¿Tiene algo de lo que preocuparse un chico como Lucas? ¿Alguna cosa puede poner en peligro su estabilidad? La respuesta siempre es sí, todos corremos ese riesgo pero... ¿Y si además de lo habitual también fuéramos asesinos?

Buenas a todos, hoy es mi cumpleaños y como tal, es normal que haya regalos. Lo curioso es que al ser un blog soy yo quien os regalará algo a vosotros, un nuevo capítulo de Relatos de Ilya. Se que los publico poco pero son mis favoritos y a los que les pongo más cariño de todos, algún día quizá os cuente el porqué de esto. Este nuevo capítulo se titula Vendetta y cuando se publique su conclusión habremos llegado al ecuador de esta historia. Espero que os guste tanto leerlo como a mí escribirlo ^^

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Miércoles – 19/11/2014

Lucas andaba tranquilamente por la calle, tenía un claro objetivo, llegar a la vinoteca que había fundado para Javi, uno de sus amigos. Desde que abrieron habían establecido entre todos verse allí todos los miércoles a la misma hora y tomarse una botella de vino a la luz de las velas. Era una de las pocas rutinas que Lucas apreciaba, desde lo que sucedió en abril había empezado a detestarlas todas. A los pocos días de salir del hospital fue a limpiar la cabaña del bosque, había tenido suerte de que nadie hubiera llegado y entrado. Si lo hubiesen hecho muy probablemente sabrían que él era el causante de la muerte de Bruno.

Estuvo paseando por las iluminadas calles de Sarriá a lo largo de una hora antes de llegar a su destino, pero finalmente lo alcanzó. Lo primero que vio fue la acristalada puerta y junto a ella esperando en la calle Dulce. Seguía con aquel color rosa tan llamativo con el que hacía meses se había teñido el pelo, ofrecía un contraste junto con sus ojos escarlata que realzaban su belleza. Se acercó a ella, andando con calma pero con ganas de hacerlo más rápido, hacía unos días que no la veía porque había tenido que salir de la ciudad. Un tío lejano de Dulce había muerto y se vio obligada a ir ya que la nombraba en el testamento.

–Hola –saludó Lucas mientras se acercaba a ella y la besaba sin darle tiempo a devolverle el saludo–. ¿Cómo ha ido?

–Bueno, ha ido. Me ha dejado una casa en Berlín –respondió casi en un susurro.

Dulce nunca se había llevado bien con su tío, seguía sorprendiéndola que le dejara aquella casa como herencia. Lo más curioso de todo fue su muerte, no fue por causas naturales, alguien lo había vestido completamente de blanco y tras eso había pintado unas alas rojas en el suelo con la sangre de su tío. Le sonaba haber oído algo similar en algún momento pero no recordaba que era lo que había oído. Lucas y Dulce se dirigieron a la puerta, ya era la hora de entrar. Dentro les esperaban sus dos amigos, Javi y Amalia.

Amalia sobrevivió aquel día de mayo, cuando Lucas la abrazó notó que aún respiraba, de forma muy leve, pero lo suficiente para que lograran que sobreviviera. La ambulancia llegó en menos de diez minutos y se la llevaron al hospital lo más rápido que pudieron. Una vez allí le cerraron las heridas y empezaron a hacerle una transfusión de sangre. Pasada una hora ya estuvo fuera de peligro de muerte, estuvo unos días allí encerrada hasta que un psiquiatra dictamino que no volvería a intentar nada así. A medida que pasaban los días la mirada de Amalia fue mejorando, volvía a haber una chispa de vida en ella. No era la misma que vio el día que la conoció pero era una esperanza por vivir, sabía que nunca más se volvería a plantear provocar su propia muerte.

