Abrí los ojos una vez más y poco a poco se empezaron a cerrar de nuevo, llevaba así la mayor parte del trayecto, durmiéndome sin llegar a dormir de verdad. Los breves instantes que los abría parecían ayudar a crear un aire de ensueño con los paisajes que encontraba al otro lado de la ventana.

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Abrí los ojos una vez más y poco a poco se empezaron a cerrar de nuevo, llevaba así la mayor parte del trayecto, durmiéndome sin llegar a dormir de verdad. Los breves instantes que los abría parecían ayudar a crear un aire de ensueño con los paisajes que encontraba al otro lado de la ventana.

Si miraba el pequeño camarote en el que iba la sensación de ensueño no hacía más que crecer, el suelo de madera estaba muy desgastado a consecuencia de los cientos de personas que habrían pasado por allí; todas con su propia historia, única e inigualable. Las paredes también de madera ofrecían un aspecto acogedor, te invitaban a quedarte allí para siempre, como si se tratara del lugar más seguro del mundo. Bostecé provocando que uno de mis rizos ocupase mi mirada, moví la mano con delicadeza y lo dejé sujeto tras la oreja. Empecé a cerrar los ojos otra vez, lo último que vi fue como se difuminaba el tapizado rojo de los acolchados asientos de enfrente.

Volví a abrir los ojos y cuando miré por la ventana me sorprendí del cambio que había tenido el paisaje, sobretodo el cielo, se había vuelto rojizo a juego con las anaranjada nubes que esperaban reencontrarse con su amiga luna. Esperaban que el sol dejará de envolverlas en los pocos rayos que le quedaban, hasta que se hicieron lo suficientemente fuertes para deshacerse de su abrazo.

Vi como ahora los rayos de luna envolvían ahora las abandonadas nubes, convirtiéndolas en pequeñas porciones de algodón de azúcar plateado. Las estrellas junto con el oscuro cielo hacían de vestido para las nubes, como si ese algodón de azúcar esperase que alguien fuera a comérselo. Seguí mirándolas, distraída, viendo como se movían unas en busca de otras, intentando alejar la soledad que las aquejaba, algunas lo lograron antes de que desviase mi vista a lo más terrenal.

Me sorprendí cuando me fijé en el paisaje, me había centrado tanto en el cielo que lo había dejado de lado. Lo que antes eran montañas ahora eran prados inmensos que alcanzaban hasta donde llegaba la vista. Estaban cubiertos de nieve por completo, te invitaban a hundirte en ella, a correr, a jugar… Te invitaba a hacer todo lo que hubiese hecho con ella, todo lo que ya había hecho otras veces en su compañía, todo lo que ya nunca más podría volver a ser.

Las lágrimas empezaron a deslizarse por mi mejilla, buscando mi barbilla con la intención de dejarse caer sobre mis muñecas, como si de su propio suicidio se tratara. Seguía sin creer que no la fuera a ver más, no podía ser, ella era… Era mi mundo sin duda, no quería estar en ningún otro lugar que no fuera ella. Y ahora…

Más lágrimas se empezaron a deslizar buscando su final con rapidez pero no lo consiguieron, esta vez las detuve con el pañuelo de bordes verdes que una vez me regaló. Las siguientes lágrimas ya no lograron ni llegar a las mejillas, no las quería dejar salir, eran lo único que me quedaba de ella.

Me levanté un momento para comprobar que la puerta seguía cerrada, no quería que los monstruos entrasen por la noche a por mí, no ahora que ya no podía protegerme. La puerta seguía cerrada como debería de haberlo estado todo el tiempo. Me senté de nuevo en mi asiento y me acomodé, la noche todavía era joven y podía dormir. Lo último que vi fue el vacío que había en los rojos asientos frente a mí, como todas las veces anteriores.

