Lucas y sus amigos siguen secuestrados por Mario y sus compañeros. ¿Qué pretende obtener aquella gentes de ellos? ¿Y qué sucedió en Venecia, la misteriosa ciudad de las falsas identidades?

Relatos de Ilya 3 - Vendetta_Título1

Martes – 23/07/2013

El incesante timbre del teléfono despertó a Lucas que empezó a buscarlo aún con los ojos cerrados. Cuando al fin dio con él lo descolgó y se lo acercó a la oreja.

–Buenos días señor Zuzunaga –dijo en italiano un amable voz femenina al otro lado del teléfono–. Tal y como nos avisó que hiciéramos le llamamos a las nueve para despertarle. Ya va para allí el almuerzo que pidió junto con una carta que ha llegado a su nombre –Lucas estaba confundido al igual que seguía medio dormido. Estaba seguro de que él no había pedido nada de eso, por lo que tenía que ser cosa de Aleksei.

– Oh, buenos días, gracias. ¿Sabe de quién es la carta? – respondió en un perfecto italiano dado que desde bien pequeño lo había estado estudiando, además sus constantes visitas al país no habían hecho más que mejorar su dominio sobre el idioma.

–No lo sé, señor. Tenga un feliz día –tras decir eso la mujer que había al otro lado de la línea colgó.

Lucas acabó por abrir los ojos y vio como los rayos de sol se filtraban a través de las cortinas para iluminar toda la habitación. Enseguida se levantó y recogió los pantalones que llevaba el día anterior para sacar la cartera, una vez hecho eso cogió un billete de cincuenta euros. Guardó la cartera y dejó el billete sobre la mesilla de noche. Después se dirigió al baño, cerró la puerta tras de sí y empezó a llenar la bañera con agua caliente. Pasados unos minutos llamaron a la puerta.

– Pase. Déjelo donde quiera, su propina está sobre la mesilla de noche –dijo Lucas de forma mecánica, solía hacer siempre lo mismo en todos los hoteles donde se alojaba.

–Gracias señor –respondió la voz grave de un hombre. Tras la respuesta se oyó el ruido de la puerta de la habitación al cerrarse.

Cuando Lucas salió del baño se acercó a la bandeja que le habían traído y vio el sobre. Era blanco y tenía escrito en una cara su nombre y el número de su habitación. Sin abrirlo lo dejó a un lado, Aleksei podía esperar. Cuando destapó la comida descubrió dos cruasanes y un zumo de naranja, su amigo no había escogido mal aunque hubiese preferido café. Comió y bebió con tranquilidad y cuando acabó recuperó el sobre dispuesto ya a abrirlo. Dentro había una nota con una sola línea escrita a mano, “Il caffé della rosa 12:30 PM“.

Lucas miró el reloj y ya pasaban bastante de las diez por lo que se vistió rápido, cogió todo lo que podría necesitar y salió de la habitación. Una vez llegó a la calle sacó el smartphone y buscó Il caffé della rosa, se sorprendió al comprobar que estaba cerca, escondido en una pequeña plaza a pocas calles de donde se encontraba. Había pasado cientos de veces por allí en sus constantes visitas a Venecia pero nunca se había fijado en el café.

Empezó a andar por las adoquinadas calles, parándose en cada puente a observar las oscuras aguas que poco a poco habían ido devorando las viejas puertas de madera que daban al canal. Siempre le había gustado aquello, le encantaba pensar en las personas que pusieron las puertas, sabiendo que un día la parte más cercana al agua acabaría destruida. Cada vez que una góndola pasaba Lucas la observaba, sabía que era improbable pero esperaba ver a la chica que vio desde su ventana. Tras un rato desistió, nunca la volvería a ver.

Siguió andando y llegó a una pequeña plaza cuyo suelo estaba repleto de una fina capa de musgo. El recubrimiento de las paredes había caído tiempo atrás, el musgo se extendía sobre los macizos tochos creando un ambiente propio de un cuento de hadas. En una de las paredes había una puerta completamente roja con unas letras doradas que indicaban que era una librería. Lucas miró el móvil, todavía le quedaba tiempo para entrar así que se dirigió hacia la puerta y la abrió.

El lugar era mucho más grande de lo que le había parecido desde fuera, se encontraba en una sala amplia cuyas paredes estaban repletas de estanterías cargadas de libros. Frente a él había un pequeño mostrador y detrás un hombre. El librero tenía el rostro surcado de arrugas y su pelo era completamente blanco. Sus ojos azules estaban casi escondidos por unas pequeñas gafas de cristales redondos y montura dorada.