Amalia llevaba ahora el cabello más corto y lo que antes era un cabello que se asemejaba al fuego ahora era una cascada dorada. Hizo ese cambio poco después de salir del hospital, nunca dijo el motivo y por lo que Lucas sabía esa tonalidad de pelo nunca le había gustado. Javi por su parte el día que abrieron la vinoteca se había rapado, había pensado que ese aspecto animaría a comprar a los clientes, los cuales eran muchos, además, ya conocía las verdaderas identidades de sus dos amigos. Los meses que había buenas ventas Javi conseguía doblar su sueldo, pues alguna de las botellas que vendía igualaban lo que cobraba.

A pesar del coste de sus productos ni una sola vez habían intentado robarles y todo era gracias a GlobalTec. Lucas no lo meditó mucho cuando iba a abrir el negocio, GlobalTec se estaba implementando en Barcelona y la vinoteca tenía que contar con las medidas de seguridad que éste ofrecía. La medida que más les había llamado la atención a todos era la puerta, no tenía ninguna cerradura, el cierre era magnético y estaba informatizado. Si te acercabas con un móvil autorizado te leía la huella dactilar y si coincidía con la de la base de datos la puerta se te abría. Cuando la puerta se cerró tras Lucas y Dulce los cristales se oscurecieron.

Lucas saludó a Amalia y Javi, tras eso se dirigió al interior, para seleccionar la botella de la que beberían, rápidamente hizo su selección, una de las muchas botellas que superaba con creces los mil euros. Salió ya con cuatro copas y las dejó sobre el barril que usaban como mesa y sirvió un poco de vino en cada una de ellas. Todos cogieron su copa y brindaron.

–Lucas, quiero decirte algo antes que a nadie –dijo Amalia mientras miraba a Javi de reojo–. Javi y yo estamos saliendo juntos –cuando acabó de decirlo sonrió y besó a Javi.

–Enhorabuena, me alegro muchísimo, supongo que eso significa que hoy hay sesión doble –dijo riendo y andando hacia el interior para sacar otra botella.

Dulce también les dio la enhorabuena y tras eso estuvieron hablando de ello hasta bien entrada la noche, cuando vieron que eran las cuatro se sorprendieron y decidieron que era hora de irse a casa. Abrieron la puerta y salieron riendo y haciendo bromas entre ellos. Estaban completamente distraídos, ajenos a todo lo que les rodeaba.

Se despidieron en las desiertas calles a la luz de las farolas. Lucas estaba dando la mano a Javi cuando algo golpeó la cabeza de su amigo provocando que cayera inconsciente al suelo. Lucas vio a un hombre rubio en el sitio que antes ocupaba su amigo, iba a atacarle cuando algo desde detrás golpeó su cabeza haciendo que cayera al suelo, tras ese recibió otro golpe que lo dejó inconsciente. Amalia fue la siguiente en caer tras recibir un golpe proveniente del hombre rubio haciendo que también cayera inconsciente. Dulce fue la última y la golpeó el mismo individuo que había atacado a Lucas. La persona que la había herido se arrodilló y estiró la melena rosada de Dulce para que ésta lo mirara.

–¿Te acuerdas de mí, zorra? –dijo una voz con acento francés mientras le estrujaba un pecho–. He venido a cobrar lo que es mío –nada más decirlo estrelló la cabeza de Dulce contra el suelo, dejándola inconsciente, no sin antes poder ver una chaqueta carmesí.

Relatos de Ilya 3

Viernes – 21/11/2014

Lucas despertó, no sabía cuánto tiempo había pasado ni dónde se encontraba, lo único que había en su mente era que alguien había atacado a su amigo y después a él. Estaba sentado a una silla de hierro y frente a él había otra, intentó levantarse y descubrió que estaba encadenado a ésta, la silla por su parte estaba clavada al suelo. Miró a su alrededor y comprobó que allí no había nadie más pero le sirvió para saber dónde lo habían encerrado. Parecía una nave abandonada de un polígono industrial, las paredes estaban agrietadas y esparcidos por toda el lugar había cascotes caídos del techo. A través de los agujeros que se habían formado en el tejado se filtraban los rayos de sol que iluminaban el lugar pues los ventanales estaban cubiertos para evitar que la luz entrase. Por más que mirase no sabía porque lo habían llevado allí, tras un rato esperando, vio cómo se habría una puerta al otro lado de la nave y alguien empezaba a avanzar hacia él.