Helena se levantó del banco en cuanto escuchó el traqueteo de las grandes ruedas sobre los pulidos raíles, su tren ya llegaba. Se puso el sombrero azul a juego con sus ojos y cogió la maleta marrón que reposaba en el suelo, a la espera de emprender su viaje. Estuvo de pie unos minutos antes de que la azul máquina de tren pasara frente a ella, dejando una estela de humo blanco por donde pasaba. Su sombrero empezó a volar, dejando así a la vista su blanca y larga cabellera hasta entonces oculta. Soltó la maleta que se estrelló contra el suelo con un sonoro golpe y saltó en un vano intento de atrapar su sombrero. Empezó a perseguirlo sin conseguir cogerlo, el viento que levantaba el tren sólo hacía que volara más y más alto y ninguna de las escasas personas que había allí parecía querer ayudarla.

El tren acabo por detenerse y junto a él se detuvo el vuelo del sombrero que poco a poco cayó sobre la nieve que hacía días que invadía el andén. Helena lo recogió con cuidado, no quería sentir el frío de la nieve en la mano, en cuanto pudo se lo puso de nuevo, volviendo a recoger todo su pelo para que no quedase nada a la vista. Cuando terminó miró el tren y se sorprendió, justo delante de ella había el camarote de alguien que estaba durmiendo. Se fijó en su cara, en el cabello oscuro y rizado, seguro que era la envidia de todos los ángeles.

Estuvo inmóvil hasta que sonó el pitido del tren, anunciando que quedaba un minuto para cerrar las puertas e irse para siempre, ya no volvería a ser nunca el mismo tren, no llevaría aquel ángel consigo. Corrió todo lo que pudo y agarró su maleta con prisas, tenía que subirse sí o sí. Justo cuando atravesó el umbral el revisor se acercó a cerrar la puerta.

Helena empezó a andar por el desgastado suelo de madera que formaba el pasillo. La mitad de las paredes era del mismo material, la otra estaba cubierta de una capa de pintura azul, una tonalidad poco común que parecía una mezcla del mar con el cielo. Atravesó el primer vagón con tranquilidad, luego atravesó otro más un poco más nerviosa, tras ese llegó al suyo.

Se plantó frente a la puerta del camarote al que quería ir. ¿Cómo me presento? Lo haga como lo haga le va a extrañar… Estuvo unos largos minutos esperando, hasta que acabó por decidirse a llamar a la puerta.

Unos golpes en la puerta me despertaron de repente, cuanto odiaba eso, había una infinidad de camarotes vacíos y tenían que venir el mío. Los golpes volvieron a sonar, me desperecé y me acerqué a la puerta, sin llegarme a levantar del asiento que había cogido al llegar al tren.

Abrí la puerta. Nada más hacerlo una chica con un vestido y un sombrero azules a juego con sus ojos entró sin miramientos. Se detuvo un momento para quitarse el sombrero, que dejó en libertad una melena blanca como la nieve a pesar de la edad que aparentaba tener. Luego se sentó y me miró.

–Hola –mostró una gran sonrisa–, me llamo Helena y siempre te he estado buscando.

–Esto… Hmmmm… Hola –¿por qué siempre se acercaban a mí todos los locos?– ¿Por?

–Bueno, quiero borrarte esa mirada triste, no quiero que vuelvas a verter lágrimas por nada. ¿Cómo te llamas?

–Genial… No necesito tu ayuda, pero gracias. Si me has estado buscando deberías saberlo, ¿no? –me miró esperanzada–. Bueno, dejémoslo en que me llamo J, ¿vale? –Helena movió la cabeza de arriba a abajo con efusividad–. Voy a seguir durmiendo, hasta luego, si sigues aquí.

No esperé a que respondiera para acomodarme en el asiento. Apoyé la cabeza contra el cristal ya con los ojos cerrados. Sabía que Helena me estaba mirando pero no me importaba, con suerte me dormiría rápido y la olvidaría, aunque lo más importante era soñar con ella, nunca más podría verla sino era en sueños.

Cuando volví a abrir los ojos estaba llorando mientras Helena me rodeaba con sus brazos. Me estaba acunando mientras susurraba:

–Ya verás como todo sale bien, todo volverá a funcionar, estoy segura de ello –sus palabras sonaban vacías y distantes. La aparté de un empellón con la mano derecha.

