintió–, ¿y el tuyo?

–Oh, buena idea –el esbozo de una sonrisa asomó a los labios de la chica–. Me llamo Enna. ¿Es verdad que no sabes nada del vídeo? Es que hace más de un año que no consigo encontrar a nadie que no lo haya visto… –sus ojos se habían empezado a sumir en una tristeza arrolladora.

–De verdad, no tengo ni la más mínima idea de qué vídeo hablas –la mirada de Enna seguía poseída por la tristeza–. Puedes estar tranquila tampoco quiero verlo, no quiero que unos ojos tan bonitos tengan que lidiar con esa tristeza.

–Gracias –dijo con una sonrisa cuya mirada no acompañaba–. Mis ojos no son bonitos, son normales, marrones, los que podría tener cualquier otra chica.

–Supongo, pero los ojos que me han cautivado en un instante son los tuyos, no los de las otras chicas –Lucas sonrió–. Me he acercado a ti porque quiero verte con una sonrisa todo el tiempo, quiero robarte toda esa tristeza.

–¿Y si yo la quiero? –preguntó Enna.

–En ese caso te convenceré de que me la regales, y si no lo consigo te pediré como mínimo una parte. No creo que seas tan egoísta como para querer quedártela toda para ti, ¿no?

–Tonto –murmuró, tras eso tomó un pequeño sorbo de su taza de café–. Claro que no soy tan egoísta. Si te portas bien dejaré que te lleves un poco –Enna dejó escapar un amago de risita justo antes de volver a sorber su café–. Eres raro –dijo mirando a Lucas a los ojos por encima de la taza.

–¿Puedes creer que no eres la primera persona que me lo dice? –acompañó la pregunta con una leve sonrisa.

–¿En serio? Quien lo hubiera dicho –Enna no pudo evitar que se le escapara una risa jovial que llevaba tiempo queriendo salir–. Es genial poder hablar con alguien como tú. ¿No tomas nada?

–Sí –Lucas llamó al camarero y le pidió un té.

–¿Cómo puede gustarte eso? El olor es tan… Buagh –sacó la lengua para demostrar lo poco que le gustaba–. En cambio el café es genial.

–Mírala ella que graciosa –dijo con una risa–. Ahora cuando venga lo probarás, ya verás que bueno está. Yo a cambio probaré tu café –propuso Lucas, en esta ocasión fue él quien sacó la lengua–. Nunca he conseguido acabarme una taza de café, será todo un reto.

–Pero… Pero… ¿Pero cómo es posible? ¡Si es una de las mejores cosas que hay! Yo si no tomo cada día café no soy persona.

–Yo puedo decirte lo mismo con el té. Si pudiera darte a probar alguno de los que estoy pensando seguro que cambiabas de opinión –cuando el camarero sirvió el té Enna pidió otro café. Cuando se alejó acercó su taza a la chica–. Tu turno –dijo con una sonrisa inocente.

–Supongo que sí –dijo Enna con voz de niña pequeña. Abrió el sobre de azúcar y vertió su contenido en la taza, luego empezó a remover la cucharilla–. Que sacrificio por un desconocido –dijo medio riendo.

–Ah, pero no cualquier desconocido sino el mejor de los desconocidos.

–Y encima engreído –Lucas rompió a reír.

–Lo siento, no lo he podido evitar. Sin duda tú también eres la mejor de las desconocidas –le ofreció una de sus mejores sonrisas–. Venga, toca probarlo.

Enna acercó la taza hasta sus labios, no pudo evitar arrugar la nariz cuando olió aquel té. Tomó un sorbo, luego otro y tras ese otro más, su nariz ya no estaba arrugada, sus ojos estaban algo más abiertos. Antes de que llegara la taza de café la de Enna ya estaba vacía.

–Estaba más bueno de lo que esperaba. No me importaría añadir una taza de té a mis días de tanto en tanto. Al final el desconocido guapo tenía razón y su bebida estaba buena –sonrió.

–Espero que pase lo mismo con la de la hermosa desconocida –dijo Lucas acercándose un poco más a ella, algo que Enna no rechazó.

Pasaron pocos minutos para que la desafiante taza de café estuviera frente a Lucas, desprendiendo ese olor tan amargo. Echó el sobrecillo de azúcar a su interior pero el olor no cambió en lo más mínimo. Antes de llevárselo a la boca decidió probar a pedir otro sobre más. Una vez metido en la taza y bien removido se dio cuenta de que no había servido para nada. Enna no dejaba de acusarlo con la mirada de cobardía, hasta que decidió que había llegado la hora.

Cuando acercó la taza a los labios no pudo evitar arrugar la nariz al igual que lo había hecho Enna con el té. Sin embargo cuando el amargo líquido toco su lengua cerró los ojos para ayudarse a tragar aquel líquido. Repitió el proceso varias veces hasta que logró acabar con la taza.

–Por favor, esto tiene que venir del mismísimo infierno. ¿Cómo puedes beberlo? –preguntó Lucas sorprendido.

Enna empezó a acercarse más a él, hasta que acabo sentada a su lado. Entonces lo miró a los ojos antes de dirigirse a la oreja de Lucas.

–Eso. Es. Un. Secreto –susurró antes de empezar a reír, Lucas la acompañó–. ¿Te apetece dar una vuelta?

–Claro que sí, me arrepentiría si desaprovechara la oportunidad –dijo mirando los ojos de Enna que estaban a escasos centímetros de los suyos–. ¿Estás segura? –la única respuesta que obtuvo fue un beso, algo que no le sorprendió.

Se levantaron y fueron a pagar lo que habían tomado, una vez hecho eso salieron de Il caffé della rosa para adentrarse en los callejones y canales de Venecia. Empezaron a andar separados hasta que tras un rato decidieron cogerse de las manos para asegurarse el uno al otro que no se perderían en aquel paseo.

Mientras andaba Lucas se iba fijando en pequeños grupos de adolescentes que los miraban y cuchicheaban entre sí, riendo. Incluso algunos llegaban a seguirlos un rato, aun así desde la distancia Lucas los oía reír, al igual que Enna cuya mirada se había vuelto a hundir en la tristeza que había visto en sus ojos cuando empezaron a hablar.

Siguieron caminando hasta que lograron llegar a una pequeña plaza desierta en la que había un único banco que enseguida aprovecharon para sentarse. Enna apoyó la cabeza en el hombro de Lucas y empezó a llorar, él la rodeo con sus brazos lo que sirvió para que llorase todavía con más fuerza. Estuvieron así un buen rato hasta que las lágrimas empezaron a escasear poco a poco, hasta que al final abandonaron los ojos de la chica.

–Tranquila Enna –dijo Lucas mientras la miraba a los llorosos ojos marrones que poseía. Empezó a acariciar el pelo y a enredar sus dedos en él–. Tranquila, seguro que todo se soluciona.

–No se solucionará… Eso ya es imposible… Todo esto empezó ya hace más de un año y nada ha cambiado… Nunca nada cambiará… –empezó a llorar de nuevo, Lucas aprovechó para abrazarla con más fuerza.

–Claro que cambiará, antes estabas sola. Ahora estoy contigo –dijo Lucas antes de volver a besarla.

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Hace mucho mucho tiempo, en una era de antaño, dedicaba alguna entrada de tanto en tanto y hoy me apetece volver a hacerlo. Hay dos chicas a las que les encanta esta historia y quiero dedicarles este capítulo a ellas. @Lenika08 y @_Nute_ es para vosotras ^^

Si queréis leer el resto de capítulos los podéis encontrar en la ficha de Relatos de Ilya.