Quien había entrado empezó a andar hacia él a ritmo constante, finalmente se sentó en la silla que había frente a Lucas. Era el hombre rubio sus ojos eran azules y vestía unos vaqueros y una camisa negra. Se sentó, dejó una bolsa en el suelo y se mantuvo en silencio mirando fijamente a quien había encadenado a lo largo de una hora. Pasado ese largo rato se dispuso a hablar.

–¿Estás cómodo? Espero que no –la voz del hombre era grabe y estaba acompañada por un acento italiano, también destilaba ira hacia la persona que había sentada frente a él.

–Por supuesto que estoy cómodo, esto es un hotel de cinco estrellas. Supongo que tú serás el servicio de habitaciones, ¿no? –La broma le sirvió a Lucas para recibir un golpe en la cara–. No, no me gusta esa comida, ¿no tienes otra cosa? –ésta vez recibió una patada en el estómago, tras eso ya se calló.

–¿Me recuerdas? –Lucas pensó en él pero no consiguió recordarlo. Estaba convencido de que nunca antes había visto a aquel hombre.

–Oh, sí. Claro que te recuerdo, eras el camarero del resta… –no le dio tiempo a acabar la frase ya que recibió otro golpe en la cara por parte del hombre rubio. Lucas escupió sangre hacia el hombre rubio–. ¿Por qué debería recordarte?

–Porque yo te recuerdo a ti perfectamente. No has cambiado nada desde que te vi por primera vez.

–Así que hace tiempo…

–Para ti sí, yo te he visto muchas veces y también he visto alguno de tus trabajos –arrojó unos papeles que previamente había extraído dela bolsa al suelo, resultaron ser fotografías. Las fotos eran de una cabaña en un bosque y también había algunas que tenían sangre. Por último vio una en la que se veía el cuerpo pálido de Bruno a consecuencia de las horas que llevaba muerto.

–¿Qué clase de chiflado eres? Pero… Estás fatal, ¿cómo puedes haber matado a alguien? –Cada vez a Lucas le gustaba menos aquel tipo, de alguna forma había logrado dar con el cadáver de Bruno para fotografiarlo antes de que el fuera a limpiar la cabaña. El hombre apretó los puños y empezaron a palidecer de la fuerza que ejercía, Lucas comprobó que se estaba conteniendo para evitar golpearle de nuevo.

–Nunca más vuelvas a decir algo así de mí –amenazó–. La única rata capaz de hacer algo así a alguien eres tú.

Lucas seguía sin reconocer al hombre pero éste estaba lo suficientemente convencido de que había dado con quien buscaba. Fuera por una cosa o por otra, había dado con Bruno y eso no podía ser bueno de ninguna forma. El hombre se levantó y sacó un reloj tras eso miró a Lucas.

–Volveré dentro de dos horas, por tu bien es mejor que recuerdes quien soy.

–No te vayas, ¿dónde están mis amigos? Espero que no les hayas hecho nada porque te aseguro que como les pase algo, lo que has visto en esas fotos no se puede comparar con lo que te haré –el hombre rio ante la amenaza de Lucas.

–Vaya, parece el ataque desesperado de un animal herido. Mide tus palabras rata –tras decirlo golpeó repetidamente a Lucas hasta que se cansó y se fue. Tan solo habían pasado diez minutos.

El tiempo transcurría y Lucas intentaba dar con la forma de escapar pero lo único que se le ocurría era dislocarse el pulgar y no podía hacerlo porque era imposible hacer caer la silla. Estuvo pensando en aquel hombre pero no consiguió recordarlo. Pasadas las dos horas el reloj sonó y la puerta volvió a abrirse, ésta vez entraron tres personas, el hombre rubio, una mujer y alguien con una chaqueta carmesí. Cuando se acercaron comprobó sus sospechas, el de la chaqueta era Caméléon, el camello de Rosebud. La mujer recordaba haberla visto vagamente, tenía el pelo largo y negro y los ojos marrones, la piel estaba algo bronceada y tenía algunas arrugas que cruzaban su rostro a causa de sus más de cincuenta años. Cuando llegaron hasta Lucas fue el hombre rubio quien habló.