–Buenos días joven–saludó en un español perfecto, algo que sorprendió a Lucas.

–Buenos días, ¿cómo ha sabido…?

–Es un viejo truco de familia –el hombre esbozó una cálida sonrisa–. ¿Puedo ayudarle en algo?

–La verdad es que he entrado solo a mirar, no sé qué libro comprar, tenía la esperanza de encontrar alguno –confesó Lucas.

–Oh, pero yo sí sé qué libro quiere alguien como usted. El precio es un poco elevado pero seguro que se lo puede permitir –añadió observando a Lucas–. Es una primera edición de El hobbit, es la única que he conseguido encontrar en todos los años que llevo en este trabajo. Además no es una primera edición cualquiera, lleva anotaciones hechas a mano por Tolkien. Es un libro único, escribió esas anotaciones para un amigo suyo que estaba enfermo.

El hombre miró fijamente a Lucas antes de darse la vuelta para ir a buscar el libro. Se adentró en las entrañas de la librería, pasados pocos minutos volvió a salir con el libro sujeto a una mano. La portada estaba desgastada a causa del uso y del paso de los años, sin embargo poseía la magia que tenían todas las primeras ediciones. Era vieja pero a la vez joven. El librero abrió el libro y dejó ver unas páginas que únicamente se habían empezado a amarillear por los bordes. Lucas también podía ver la perfecta caligrafía que en ocasiones acompañaba al texto.

–¿Cuánto ha dicho que cuesta? –preguntó Lucas.

–Nada que usted no pueda permitirse, se lo aseguro. –respondió el librero cerrando el libro.

Relatos de Ilya 3

Viernes – 21/11/2014

Cuando Lucas abrió los ojos pudo ver que de nuevo estaba en otra sala, lo que podía ver no era muy alentador. Había un único fluorescente èqueño sobre la puerta que era el encargado de intentar iluminar toda la sala, trabajo que era incapaz de cumplir. Cuando intentó mover brazos y piernas no le sorprendió descubrir que al igual que las otras veces estaba atado. Volvió a mirar a su alrededor en busca de algo que le pudiera servir de ayuda o que le indicara donde estaba pero no había nada, solo cuatro paredes negras a juego con el suelo y el techo. Miró una tercera vez y descubrió que había una cámara oculta entre la penumbra.

–Mario, ¿puedes venir? También me vale tu amigo, el tipo rubio, tengo que contaros algo.

La sala siguió inmutable, nadie abrió la puerta. Los minutos fueron pasando uno tras otro y nada cambiaba, Lucas empezó a perder la esperanza de que alguno de aquellos dos fueran a verlo en aquella ocasión. Tras más de una hora de espera la puerta se abrió, dejando entrar una luz que lo deslumbró. La luz quedó recortada por la figura de una mujer que entró en la sala negra con paso decidido, tras ella cerró la puerta.

La mujer vestía por completo de negro, sus ojos marrones miraban con odio a Lucas y su melena castaña le caía por la espalda. Antes de dejar que Lucas dijera nada le golpeó con la mano derecha en la cara. El puño americano que llevaba hizo que la sangre invadiera su boca, Lucas tuvo que escupirla.

–Vale –dijo añadiendo una sonrisa torcida–. Tú debes de ser la viuda negra, ¿verdad?

–No te burles de mí –respondió mientras le daba otro golpe, esta vez en el estómago. La voz había sonado glaciar, estaba claro que tanto le daba lo que le ocurriera.

–No me burlo, es la verdad, ¿acaso no eres una viuda? Te vi al principio, estabas con Caméléon y con el tipo rubio ese, el que se cree que impone. Sabía que te había visto antes pero hasta ahora no me podía creer que fueras tú.

–¿Quién crees que soy? –le dirigió una mirada que de haber sido un arma lo hubiese matado.

–Tranquila cariño –se llevó de nuevo un golpe en la cara y como la vez anterior escupió sangre–. ¿Crees que me olvidaría de ti? Seamos sinceros Olga, no tengo problemas en olvidar a una zorra como tú.

Lucas se preparó para recibir varios golpes pero por el contrario Olga no le dio ninguno, se había entretenido en sacar algo de su bolsillo. En cuanto presionó el objeto contra su pecho una descarga invadió su cuerpo.

–No vuelvas a decir nada así –advirtió Olga.

