Abel y Nadia entran por la apertura de la pared que había en el mausoleo, ¿qué les deparará ese viaje bajo tierra? ¿A dónde llegarán?

07 Subsuelo_BN

Abel y Nadia atravesaron la apertura que había al final del mausoleo, llegaron a un pasillo excavado en la roca, con techo abovedado de unos dos metros de altura y tan estrecho que debían ir en fila india. El mármol había desaparecido por completo en esta zona, como si el que habían visto con anterioridad fuera únicamente una ilusión. Quien hubiese hecho ese paso subterráneo se había ocupado de que no quedara ningún borde cortante con el que alguien pudiera hacerse daño. La luz de las linternas no lograba alcanzar el final, lo único que conseguían ver era la continuidad de los muros que les rodeaban, como si estos no debieran acabar nunca.

Siguieron andando poco a poco, con cuidado, mirando siempre al suelo para evitar tropezar con nada. Tras largo rato paseando por aquel pasillo encontraron una bifurcación, uno de los caminos se elevaba y el otro descendía, escogieron el primero. El camino se hizo cada vez más empinado y angosto, hasta que llegó un punto en el que decidieron volver hacia atrás debido a la dificultad que había adquirido. Cuando llegaron a la bifurcación escogieron el camino que descendía, éste, en contraposición al otro, cada vez se iba ensanchando más hasta llegar finalmente a otra bifurcación.

La nueva de ramificación tenía de nuevo dos opciones, una que subía y otra que bajaba, pero a diferencia de la anterior en cada uno de los caminos había un pequeño dibujo, indicando la dirección a tomar. En el camino que bajaba había dibujada una cruz en el suelo y en el otro un semicírculo con un ojo y una casa encima. En el suelo, bajo sus pies había dibujada una pirámide indicando la dirección del cementerio.

-Vaya, nunca puede ser fácil -dijo Abel iluminando uno de los dibujos-. Supongo que éste significará que lleva hacia la iglesia negra que hay en el pueblo.

-¿Pero por qué iba a estar la iglesia unida a una pirámide? Es absurdo, no tiene sentido.

-¿Hay algo qué lo tenga aquí? -No esperó respuesta para seguir-. Será mejor que nos dirijamos al otro lado, la iglesia la podemos visitar sin necesidad de entrar desde un túnel.

Avanzaron por la subida, las paredes se estrechaban hasta en ocasiones obligarlos a avanzar de lado si querían llegar a donde fuera que llevase el camino. Tras una hora andando por aquella excavación llegaron de nuevo a una bifurcación, de nuevo había dos opciones ante ellos, parecía broma de mal gusto del diseñador de los túneles. El suelo volvía tener dibujos a modo de indicación, esta vez había un ojo con un cuadrado, ese camino seguía recto, sin ningún desnivel aparente. El otro volvía a tener el semicírculo y únicamente la casa que habían visto con anterioridad y al igual que entonces se veía una clara subida. El camino por el que habían venido tenía dibujada una pirámide con una cruz en el centro, indicando así los dos caminos a tomar en el desvío anterior.

Volvieron a escoger la opción del semicírculo y siguieron ascendiendo, antes o después tendrían que salir al exterior, no podían seguir bajo tierra de por vida si el camino seguía subiendo. Empezaron a subir y poco a poco el camino iba ensanchando hasta que finalmente llegaron a una caverna. Las paredes eran irregulares y de roca blanca, el techo había sido retocado para que no tuviera ninguna estalactita además habían hecho lo propio con las estalagmitas del suelo. En el centro había un agujero que parecía llevar a alguna parte cercana al exterior ya que se colaba un poco de luz a través de él. La apertura se encontraba a unos ocho metros de altura y no parecía que hubiera forma humana de alcanzarla.

-Deberíamos subir, puede que haya algo allí arriba. Además, si no lo hay, como mínimo, podremos volver a salir al exterior… Esto es peor de lo que pensaba -dijo Abel.

-Yo no subo. ¡Está muy alto! -exclamó Nadia-. Además, nunca podremos subir y aunque pudiéramos no lo haría, ya he hecho hoy suficientes cosas que me dan miedo para todo el año.