–¿Se puede saber qué demonios haces? –pregunté alzando el tono de voz, enfadada–. No sabes nada de mí, ni de ella, ¿cómo te atreves a decir que todo irá bien? –las manos me habían empezado a templar y más lágrimas recorrían mis mejillas en busca de su suicidio.

–Yo… Lo único que quiero es que estés bien… Verte llorar me estaba partiendo el corazón, no podía soportarlo y he pensado… No importa, ha sido una estupidez –una lágrima asomó a sus ojos, empezaba a sentirme muy miserable.

–Helena, lo siento. Es que me has sorprendido, no esperaba despertar y que me estuvieras abrazando. Gracias por preocuparte tanto por una persona tan desagradable como yo, no sé por qué te preocupas tanto por alguien a quien no conoces pero gracias, de verdad. Venga, ven aquí –dije mientras abría mis brazos para abrazarla.

Helena se acurruco en mis brazos sin dudarlo, como si llevara esperando aquello todo el tiempo. Empecé a enredar mi mano en su blanquecino cabello como entretenimiento, la verdad es que su pelo era precioso. Uno de mis rizos negros se interpuso en mi vista pero no me dio tiempo a apartarlo, Helena lo hizo por mí, con mucha suavidad como si temiera romperme o hacerme daño.

Sus ojos azules me invitaban a perderme en ellos, como si el futuro solo pudiera existir a través de ellos. Los minutos fueron pasando e hicieron mella en sus ojos, que poco a poco se fueron cerrando hasta quedar ocultos tras los párpados. Mirarla me hacía pensar menos en ella, distraía mi mente por completo, hacía que el dolor se alejara. Parecía que al final iba a ser verdad lo que me dijo un hombre de ojos azules antes de subir al tren dos días atrás: este viaje cambiará tu vida.

Estuve mirándola todo el tiempo, era incapaz de apartar la mirada por si su rostro de ángel hacía el más mínimo gesto, no quería perderme nada. Anocheció y la luz de la luna se coló en el vagón, para hacernos compañía y alejar nuestra soledad, como si fuera la tercera pasajera. La piel de Helena, ya pálida de por sí, empalideció mucho más al contacto con la luna, casi parecía tener un brillo propio.

Las horas siguieron pasando hasta que Helena empezó a levantar sus párpados poco a poco, sin prisas, dejando que aquellos preciosos ojos azules tomaran posesión de mi alma. Cuando los tuvo lo suficientemente abiertos sonreí y dejé que me rodeara mi cuello con sus brazos. Empecé a inclinarme para que el abrazo le resultara más cómodo, al final nuestras narices quedaron separadas a un escaso centímetro mientras nuestros brazos nos rodeaban la una a la otra.

Podía sentir su respiración en mi piel, incluso sus latidos intentando sincronizarse con los míos. Como si de una orquestra se tratara ella cerró los ojos y empezó a recortar la distancia que había entre nosotras al mismo tiempo que yo hacía lo propio hasta que al final nuestros labios se juntaron. Noté su respiración acelerada o quizá era la mía, no importaba, lo único importante era lo que estaba naciendo dentro de mí, como lo que seguro estaba naciendo dentro de Helena.

Tras unos minutos nos separamos. Abrí los ojos y pude ver una de las sonrisas más puras que existen pintada en la cara de Helena, mientras yo también sonreía, hubiese sido imposible no hacerlo. Aquella chica era… No lo sé, solo era ella, única, no creo que nadie más pudiera levantar lo que ella había levantado en unos minutos.

–Te quiero –me confesó en un quedo susurro, sus azules ojos parecían un mundo entero en el que poder vivir.

–Yo también te quiero –las palabras salieron de mi boca sin pensar, algo en mí sabía que yo también la quería a ella.

No podía dejar de sonreír, ella por su parte tampoco. Su sonrisa era la más hermosa de todas las que había visto, llevaba una inocencia poco habitual, la misma inocencia que vivía en su mirada. Acaricié su pálida mejilla con la mano derecha, mientras con la izquierda seguí abrazándola, no quería soltarla por nada del mundo. Estuvimos así largos minutos, hasta que la mirada de Helena se desvió un instante a una cesta que tenía guardada.