–Tú resultas más amenazante que tu amiguito rubio, como mínimo tienes más claro como hacer daño. No sé cómo me liberaré pero te aseguro que cuando lo haga te abriré en canal. Puedes estar tranquila, no serás a la única a la que le haga eso –la sangre volvió a acumularse en la boca de Lucas. Volvió a escupirla pero esta vez en la cara de Olga, lo que sirvió para que recibiera dos golpes más del puño americano.

»Os lo advierto a todos, no me importa cuántos seáis o lo que creáis que os he hecho, acabaré con todos y cada uno de vosotros. Así que corred. Empieza tú, puta, ya he decidido cuál será el destino de tus hijos.

–Tú no vas a tocar a mis niños hijo de puta –mientras lo decía volvió a darle una descarga con el táser, una mucho más larga que la anterior–. Eres un maldito cabronazo, estoy deseando verte morir ya.

Olga acabó por apartar el táser tras más de un minuto de descarga, cuando lo hizo Lucas no podía hacer otra cosa que boquear en busca de oxígeno. Estuvo así unos minutos hasta que al fin volvió a mirar a Olga, sus ojos expresaban un brillo homicida.

–Te mataré –dijo con dificultad–, te lo aseguro – a esas palabras les siguió otra descarga.

–Dime por qué lo mataste –ordenó–. ¿Por qué mataste a Ramón?

–¿A ti qué te importa? –respondió Lucas–. Ibais a divorciaros, le odiabas, no querías volver a saber nunca más de él. ¿Qué fue lo que le dijiste la última noche antes de que lo liberara de este mundo? Ah, sí: “Quiero que salgas de mi maldita vida de una vez, ojalá te murieras y desparecieras” –en los ojos de Olga asomaron unas lágrimas al recordar aquellas palabras–. Me lo dijo Ramón al día siguiente mientras paseábamos por la calle. ¿Crees que eres mejor que yo?

–Sé lo que le dije pero yo…

–Pero tú nada, lo empujaste a morir poco a poco, día a día. Yo en cambio solo le di aquello que más deseaba, lo que quería sobre todas las cosas, el reposo eterno –se detuvo unos segundos para retomar el aliento, los golpes y descargas estaban haciendo que le costase hablar–. No me vengas ahora con lloriqueos absurdos.

–Yo le quería –las lágrimas no habían dejado de resbalar por sus mejillas–. Yo le quería y tú… Tú le mataste cabrón –volvió a darle un golpe con el puño americano, de nuevo en la cara. Lucas volvió a escupir sangre.

–Maldita loca, yo también quería a Ramón, por eso mismo hice lo que hice. Él quería morir y yo se lo di –ahora era Lucas el que lloraba al recordar aquel momento–. No puedes imaginarte lo que me dolió hacerlo.

–Eres un maldito loco, ¿cómo te atreves a decir que te dolió? Si eso fuera verdad no lo hubieras matado.

–¿Segura? Cuando quieres de verdad a alguien eres capaz de hacer cualquier cosa para que esa persona sea feliz… Aunque eso suponga no volver a cruzar palabra con ella, por mucho que duela eso se puede hacer por amor. Yo sólo quería que él fuese más feliz, darle aquello que nadie más podía… Por mucho que me doliera lo más importante era él, lo que quería…

Olga se levantó y le dio una última descarga con el táser antes de salir llorando de aquella sala negra. La puerta no se cerró tras ella, se quedó abierta, invitándole a salir o invitando a alguien más a entrar. Pasaron pocos minutos hasta que la silueta de un hombre que vestía una chaqueta rojo carmesí entró en la sala, cerrando la puerta de detrás.

–Oh Lucas –dijo la voz de Caméléon con su fingido acento francés–. Has hecho llorar mucho a esa zorra, ¿qué le has dicho bribón?

–Lo que me faltaba, un capullo más. ¿Se puede saber qué os pasa? ¿Habéis decido montar un club de retrasados o es que sois mis fans?

Caméléon no se inmutó ante la provocación de Lucas. Siguió avanzando a paso lento hasta colocarse a sus espaldas, una vez allí bajó su cabeza y dejó que su aliento inundara el oído de Lucas.

–Cuidado con lo que dices, vengo de divertirme con tu puta. No quiero que borres el buen sabor que dejan sus gemidos y sus esfuerzos de resistirse –Lucas empezó a forcejear con la esperanza de librarse de las cadenas y poder atacar a Caméléon por lo que le había hecho a Dulce–. Ahora la tengo atada al techo, en pelotas, esperando a que vuelva a estar con ella. No puedo parar de pensar en lo húmeda que debe de estar mientras piensa en mí. ¿Tú te lo puedes imaginar?