–¿Me recuerdas? –el acento italiano y la ira seguían estando allí.

–Sí, eres el del servicio de habitaciones –esperaba recibir un golpe pero ésta vez no fue así. El hombre se agachó y extrajo una inyección cargada con un líquido transparente, tras eso se arrodilló junto a Lucas.

–Espero que esto te ayude a recordar –clavó la jeringuilla en el brazo de Lucas e introdujo el líquido en su sangre. Poco a poco los ojos de Lucas fueron cerrándose, lo último que vio fueron los ojos azules de aquel hombre que le dedicaban una mirada glaciar.

Relatos de Ilya 3

Lunes – 22/07/2013

Lucas estaba sentado frente al ordenador dejando pasar las horas muertas del día, desde que había acabado las clases pasaba gran parte de los días así. Además estaba a la espera de que un amigo le enviara un mail, había dicho que lo enviaría el sábado pasado pero no lo habían hecho. Sonó el telefonillo y Lucas miró a través de la cámara, era un repartidor de MRW. Lucas pulsó el botón del interfono para hablar.

–¿Qué quería? –preguntó desinteresado.

–Traigo un paquete para Lucas Zuzunaga –eso le sorprendió. No esperaba ningún paquete ni tenía ni idea de por qué alguien querría enviarle algo.

–Pase –dijo Lucas mientras le abría la puerta. Cuando vio como entraba el repartidor salió a esperarlo al rellano. Pasados unos minutos la puerta del ascensor se abrió. Lucas sacó el dni para poder deshacerse de aquel hombre lo antes posible.

–Supongo que eres Lucas –Lucas asintió–. Aquí tienes –añadió ofreciendo el paquete a Lucas que lo cogió. Era cuadrado y pequeño, dentro no podía caber gran cosa–. ¿Puedes firmar aquí? –Lucas se sorprendió, le ofrecía una tablilla con un papel, hacía años que no veía una de esas, todo se había informatizado. Miró la placa del hombre antes de firmar, se podía leer Oscar, tras eso firmó.

–Que vaya bien Oscar –se despidió Lucas.

–Gracias, lo mismo digo Lucas –se metió en el ascensor y desapareció.

Cuando entró al piso abrió el paquete y descubrió que era un móvil, uno bastante antiguo. Lo sacó y descubrió que estaba encendido, no tenía ningún número guardado en la memoria, ni parecía haberse usado nunca. Pasados unos pocos minutos empezó a sonar, llamaba un número oculto.

–Hola Lucas –la voz que sonaba al otro lado de la línea estaba marcada por un fuerte acento ruso–. Tengo lo que querías, junto al manual de instrucciones tienes todo lo que necesitas para obtenerlo. Adiós.

Lucas sacó el manual de instrucciones y un papel cayó al suelo, cuando lo recogió se sorprendió. Era un billete de avión con destino a Venecia y salía en cuatro horas. Ojeó rápido el manual de instrucciones y dentro había las indicaciones para la reserva de un hotel, por lo visto, su amigo lo había preparado todo. Fue a su habitación y cogió las llaves del coche, tras eso recogió todo lo que le había llegado, y lo guardó en una bolsa, salió del piso y se dirigió al parking. Mientras esperaba al ascensor llamó a Amalia para explicarle que tenía que irse.

Relatos de Ilya 3

Pocas horas después de salir del piso entraba en su habitación de Ca’Sagredo Hotel, el hotel donde debía alojarse según las instrucciones de Aleksei. Era uno de los mejores hoteles de Venecia y también uno de los que tenía más vigilancia, seguramente el motivo por el cual lo había escogido su amigo. A través de las cámaras que había en los pasillos y en la fachada Aleksei podía asegurarse de que Lucas no salía de la habitación ni nadie la compartía con él.