–¿Qué llevas ahí? –me preguntó con la típica inocencia de una niña.

–Mermelada, la preparaba con… –la tristeza empezó a apoderase de mí, pero fue mirar los ojos y la sonrisa de Helena y se despejó por completo. Vi una mirada inquisitiva en sus ojos, casi suplicante–. Ahora la bajo, –amplié mi sonrisa, no quería dejar de abrazarla pero no podía negarle que la probara.

Helena dejó de apoyarse en mí para acabar sentándose a mi  lado. Yo me levanté y cogí la pequeña cesta en la que llevaba la mermelada, la dejé sobre la mesa con cuidado, me daba miedo que se rompiera. Volví a sentarme, ella por su parte volvió a dejarse caer sobre mis piernas para que pudiera volver a abrazarla. Lo hice sin dudarlo.

–Eres muy lista, ¿eh? –me miró y apartó la mirada traviesa.

–Es que… Te quiero mucho –logró que mi sonrisa se ampliara todavía más.

–Y yo a ti –Helena también amplió su sonrisa–. ¿Quieres probar alguna? Aunque no tengo nada con lo que servírtela…

–No te preocupes, seguro que tu dedo es una cuchara perfecta –una risa inocente acompañó aquella afirmación.

Abrí uno de los tarros y arranqué un poco de mermelada de fresa con el dedo índice. Lo acerqué a la boca de Helena con cuidado para que no se cayera, cuando estaba a punto de abrir la boca lo alejé de ella y me la tomé yo. Cuando puso morritos no pude evitar romper a reír.

–Tranquila, ahora ya te toca a ti –mientras lo decía ya había vuelto a coger mermelada con el dedo, la acerqué a esos labios que deseaba volver a besar. Helena abrió la boca y metió mi dedo dentro para conseguir su mermelada.

–¡Está riquísima! –dijo con unas lágrimas asomando a sus ojos–. De verdad, es lo mejor que he probado nunca, ¡pero si hasta se me saltan las lágrimas! ¿Puedo probar otra? Porfi.

–Claro que puedes, pero antes… –me incliné sobre ella y nos volvimos a besar, ambas con el gusto de la fresa cubriendo nuestra boca. Quería tener para siempre los labios de Helena cerca, eran tan cálidos… Tras un rato que pareció una eternidad en mi corazón nos separamos de nuevo.

Cerré el tarro de la mermelada de fresa y lo guardé, luego saqué otro. Volví a hacer lo mismo que la otra vez, Helena volvió a poner morritos y yo a reír, no podía evitarlo, parecía tan inocente. Seguimos así hasta que probó todas las mermeladas que llevaba, picó en todas y cada una de ellas, yo también me reí en todas. Me hubiera gustado tener más mermeladas, para irlas intercalando con aquellos besos tan dulces que nos dábamos.

Los primeros rayos de sol se colaron en el camarote, bañándonos con su dorada luz. Sin darme cuenta había pasado toda la noche, la primera noche feliz que pasaba desde que ella despareció. Todo gracias a esa maravillosa chica que tenía atrapada en mis brazos, Helena. Ya debía de faltar poco para llegar a mi estación, ya era el tercer día de viaje, no me quedaba otra que bajar.

–Helena… –ella me echó una de esas miradas inocentes que me había estado lanzando toda la noche–. Yo… –mis manos empezaron a temblar.

–Tranquila –me rodeó fuerte con sus brazos–, no va a pasar nada –me dedicó una sonrisa inocente–. No te vas a quedar sola, te lo prometo.

Lo que quedaba del trayecto fuimos dándonos abrazos, y besos mientras hablábamos. Estuvimos así hasta que finalmente el tren empezó a aminorar la marcha, hasta detenerse en un nuevo andén, uno que no había visto nunca. Helena se apartó de mí mientras yo cogía la maleta verde y el cesto de las mermeladas. Una vez hecho eso salí al pasillo cargada, empecé a recorrerlo, pensando que la última vez que lo había cruzado el dolor que sentía era inmenso. Ahora gracias a la que era una desconocida anoche ya no dolía, la inocencia de sus ojos era capaz de arrancar borrar cualquier mal.