-Oh, vamos, Nadia. Por favor, hazlo por mí… Si encontramos la forma de subir. Por favor… -se acercó y la abrazó. Mientras la abrazaba le susurró al oído-: sabes que no puedo hacerlo sin ti. Nunca hubiese llegado aquí si no fuera porque has estado a mi lado.

-Lo sé, pero… Jo… Vale, lo haré, te quiero -se besaron, olvidando por un instante lo que les rodeaba, como si siguieran en su piso de Valencia.

Empezaron a buscar con la esperanza de encontrar una forma de subir, la caverna era grande y en cualquier parte podría estar lo que necesitaban. Alguien se había molestado en dibujar aquellas indicaciones en el suelo, tenía que haber una forma de llegar arriba. Quien había hecho los dibujos tendría la intención de guiar a quien pasara y por la forma no era a esa caverna. Llevaban pensando desde el principio que llegarían a una casa y lo más probable es que esa casa se encontrara allí arriba.

Se dirigieron a la entrada de la cueva y una vez allí tomaron direcciones opuestas para asegurarse que no quedaba ningún recoveco por el que no habían pasado. Tras un rato buscando, Abel dio con una apertura en la roca que daba a otra caverna, de menor tamaño, que en un primer vistazo le había pasado completamente desapercibida. Entró con la esperanza de encontrar allí lo que les permitiera subir. A diferencia de la sala anterior ésta estaba repleta de las típicas estalagmitas y estalactitas, por lo visto no le habían dado tanta importancia como a la caverna del agujero. Sus ojos se iluminaron cuando vio lo que había a un lado de la sala, una escalera rupestre de madera, larga, muy larga. Probablemente sería lo que utilizaban, no parecía muy fiable pero era lo único que tenían. Salió de aquella sala.

-¡Nadia! –Gritó con fuerza-. ¡Ven! ¡He encontrado una escalera! –Ella llegó y ambos entraron en la caverna más pequeña. Abel le enseñó la escalera-. Es nuestro billete de subida, ¿la llevamos?

-No me gusta, parece muy insegura, pero supongo que es lo único que hay… La usaremos.

Cogieron la escalera entre los dos, cada uno por un extremo y se dirigieron a la sala del agujero. Empezaron a enderezarla con cuidado, con miedo que se les partiera mientras la dirigían hacia la apertura del techo. Finalmente consiguieron que la escalera se introdujera y se mantuviera en pie, parecía que sobrepasaba bastante la parte superior lo que le daba más estabilidad.

Abel empezó a subir poco a poco, no acababa de fiarse de la escalera. Cada escalón que subía crujía bajo su peso y algunos de ellos tenían la cuerda que los sujetaba aflojada, seguramente por la falta de uso y mantenimiento. Tras un rato que se le hizo eterno logró llegar a la parte superior de la caverna y lo que vio lo dejó parado un instante, había llegado a un sótano, dejó la escalera y pasó al suelo de aquella habitación. En el techo vio una polea de la cual colgaba un sillín de una cuerda, seguramente sería un método para acceder a la caverna desde allí arriba.

-Nadia, espera, te mando el ascensor –dijo sonriendo mientras la miraba.

Hizo bajar el sillín y ella se subió. Abel la hizo subir poco a poco, ella se agarraba con fuerza a la cuerda con miedo a caerse. Cuando finalmente llegó al sótano, Abel se encontraba sin aliento. Se sentó para recuperarse, le había costado más de lo esperado subir a Nadia. Estuvo un rato completamente quieto recuperando el aliento, cuando empezó a sentirse mejor se levantó. Nadia lo vio y dijo:

-¿Y ahora qué?

————————————————————–

Recordad, un “Me gusta” es igual a un ¡sigue escribiendo! o con menos énfasis, como prefiráis.

Además, siempre que os apetezca podéis compartir la historia en las redes sociales para que le llegue a más gente.

¡Gracias por leerme!

Si queréis leer los siguientes o anteriores capítulos de El pueblo podéis pasar por AQUÍ.