La lengua de Caméléon recorrió la oreja de Lucas mientras él no paraba de forcejear para liberarse. Las cadenas se movían repartiendo su sonido metálico por toda la sala pero a pesar de todos sus esfuerzos no conseguía liberarse. Caméléon seguía pegado a su oreja lo que él aprovecho para propinarle un cabezazo que lo mando derecho al suelo.

–No la toques –dijo Lucas sin parar de forcejar mientras miraba la patética figura de Caméléon con ira. La nariz le había empezado a sangrar por el golpe–. No vuelvas a ponerle un dedo encima –no paraba de intentar librarse de las cadenas, y una empezó a ceder un poco.

El camello se levantó del suelo y pasó su mano izquierda por la nariz para quitar la sangre que había salido. Se acercó de nuevo a Lucas, esta vez de frente y lanzó un puñetazo contra su estómago. No le alcanzó, la cadena que había cedido le sirvió para agarrar a Caméléon por la muñeca antes de que lo alcanzara. Empezó a apretar con todas sus fuerzas mientras le clavaba las uñas en el brazo, mientras el otro había empezado a descargar golpes sobre el brazo de Lucas pero este los ignoraba.

–No la vas a volver a tocar –Caméléon vio en los ojos de Lucas el monstruo que meses atrás le había amenazado en los baños de Rosebud–. No lo vas a hacer –insistió.

Cuando Lucas vio como la sangre empezaba a recorrer el brazo de Caméléon apretó todavía con más fuerza, haciendo que su presa soltara un grito de dolor. La puerta se abrió a los pocos segundos, el umbral lo atravesaron el hombre rubio y Mario.

El rubio clavó una aguja en el cuello de Lucas y este empezó a notar enseguida como poco a poco se le iban cerrando los ojos. Mario por su parte se había arrodillado para abrir la presa que había formado Lucas con su mano.

–Paulo, sigo sin entender por qué trajiste a este inútil a la sociedad Sijé –dijo Mario haciendo referencia a Caméléon–. No da más que proble… –es lo último que escuchó Lucas antes de caer rendido al sueño.

Relatos de Ilya 3

Amalia y Javi se sobresaltaron cuando el estridente sonido de la puerta metálica invadió la habitación, llevaban horas pensando que no se volvería a abrir. Amalia miró sus brazos, pudo ver lo que llevaba horas notando, los grilletes le habían hecho heridas en las muñecas. Miró también las de Javi y estaban peor que las suyas, habían llegado incluso a sangrar bastante.

El hombre calvo se acercó hasta donde estaban, llevaba otra vez dos platos y dos vasos con agua. Los dejó en el suelo, apartados de la pareja, tras eso se puso en cuclillas para hablar con ellos.

–Siento mis modales de antes, mi nombre es Mario Salazar –les ofreció la mano como horas atrás había hecho con Lucas pero ni Amalia ni Javi le cedieron la suya–. Bueno, no importa –dijo sonriendo–. Antes de daros de comer me gustaría pediros una cosa, siento no haberla pensado antes pero no suelo tener invitados como vosotros. ¿Podríais quitaros toda la ropa?

–No lo vamos a hacer –se encaró Javi.

–Veréis chicos, es que no es algo opcional, podéis quitárosla vosotros solos o con mi ayuda. La cuestión es que acabéis desnudos, el como no me importa mucho.

–¿Por… Por qué quieres eso? –preguntó Amalia mientras empezaba a temblar cada vez más, su frente se había perlado de sudor en un momento.

–Tranquila pequeña, –dijo mientras acercaba una mano al hombro de Amalia y le daba unos pequeños golpecitos–. No es por nada malo, lo que pasa es que no me gustaría que tu amiguito y tú os fuerais de aquí. Dudo mucho que seáis capaces de libraros de los grilletes pero no es malo ser previsor, ¿no? –vio como la pareja lo miraban extrañados–. Es bastante sencillo, ninguno de los dos va a querer huir de aquí desnudo. Ahora por favor, desnudaos.

–No vamos a hacerlo –dijo Javi mientras intentaba interponerse en el camino entre Mario y Amalia.

–Mala elección chico, veo que como mínimo tu amiga si ha sabido escoger –comentó mientras miraba a Amalia intentando quitarse el jersey que llevaba–. Ahora te ayudo querida –dijo mientras se acercaba a Amalia–, luego me ocuparé de ti –añadió en tono severo mirando a Javi–. No te acerques a mí o será peor –fue lo último que dijo antes de centrarse en Amalia.