Se acercó a la ventana, la abrió y se sentó en la repisa, observando el Gran Canal bañado en la luz de la luna. Había estado muchas veces en Venecia, por el simple placer de recorrer sus calles y canales, de envolverse en la magia que rebosaba la ciudad. Era el único lugar que le transmitía tranquilidad absoluta, como si nada malo pudiera pasar allí, Venecia era su templo. Estuvo allí sentado cerca de una hora, viendo cómo los gondoleros volvían a sus casas tras la dura jornada de trabajo que habían tenido. Todos volvían a excepción de uno que llevaba a una chica de cabello castaño y largo, pasaron cerca de la ventana donde se sentaba Lucas para luego alejarse cruzando el reflejo de la luna.

Finalmente entró de nuevo a la habitación y llamó al servicio de habitaciones para que le trajeran la cena. No tenía ganas de salir de allí, sólo podía pensar en lo que le daría Aleksei, aquello que había buscado durante tanto tiempo. Cuando llamaron a la puerta Lucas fue a abrir y dejó que entraran para servirle la cena, tras eso comió tranquilamente mientras veía la televisión. Dejó la comida a medias y se estiró en la cama, pasaron dos horas antes de que pudiera dormirse. La inquietud que impedía que se durmiera no provenía de la reunión con Aleksei sino de la chica de cabello castaño que había visto desde la ventana.

Relatos de Ilya 3

Viernes – 21/11/2014

Dulce despertó y miró a su alrededor, estaba en una sala oscura, la única luz que había provenía de una bombilla que colgaba desde el techo. Se levantó y se dio cuenta de que había estado sobre un colchón lleno de mugre, se alejó de él y se dirigió hacia las sombras para intentar dar con las paredes. Cuando llegó a una la empezó a seguir con la esperanza de encontrar la puerta pero cuando llevaba una de las paredes un estruendo metálico retumbó por toda la sala.

El sonido se repitió y unos pasos empezaron a avanzar con tranquilidad hacia el centro de la sala. Los pasos se detuvieron antes de que su propietario se mostrara bajo la luz de la bombilla, pasaron pocos segundos hasta que apareció otra luz. La luz de la linterna empezó a recorrer las paredes en busca de Dulce hasta que la encontró, momento en el que se detuvo.

–Vaya zorra –dijo una voz con un claro acento francés fingido–. No deberías haber despertado aún –empezó a avanzar hasta quedar bajo luz de la bombilla. Cuando lo vio el temor de Dulce se hizo realidad, era Caméléon era inconfundible con aquella chaqueta rojo carmesí–. Quería que despertaras sin tu asquerosa ropa pero por lo visto podré divertirme aún más -sonrió para demostrar cuanto le gustaba la idea. Caméléon vio la mirada de alerta de Dulce–. Tranquila, la puerta está cerrada por fuera, no podrás salir. Además, no harás nada que no hayas hecho antes. Ahora quítate la ropa y ven aquí zorra.

–No pienso hacerlo cabrón, prefiero morir antes –empezó a correr en la dirección de la que había venido Caméléon, esperando que hubiese mentido respecto a la puerta. No consiguió llegar, él la cogió del brazo y la lanzó contra el suelo de cabeza, tras eso se puso sobre ella, se bajó los pantalones y la abrió de piernas.

–¿Ves cómo iba a divertirme? –preguntó con una amplia sonrisa provocada por los intentos  de resistirse de Dulce.