Me giré y vi a Helena salir del camarote, siguiéndome pero sin su maleta, un vacío empezó a apoderarse de mi corazón pero seguí adelante. Las dos bajamos al andén, no me atrevía a decir una palabra, no quería perderla pero tampoco podía seguir en el tren. Fue ella quien rompió el silencio.

–En esta ciudad, hay una chica que… Bueno, que es como yo pero con ojos marrones –el vacío solo hacía que agrandarse, no entendía que intentaba decirme–. Esa chica se llama Helena, ella todavía no lo sabe pero te está buscando y tú… Tú la buscas a ella. Lo siento mucho, de verdad –unas lágrimas asomaron a sus ojos–, pero yo no puedo detenerme aquí, ojalá pudiera.

–¿Por qué? –mi corazón se estaba resquebrajando poco a poco por todas partes. Entonces vi algo sin que ella dijera nada más, los ojos azules que me estaban mirando se convirtieron un instante en los del hombre que me dijo que este viaje cambiaría mi vida. Luego volvieron a ser los de ella. Estando allí quieta frente a mí reconocí el azul de sus ojos, era el de la máquina del tren. Su cabello no era blanco como la nieve, era blanco como la columna de humo que salía de la máquina. Poco a poco Helena se fue disolviendo ante mí, rompiéndome por completo el corazón.

–Lo siento pero tengo que volver a mi lugar, al tren. Busca a Helena, ella te está buscando a ti aunque no lo sabe –fueron las últimas palabras que dijo antes de desaparecer para volver a unirse al tren. Yo caí de rodillas al suelo, llorando sin parar.

El tren estuvo allí parado unos minutos, mirando a una destrozada Julia llorando en el suelo, sin nadie que se acercara a consolarla. Cada vez estaba menos seguro de que estuviese bien lo que había hecho pero Helena y Julia estaban hechas para estar juntas. Estaba convencido de ello ya que antes que a Julia había traído a la auténtica Helena hasta la ciudad. Antes de marchar vio como Julia se levantaba para empezar a andar en busca de la salida. El pito que hizo sonar pareció un lamento de disculpa, poco después arrancó y empezó a alejarse de la ciudad a paso veloz.

Estuve días encerrada en la habitación, no podía salir, dolía demasiado. No me las podía sacar de la cabeza, ni a ella ni a Helena, las dos habían desaparecido, por causas diferentes pero desaparecidas.

Cuando ya no me quedaron más lágrimas que derramar empecé a salir a la calle, daba pequeños paseos por un parque que había cerca y volvía a encerrarme. Cada vez iba más lejos, fijándome en todas las personas con las que me cruzaba, en busca de cualquiera de las dos aun sabiendo que ninguna aparecería. Estuve muchos días andando por las calles, hasta que empecé a conocérmelas todas.

Un día me adentré en una calle estrecha, una por la que nunca había pasado para mi sorpresa. En esa calle encontré una pequeña tienda en la que tenían expuestos unos collares preciosos, estaban hechos con diferentes fragmentos de piedras multicolores. Imitaban a diferentes animales, loros, monos, dragones y una infinidad más. Entré sin dudarlo, necesitaba uno de esos.

Nada más entrar vi a una chica con una melena blanca como la nieve, esta si era como la nieve, sus ojos marrones me miraban desbordando una inocencia increíble. Me acerqué a ella poco a poco, sin dejar de mirarla, su piel también era muy pálida.

–Hola –dije con timidez–. Me llamo Julia, tú todavía no lo sabes pero siempre te he estado buscando toda mi vida –Helena esbozó una gran sonrisa en su rostro.

–Yo también te he estado buscando a ti –se acercó a paso lento hasta mí–. Mi nombre es Helena.

–Lo sé –sus ojos, aquella inocencia que me había robado el alma estaba allí–. Te quiero –dije cuando estuvo frente a mí.

–Yo también te quiero –nos fundimos en un nuevo beso, el primero de verdad, el primero de Helena y Julia. Fue el primer beso de los muchos que nos quedaban por delante.