Mario llegó hasta donde estaba Amalia para liberar una de las muñecas, así podría quitarse el jersey y el sujetador con facilidad por ese brazo. Una vez se desprendió de la ropa por ese brazo siguió con la cabeza, luego Mario volvió a ponerle el grillete y siguieron el mismo proceso con el otro brazo. Tras los brazos el hombre ayudó a Amalia a deshacerse de la ropa que cubría sus piernas. Cuando acabaron la mirada de Amalia estaba completamente vacía.

–Bueno chico, ¿quieres hacerlo por las buenas o por las malas?

–No pienso quitarme la ropa, cabrón.

–Mala elección, te lo he dicho.

Mario sacó una porra extensible y la expandió. Luego empezó a golpear a Javi en brazos, piernas y costillas, a los dos minutos había cambiado de opinión. Siguieron el mismo proceso que antes habían seguido Mario y Amalia. Cuando acabaron el hombre rio.

–Lo habéis hecho muy bien chicos –dicho eso les acercó los platos de comida y el agua, luego se sentó frente a ellos–. ¿Supongo que os preguntareis por qué estáis aquí? –Javi asintió con la cabeza, con miedo a que volviera a golpearle–. Voy a seros sincero, no tengo nada contra vosotros, estoy seguro de que sois buena gente pero vuestras amistades… Eso no se puede perdonar, son pésimas. ¿Cómo podéis ser amigos de Lucas? ¿Sabéis lo que ha hecho ese muchacho?

–Lucas es una buena persona, siempre se ha preocupado por nosotros, nos ha ayu…

–Paparruchas –le interrumpió Mario–. Chicos, vuestro querido amigo es un asesino –el rostro de Javi se congeló, no esperaba aquello–, en serie. Ha acabado con la vida de mucha gente, por eso os hemos cogido, todos vais a pagar por Lucas, ninguno de vosotros saldrá vivo de aquí. Así que comed mientras podáis, que nunca se sabe cuál será vuestra última comida –Mario se levantó y se alejó riendo, las risas se siguieron oyendo con la puerta cerrada.

–Amalia –dijo Javi mientras se acercaba a ella, le rodeó con sus doloridos brazos y le dio un beso en la mejilla. Un pequeño brillo asomó en los vacíos ojos de Amalia–. Venga, ya verás como logramos salir de aquí –se detuvo, le estaba costando hablar–. No podemos desaparecer sin más.

–Lo sé pero… –dejó de hablar mientras miraba sus brazos a pesar de no poder verlos en aquella oscuridad.

Amalia sabía donde estaban todas las cicatrices, las del accidente donde murieron sus padres eran las que menos le preocupaban, sin embargo las demás dolían solo de pensar en ellas. Tenía todo el antebrazo lleno de cicatrices que había causado el alambre de espino con el que estuvo atada por Bruno. Además sabía donde estaban también las cicatrices de sus muñecas de cuando se intentó suicidar. Era incapaz de olvidar ninguna por eso desde entonces había estado vistiendo de manga larga, incluso en verano.

–Javi… Yo no… No debería de haber sobrevivido tanto tiempo, si yo estuviera muerta tú no…

–No digas tonterías –le interrumpió–. Yo quiero que estés viva, conmigo. No quiero que pienses que estamos aquí por tu culpa, no es verdad. Si la culpa es de alguien es de Lucas –pronunció el nombre impregnado de odio–. Él es quien tiene la culpa de todo, cuando salgamos lo denunciaré a la policía.

Amalia rompió a llorar al oír aquello, Javi la abrazó con más fuerza.

Relatos de Ilya 3

Martes – 23/07/2013

Lucas salió de la librería con el ejemplar de El hobbit que acaba de comprar en la mano, se sentó en el primer banco que encontró para ojear el libro. La letra del autor junto a algunos párrafos era simplemente mágica, jamás hubiera imaginado que existía un ejemplar así de ese libro. Cuando miró la hora se dio cuenta de que ya tenía que haber llegado al caffé, apenas faltaban cinco minutos para su reunión con Aleksei.

Cerró el libro con sumo cuidado y empezó a correr, con un poco de suerte todavía podría llegar a tiempo. Cada vez corría más rápido, temía que Aleksei pudiera marcharse al no verlo. Atravesó el último puente y vio la terraza, cuando llegó miró el reloj, llegaba cuatro minutos tarde. Se sentó en la primera silla que pudo, le costaba respirar, llevaba mucho tiempo sin forzarse tanto a correr.

