Quinta parte de "El pueblo", ¿qué es lo que ponía sobre la puerta de la pirámide? ¿Estará relacionada con la iglesia negra?

El pueblo (Parte 5) - La iglesia negra

La noche ya había caído hacía horas y Rafael sabía que se acercaba el momento en el que se reuniría la congregación. Hacía pocos días que se habían reunido, pero como se habían producido importantes cambios no les quedaba otra opción. Se dirigió a la cocina y miró los tarros de conservas donde guardó toda la carne que había cortado a lo largo de la mañana, muy posiblemente sirviese eso como comida el día de la gran fiesta. En el suelo, cerca de los tarros, estaban todos los desperdicios que produjo la carne, ya se empezaba a notar el hedor pero no tenía tiempo de deshacerse de ellos. Finalmente se quitó el delantal manchado de sangre y lo dejó en la encimera, tras eso salió de la taberna y cerró la puerta con llave.

Empezó a recorrer las calles del pueblo en dirección a la iglesia, el lugar en el que solían congregarse con normalidad, también tenían la Capilla pero era únicamente para ocasiones especiales. La última vez que la habían utilizado fue un año atrás, en una ocasión muy especial, justo cuando Ainara había vuelto. Tras eso se fue de nuevo y quedaron en que cuando volviera al pueblo de nuevo volverían a usarla. Rafael recordaba la Capilla a la perfección, como si hubiera estado allí el día anterior, recordaba sus paredes oscuras y sin ventanas, y el altar negro que se alzaba al final. Era uno de los pocos lugares que no estaban escritos.

Llego a la plaza mayor y se detuvo ante la iglesia negra, admirando su macabra belleza, analizando cada una de las letras que estaban escritas en la fachada, hasta dar con el texto que estaba buscando: Der Junge zündete die Flammen¹. Siempre le habían gustado todas esas frases escritas por el pueblo, contando esa gran historia, la cual era conocida por todos sus habitantes. Tras pasar un largo rato observando la fachada se decidió a entrar.

La puerta se abrió silenciosamente y se cerró de golpe, un golpe lo suficientemente fuerte para interrumpir el discurso que ofrecía el padre Elías, un hombre de más de sesenta años con la cabellera completamente blanca. Todos los presentes se giraron para comprobar quien lo había interrumpido y encontraron justo a quien esperaban, a Rafael. Las paredes del interior al igual que as del exterior eran negras con letras blancas. Las letras al igual que la piel de todos los asistentes tenían un tono rojizo a consecuencia de la luz que se filtraba a través de los vitrales.

El tabernero empezó a andar tranquilamente por el interior del templo dirigiéndose al sitio que solía ocupar, ninguno de los presentes dejo de observarlo, a la espera de ver como se disculpaba ante Elías. Rafael llego a la primera fila y se sentó sin pronunciar una sola palabra, a su lado se sentaba Vanesa, una chica joven de cabello oscuro que tenía una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. Vanesa cogió la mano de Rafael y la envolvió en las suyas, tras eso acerco su rostro al de él para poder susurrante al oído.

-Por favor, discúlpate, hazlo por mí aunque sea -suplico con voz débil.

-Sabes que él no me gusta, si tu no estuvieras aquí hace tiempo que me habría ido -notó un leve apretón en su mano, otra súplica por parte de Vanesa-. Lo siento Elías, ya puedes continuar.

El padre no le dirigió ni una palabra antes de retomar el discurso donde lo había dejado, tras esa pausa pasó cerca de una hora hasta que alguien intervino.

-Pero… ¿Quiénes son? -preguntó una voz que provenía del centro de la sala.

Un murmullo generalizado empezó a extenderse entre la mayor parte de los presentes, esa voz anónima había expresado en un momento lo que preocupaba a todos. La gente empezó a buscar el origen de la voz mientras comentaban con quienes tenían a su alrededor las inquietudes que sentían por los visitantes. Rafael por su parte estaba completamente tranquilo y en silencio, dejando que el tiempo corriese, sabía que de nada serviría intervenir en ese momento. Se dedicó a observar todo el tiempo a Elías, mientras, el padre hacía lo propio. Se analizaban mutuamente, intentando encontrar debilidades el uno en el otro, algo que usar en su contra. Finalmente, pasados unos minutos Elías decidió intervenir.

-Silencio hijos míos. No hay peligro alguno -dijo alzando la voz para que todos callasen, cuando lo hicieron bajó el tono-. Estoy seguro de que han llegado aquí por casualidad, ninguno es una amenaza real…

-Lo son -interrumpió Rafael mientras se levantaba-. Les he visto leer, buscan algo y eso no me gusta. ¿Eres incapaz de ver el peligro Elías? Han venido por alguna razón, hasta tú deberías de darte cuenta.

-Es normal que lean Rafael, por eso las paredes están escitas, para que sean leídas. Tranquilízate, de nada sirve que nos pongamos nerviosos. Ahora siéntate -endureció su tono-, en ningún momento se te ha dado permiso para que te levantes. Por cierto, cuando lo hagas no vuelvas a abrir la boca, no quiero volver a escuchar tu voz esta noche.
Rafael se sentó, no le quedaba alternativa cuando lo hizo Vanesa le dio la mano de nuevo y volvió a susurrante al oído. Rafael sonrió con lo que dijo. Estuvo pensando en ello desde ese momento, era lo mejor que le podía haber dicho Vanesa. Elías por su parte siguió dando su discurso sobre el poco peligro que ofrecían los dos visitantes que habían llegado ese día. Tras unas horas había convencido prácticamente a todos los habitantes, por lo que dio la congregación por finalizada.

Todos se levantaron y se dirigieron a la salida, ya no les quedaba nada que hacer allí y en pocas horas saldría el sol y aún no habían dormido nada. Rafael junto con Vanesa se dirigían a la puerta cuando Elías se interpuso en su camino.

-Tú, lárgate -dijo mirando a Vanesa, cuando ésta se fue se dirigió a Rafael-. No vuelvas a contradecirme en público, no volveré a permitirlo. Estoy harto de ti.

-Cómo quieras -dijo mientras lo empujaba con el hombro para apartarlo de su camino-. No vuelvas a hablarme así, das asco -tras eso se marchó tranquilamente.

Los primeros rayos de sol empezaron a salir y a alumbrar con su dorada luz las calles del pueblo, Rafael aún estaba paseando por las calles, no tenía ninguna intención de descansar aún, había quedado con Vanesa. Llegó a la calle donde estaba la casa con la esperanza de que nada más llegar ella le abriera la puerta. Antes de llegar vio cómo su figura salía del edificio.

-Hola -saludo Vanesa con una sonrisa mientras se acercaba a Rafael para besarle-. Ya está todo listo cariño.

-Hola -respondió Rafael-. Muchas gracias.

La pareja cruzó el umbral y empezaron a subir las escaleras. El tabernero cogió lo que llevaba atado al cinturón, estaba deseando usarlo. Abrió la puerta que le indico Vanesa y se dirigió a la cama. Alzó el instrumento que sujetaba con la mano derecha, la luz del sol se reflejaba en él creando un destello. Ese destello fue lo último que Elías vio antes de que la hoja del machete se hundiera en su cuello.

¹ El niño prendio la llama

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