"Humo" nos deja pocos días antes de "Amor", hoy podremos leer lo que le sucedió a Ramón Marquez antes de encontrarse con Lucas también conocido como Ilya.

Relatos de Ilya 0 - Humo

Miércoles – 03/10/2012 

El pulgar hizo girar la pequeña rueda dentada y la llama apareció, tras eso su mano se dirigió hacia el cigarrillo que los labios sujetaban con firmeza. La llama se quedó unos segundos de más jugueteando sobre el mechero, finalmente la tapa se cerró provocando su muerte. Ramón sostuvo un momento más el mechero hasta que acabó dejándolo caer en el bolsillo derecho de su americana. Extrajo el cigarro con dos dedos y vio como el humo que se filtraba entre sus labios desfilaba ante él en su ascensión al techo, tras eso volvió a atraparlo en su boca. 

Los ojos azules de Ramón estaban cargados de tristeza y enrojecidos a consecuencia de todo el rato que había estado llorando y su pelo normalmente bien peinado ahora estaba descuidado, desordenado. Miró alrededor, todo lo que había en aquella habitación le traía buenos recuerdos, recuerdos que nunca más volverían a darse, estaba seguro de ello. Todo lo que le rodeaba estaba en decadencia y dentro de poco perdería lo único que le quedaba, sus hijos.

Ramón pasó allí unos minutos a la espera de que el cigarrillo se consumiera a su lento ritmo, intentando encontrar un motivo por el cual seguir adelante. Llevaba días intentándolo pero era incapaz de conseguir encontrar uno sólo, todos se desvanecían como el humo del tabaco. Finalmente se levantó y giró el pomo de la puerta, aún quedaba todo el día por delante. Paso a paso recorrió el pasillo alejándose de la habitación de su infancia, cada paso lo alejaba más hasta que llegó a la puerta de la entrada, la abrió y salió a la calle.

Se subió al coche y lo arrancó, aún le quedaban unos kilómetros que recorrer antes de llegar a su destino. Mientras conducía una gota cayó contra el parabrisas, a esa le siguió otra y otra más, se fueron sucediendo una tras otra hasta que finalmente empezó una fuerte lluvia. A ambos lados de la carretera se extendía un vasto campo plagado de viñas que alcanzaba hasta donde llegaba la vista.

Ramón cogió el encendedor del coche y prendió otro cigarrillo dejando que el humo invadiese la cabina. Cuando ese se consumió encendió otro y tras ese un tercer cigarro que fue el último. A pesar de toda la lluvia podía ver a lo lejos el muro de piedra gris que lo estaba esperando y junto al muro había muchos coches parados, a la espera de que sus propietarios volvieran a por ellos. Cuando llegó dejó su coche junto a los demás y se bajó, sin molestarse en coger el paraguas que lo había acompañado en el asiento del copiloto todo el tiempo.

Las gotas de agua fueron golpeándole con delicadeza mientras avanzaba a paso lento. Muchas de las gotas golpeaban su rostro llegando a parecer lágrimas vertidas de sus ojos, unas lágrimas que Ramón sabía que nunca más saldrían. Se detuvo un instante ante la puerta de madera con la cruz tallada, deseando no tener que estar allí aunque sabía que era inevitable. Finalmente atravesó el umbral y entró en la iglesia que lo llevaba esperando hacía horas.

Empezó a avanzar por el pasillo poco a poco, a cada lado había hileras de bancos mayormente vacíos a excepción de pequeños y aislados grupos de personas. Sin embargo cada fila que avanzaba parecía estar más poblada, hasta llegar a la primera en la que únicamente quedaba un sitio vacío. El lugar donde debía sentarse Ramón. Se sentó en silencio, sin apartar la vista de lo que había frente a él.

Había dos ataúdes relucientes que parecían pertenecer a otro mundo. Estaban allí quietos, como si todo lo que los rodeaba no fuese con ellos cuando realmente eran los protagonistas de la sala. En el ataúd de la derecha reposaba su madre con ochenta y siete años, en el de la izquierda estaba su hermana que solo tenía cuarenta y tres. Aun así no era lo peor de la escena, en el centro entre los dos ataúdes había otro, mucho más pequeño, hecho especialmente para su sobrino de ocho años.