Relatos de Ilya 3

Un sonido metálico la despertó, se sentó poco a poco y apartó como pudo su dorada melena, mientras lo hacía pudo ver los grilletes que aprisionaban sus muñecas y la mantenían atada a la pared. Amalia pudo ver un plato metálico y unos zapatos negros, empezó a alzar la mirada hasta ver el rostro de un hombre calvo. Intentó hablar pero no salió ningún sonido de su garganta, vio como el hombre dejaba caer otro plato cerca de ella y se sorprendió al ver el cuerpo de Javi junto al plato. Tras eso el hombre calvo dejó dos vasos en el suelo y salió de aquel cuarto. Todo se sumió en una completa oscuridad.

Amalia cogió como pudo el vaso y bebió el agua que había en el de un único trago. Tras eso tanteo con la pierna derecha hasta dar con Javi, cuando lo hizo empezó a dar pequeños empujones para despertarlo. Se despertó al quinto intento.

–Javi… –la voz de Amalia era débil y forzada. Javi se sentó con la espalda contra la pared y comprobó sus grilletes, que al igual que los de Amalia estaban sujetos a la pared.

–¿Amalia? –preguntó él sin tener que forzar la voz.

–Estoy aquí –ésta vez su voz había salido con más facilidad–. A tu izquierda.

Javi empezó a gatear en la dirección que le había dicho Amalia, mientras se movía el sonido de las cadenas invadió la sala. Pasados pocos segundos Javi pudo comprobar que las cadenas le permitían llegar hasta Amalia.  Cuando llegó hasta ella la tomó en sus brazos y permitió que Amalia hundiera su rostro en sus hombros mientras lloraba.

–Tranquila… Tranquila… –mientras lo decía iba acariciado repetidamente la cabeza de Amalia–. Ya verás como dentro de poco nos vendrán a rescatar –añadió con esperanza.

Javi quería calmar a Amalia, tenía ganas de llorar junto a ella, estaba aterrado por la situación pero en ningún momento dejó que saliera una única lágrima de sus ojos. Lo más importante para él era que Amalia estuviese tranquila, que supiese que en algún momento los rescatarían tal y como Javi esperaba que pasara.

Relatos de Ilya 3

Lucas abrió los ojos poco a poco y lo primero que pudo ver es que lo habían trasladado, aunque la silla seguía siendo la misma y estaba clavada al suelo. Ahora estaba en una sala pequeña y sin ventanas iluminada únicamente por una bombilla. Cuando acabó de mirar la habitación miró directamente a los ojos del hombre que se había sentado frente a él, era un hombre calvo.

–¿Tú también quieres que te recuerde? –preguntó molesto.

–No, nunca me has visto, supongo que mi amigo no te ha caído bien –la voz de aquel hombre era serena, parecía que nada de aquello iba con él–. Te he traído algo de comida, esto puede ser molesto pero tendrás que abrir la boca.

–No quiero tu comida, vete de aquí –imprimió un tono de amenaza en su voz que no logró el efecto esperado pues el hombre se rio.

–Eres muy gracioso Lucas. Ahora abre la boca, no te he dicho que la comida sea opcional –dirigió una cuchara con arroz hacia Lucas y éste la aceptó y agradeció en su interior. No se había dado cuenta de lo hambriento que estaba–. Supongo que te preguntarás quien soy, yo en tu lugar lo haría. Me llamo Mario Salazar, encantado de conocerte –Mario extendió la mano y Lucas lo miró y se inquietó. Aquel hombre se quería mostrar como un igual a él y sin embargo con aquel simple gesto se mostraba por encima de él–. Oh, perdona, no recordaba…

–No finjas, no lo has olvidado Mario. Nunca lo olvidarías, ¿verdad?

–Vaya, me has pillado –rio–, nuestro común amigo no creía que fueses capaz de hacerlo. No es que tenga muy buena opinión de ti, algo comprensible si has visto las fotos que te mostró –Lucas ignoró lo último que había dicho Mario.

–Creo que eres más razonable que ese al que llamas amigo, quiero saber algo. ¿Dónde están mis amigos?

–Pues aquí y allá, no te preocupes, están a salvo y no les pasará nada –una gran sonrisa cubrió su rostro–, por ahora.