Cuando el camarero  se acercó Lucas le pidió un té, dejó en la mesa el libro y comprendió de donde venía el nombre del caffé. La plataforma de la mesa era redonda, formada por diferentes trozos de mármol que dibujaban una rosa, el pie por su parte era verde como si del tallo se tratara. Todas eran iguales, mientras las observaba se quedó parado, en otra mesa estaba sentada la chica de cabello castaño que había visto desde la ventana la noche anterior. Iba vestida de negro, lo que resaltaba la palidez de su piel, del cuello salía un colgante que acaba en un corazón de rubí. Fue lo último que pudo ver antes de que alguien se interpusiera en la dirección en la que miraba.

–Buenos días –dijo un hombre en español con un fuerte acento ruso–. Sabes que llegas tarde. Sabes que ya debería haberme ido.

–Buenos días, voy a atreverme a decir que eres Aleksei –mientras lo decía Lucas intentaba mirar a la chica–. No quería llegar tarde pero no he podido evitarlo –mintió.

–Sí, seguro que no has podido evitarlo –dijo Aleksei con sarcasmo–. Quiero acabar con esto rápido –el ruso sacó primero un dni, pasaporte, carné de conducir con las fotos de Lucas. Luego siguió el mismo proceso pero con las fotos de Amalia–. Esto es todo lo que me pediste, ahora mi dinero.

–¿Tienes un ordenador ahí? –tras preguntarlo el camarero sirvió la taza de té frente a Lucas.

–Yo siempre tengo ordenador –Aleksei sacó el portátil y lo encendió.

–Bien, el dinero está guardado en diferentes cuentas bancarias de diferentes países, empieza a apuntar.

Lucas empezó a recitar diez cuentas bancarias diferentes con sus usuarios y contraseñas. Aleksei por su parte iba comprobando que el dinero estaba, una vez hecho lo derivaba a otras cuentas de su propiedad. Cuando acabaron Aleksei se relajó, parecía más tranquilo tras haber conseguido su parte.

–¿Puedo hacerte una pregunta?

–Claro que sí –respondió Lucas.

–¿Por qué alguien como Lucas Zuzunaga necesita una identidad falsa? He preparado decenas de ellas pero son para gente que está huyendo de la policía, criminales.

–Bueno, yo también la quiero para huir, solo que yo huyo de mi nombre. Nunca me ha gustado salir en prensa, por eso siempre me dedico a esquivarla en las ocasiones que vienen a por mí. Ahora, gracias a ti eso ya no será un problema, puedo ser alguien anónimo.

–No te creo. No creo que sólo sea por eso.

–Bueno, es posible que haya algo más pero eso ya es algo privado –dijo con una amplia sonrisa. No podía ir diciendo por ahí que necesitaba esa identidad por si un día lo descubrían–. ¿Seguiremos en contacto? Siempre es bueno tener amigos como tú, nunca sabes cuándo pueden ayudarte.

–Como quieras pero ya sabes que nuestra amistad tiene un precio –le recordó Aleksei.

–Lo sé, pero ¿cuándo sería un problema eso para mí? –preguntó con burla–. Necesitaré tu número.

–Te llegará en unos días a tu casa, puedes estar tranquilo. Ya me voy, no soporto más esta ciudad –mientras lo decía había empezado a guardar el portátil. Luego se dio la vuelta y empezó a alejarse.

–Que vaya bien –se despidió Lucas, la respuesta de Aleksei fue levantar la mano.

Lucas empezó a sorber el té y abrió de nuevo su libro de El hobbit, sin embargo no leyó ni una sola palabra. El libro le servía de tapadera para observar a la chica del colgante. Su mirada era triste, una mirada que no le quedaba nada bien a un rostro como el de ella. Estuvo sentado largos minutos hasta que finalmente se decidió a acercarse a ella. Se sentó en la silla que había al lado de la chica.

–No me gusta nada esa mirada triste que tienes, ¿hacemos algo para solucionarlo? –preguntó sonriendo. La chica se sorprendió pero una chispa de curiosidad brilló en sus ojos.

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Si queréis pasar a leer el resto de capítulos de Relatos de Ilya os los dejo AQUÍ.

Si queréis leer más de Aleksei también aparece en Crónicas de Eirom 1: Conexión (Conclusión).