Su madre y su hermana habían muerto en un accidente de tráfico, su pequeño sobrino había sobrevivido para acabar encontrando la muerte horas después en el área de urgencias de un hospital. La vida de los tres se había extinguido rápidamente, como si se tratara del humo del tabaco mezclándose en el aire hasta desaparecer.

El capellán empezó a hablar, primero recordando las maravillas que habían dejado atrás las tres personas que habían abandonado el mundo. Estuvo así cerca de treinta minutos, sobretodo repitiendo el alma tan pura que había perdido el mundo al morir el sobrino de Ramón. Tras eso empezó a nombrar lo bien recibidos que serían en los brazos de Dios para acabar finalmente con la lectura de algunos salmos.

Todos los presentes se levantaron y empezaron a dar el pésame a Ramón, el único familiar vivo que quedaba de su madre, su hermana y su sobrino. Tras dar el pésame la gente fue saliendo hasta que finalmente los únicos que quedaron allí fueron Ramón y el capellán.

El clérigo intentó consolar a Ramón, veía la inmensa tristeza que habitaba en sus ojos, una tristeza que de tan inmensa parecía eterna. Pasó cerca de una hora intentando ayudarlo, intentando que viera que había más vida, intentando que pensara en sus propios hijos, algo que pareció herirlo todavía más. Finalmente tras muchos intentos acabó desistiendo y le dijo que ya tenían que ir al cementerio. Ramón vio como empezaron a mover los tres ataúdes y los siguió, observando como lo poco que quedaba de sus seres queridos se alejaba por última vez de él.

Llegaron a la reja del cementerio y el capellán la abrió bajo una fina llovizna; los goznes resonaron en las paredes como si se tratara de un gemido proveniente del más allá. Avanzaron lentamente sobre las losas de piedra entre las cuales asomaban pequeñas plantas que intentaban abrirse paso en el reino de la muerte. Tras atravesar dos pequeños pasillos llegaron a su destino, el alto muro gris tenía tres nichos abiertos, uno por cada persona que había perdido Ramón en aquel trágico accidente de coche.

Los sepultureros empezaron a alzar el primer ataúd, el de su madre, cuando lo depositaron en la tumba la sellaron y lo dejaron a punto de poner la lápida que llegaría unos días más tarde. Tras ese siguieron con el de su hermana usando el mismo procedimiento y finamente el de su pequeño sobrino.  El capellán y los sepultureros se despidieron de Ramón y se alejaron del lugar con calma, él por su parte se quedó allí unos minutos más, mirando la que sería la casa de sus seres queridos para la eternidad.

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Cuando Ramón salió del cementerio se dirigió rápidamente al coche, sin volver la vista atrás. Su traje estaba completamente empapado, pero no le importaba, lo único que quería era llegar a casa de su madre. Arrancó el motor y aceleró, con la pequeña esperanza de no llegar hasta su destino, sin embargo esa esperanza también se convirtió en humo. Llegó hasta la puerta y se bajó del coche rápido, solo quería una cosa, llegar a la habitación de su infancia.

Entró en la habitación y se quitó la americana para tirarla al suelo, tras eso se sentó en la cama, junto a la mesita de noche. Estuvo allí unos minutos relajándose para que su respiración se normalizase, cuando lo consiguió abrió el cajón de la mesilla y cogió lo que había guardado allí horas antes. Se lo llevó a la boca, sintió el gusto metálico en la lengua y apretó el gatillo sin obtener resultado alguno, se había encasquillado.

Sacó el cañón del arma de su boca e intentó solucionar el problema pero al intentarlo la pistola se disparó desperdiciando la única bala que tenía. Ramón se dejó caer sobre la cama, desesperanzado por haber perdido la única vía de escape que le quedaba. Estuvo allí más de doce horas mirando al vacío hasta que finalmente se levantó dispuesto a volver a casa.

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Viernes – 05/10/2012 

Ramón entró en su piso a las dos de la mañana, pensando en Abel, el chico desaparecido que había recogido en la carretera. Ese pensamiento se desvaneció de su mente cuando vio a Olga esperándole en el sofá, dispuesta a discutir.

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Además, Ramón también aparece en El pueblo (Parte 14) – Sale el sol.