–Como te atrevas a hacerles algo…

–¿Qué? ¿Me matarás? No puede haber una amenaza más cliché que esa, espero que fuese otra –Mario fingió un bostezo para mostrar cuanto le aburría esa parte de la conversación.

–Sí, lo haré pero antes me aseguraré de que pierdas todo lo que quieres y creeme cuando te aseguro que puedo hacerlo. Como tú o tus amigos les hagáis algo firmareis vuestra ruina –Mario empezó a reír con fuerza.

–Es que eres tan gracioso –se empezó a ahogar a consecuencia de la risa pero enseguida se recuperó–. Deberías ir al Club de la Comedia, de verdad, te ganarías bien la vida allí.

–Ríe lo que quieras pero acabaré con vosotros y si yo no puedo seguro que mi padre…

–¿Vas a sacar la carta de tu padre? ¿Ese mismo padre con el que llevas más de tres años sin cruzar una sola palabra? Debes de estar muy desesperado si crees que tu padre haría algo contra nosotros, Lucas –la mirada que le dirigió iba cargada de ira que únicamente sirvió para que Mario riera aún más.

–Deja de reír –ordenó Lucas.

–No, –rio aún más–. Ahora bebe un poco –Mario acercó el vaso a los labios de Lucas y empezó a verter agua en su boca, lo que el preso aprovechó para lanzársela a la cara. Mario se pasó la manga lo el rostro–. He dicho que bebas –su voz dejaba ver lo que le había molestado aquel sencillo gesto. Cuando volvió a verter agua en la boca de Lucas, enseguida la taponó con su mano–. Ahora traga –mantuvo la mano allí hasta que tragó.

»Me alegra mucho que estéis aquí, en especial tú a pesar de éste… Incidente. Eres nuestro invitado especial –la mirada de Lucas se empezó a nublar, lo último que vio fue a Mario arrodillándose a su lado para susurrarle al oído–. Hace tiempo que queríamos que estuvieras aquí.

Relatos de Ilya 3

El hombre rubio vio la conversación que mantuvieron Mario y Lucas a través de las cámaras, mientras gracias a otra de las cámaras veía la discusión de una pareja. Él tenía una barba poblada y castaña que hacía meses que no se afeitaba y la piel ligeramente bronceada de estar al sol. Ella por su parte tenía el cabello negro recogido en varias trenzas y su piel era oscura. Eran Leonardo y Eliana, una pareja que se había unido pocos meses atrás para llevar a cabo el proyecto trece.

Leonardo y Eliana estaban en una sala bien iluminada con las paredes blancas. Leonardo no paraba de dar vueltas mientras que ella estaba tranquilamente sentada en la mesa que había en el centro.

–Eliana, esto no puede estar bien, se lo que dije al principio pero…

–Cállate -ordenó ella–, no me importa lo que pienses. Lo decidimos hace meses y ya sabías que si empezábamos no habría vuelta atrás.

–Pero lo que les hacemos a esos chicos no está bien –empezó a alzar el tono de voz–. ¿En qué nos diferenciamos?

–En que nosotros lo hacemos por el bien, lo sabes. Entendiste a la perfección que es lo que nos propuso Mario y entendiste a la perfección el precio a pagar si nos echamos atrás.

–Lo sé pero…

–Pero nada –Eliana cortó a Leonardo y le dedicó una mirada cargada de ira–, seguiremos adelante y cuando acabemos estaremos tranquilos y felices. Habremos recuperado algo de nuestras vidas –añadió con esperanza.

–Es verdad, a veces se me olvida. Lo siento, te quiero mucho –Eliana se levantó y lo besó.

–Yo también te quiero a ti –miró a los oscuros ojos de Leonardo y añadió–. Tranquilo, pronto acabará todo.

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El resto de capítulos de Relatos de Ilya los podéis leer AQUÍ.

Si queréis leer más de Aleksei también aparece en Crónicas de Eirom 1: Conexión (Conclusión).

Dentro de tres semanas la continuación ^^