Así es como la conocí, por medio de una carta que me envió. Aquí comienza la historia real de lo que le pasó a Marta.

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“Mi nombre es Marta García, tengo 21 años y desde que quedé embarazada hay algo extraño que me atormenta…” Así empezaba la carta que recibí hace un tiempo, para ser exactos dos años, un mes y ocho días. No puedo olvidar esa fecha: 04 de Octubre del 2012. “Hoy es el día de mi desaparición, nadie más podrá salvarme”. Constantemente recuerdo todas y cada una de las palabras que aparecen en esa pequeña carta, con mala letra, como escrita a correr.

Su nombre es Marta, Marta García, y lleva desaparecida mucho tiempo. ¿El mío? Soy Juan, Juan Antonio López. Tengo treinta y siete años y, como la suya, mi vida también cambió aquel año, a raíz de su embarazo. Sé lo que estás pensando y no, yo no soy el padre. Yo no conocía a Marta. Prácticamente nunca la conocí. Nunca entablamos una conversación, nunca nos vimos la cara. Ni si quiera vivía cerca de ella. Pero en mis sueños la vi, tan frágil, tan indefensa… No sé los motivos de su desaparición, no sé por que se fue, no sé dónde está, qué hace o si está bien. Sólo sé lo que soñé y que ella confió en mí para que la buscase.

Tras recibir la carta, mi vida cambió completamente. Dejé mi trabajo, abandoné a mi mujer y me mudé a la ciudad para buscar a Marta. Tenía un trabajo bastante bueno, el que siempre había soñado. Trabajaba como guía en una especie de pueblo abandonado, cerca de donde vivía, en el que pasaron cosas muy extrañas. Siempre inventaba historietas para asustar a los más pequeños… Me encantaba. Pero el día que recibí la carta, el día en que alguien la metió por mi ventana, ese mismo día, mi vida cambió drásticamente.

Pensaba que los sueños eran sólo sueños y que no se hacían realidad, pero me equivocaba. Hay sueños, que pertenecen más a la realidad de lo que te puedes imaginar. Soñar con una persona, soñar con qué le va a pasar y descubrir que esa persona existe y sabes todo lo que ocurrirá y no poder hacer nada me hundió tremendamente. Decidí irme de mi pueblo, buscar a esa niña… Pero no pude. Marta ya había desaparecido.

Al llegar a la ciudad, era lo único a lo que me remetía la carta, me encontré a las afueras, antes del núcleo urbano, con el lugar que aparecía al principio de todos mis sueños: la casa de Marta. Era una casa bastante grande, lujosa, por así decirlo. Había tres coches patrulla y una ambulancia fuera. Esa escena ya la había vivido, sabía que pasaba dentro de la casa. Tuve que actuar rápido. Suerte que siempre llevaba conmigo unas credenciales falsas de policía que me había dado Electra, una buena amiga que sabe bien lo que hace. A partir de ese momento, nunca más fui Juan.

Entré a la casa. Me preguntaron que quién era. “Iván Castro, del departamento de desapariciones” dije. Enseñé las credenciales, por un momento llegué a temerme lo peor. Coló, no había nadie de desaparecidos. “¿Te destinaron hace poco? No tienes acento de por aquí…” una chica rubia se me acercó, por dentro estaba temblando, sospechando. “No, bueno, llevo tres meses en el departamento, soy de un pueblo perdido en la sierra. Es mi primer caso”, logré desviar su atención.

–Así que va a tratar el caso de la desaparición de mi hermana un novato. ¡Esto parece una broma! –ésta debía ser Claudia, Marta me había pedido en la carta que cuidase de ella.

–No soy un novato, llevo más de diez años estudiando e investigando desapariciones. Hasta que me destinaron aquí, mi trabajo era encontrar a gente desaparecida, y créeme que en la mayoría de los casos los encontraba –intenté tranquilizarla, siempre se me dio bien mentir, aunque no sirvió de mucho.

–Chiquilla, tranquilízate, tu hermana aparecerá, te lo prometo –la rubia parecía buena persona. Tenía que llevarme bien con ellos para que no me investigasen.