Un nuevo capítulo en la historia de Abel y Nadia, ¿qué puede haber tras la reja del bosque?

Cementerio_BN_Título

Abel y Nadia se acercaron poco a poco a la verja que medía tres metros y que estaba hecha de largos barrotes, estaba completamente oxidada a excepción de pocos trozos donde se apreciaba la pintura negra que la recubría antes. Tanto a nivel del suelo como en los laterales las hiedras de la zona se habían empezado a apoderar de ella. A ambos lados del arco de piedra grisácea se extendía un muro algo más bajo que la reja que contenía. El muro también estaba escrito pero era diferente a todo lo que habían visto, el texto estaba ordenado en filas y columnas como si de una lista se tratase.

Dejaron de prestar atención a la verja para centrarse en ese nuevo texto. Empezaron a apuntar todo lo que entendían, poco después se dieron cuenta de lo inútil que era esa tarea, era una lista de nombres. Estuvieron leyéndolos durante largo rato intentando encontrar el significado de esa lista, al igual que el de todo lo que había escrito. Finalmente y sin obtener respuestas se dirigieron hacia la reja que habían visto al llegar.

Cuando llegaron a donde estaba, iluminaron lo que había al otro lado pero lo único que consiguieron ver fue una espesa niebla que únicamente les dejaba entrever la silueta de árboles, plantas y el camino de piedra que se adentraba más y más. El camino cada vez estaba peor ya que le habían empezado a crecer hierbas entre los pequeños espacios que separaban los adoquines de piedra. Abel empujó la puerta pero estaba cerrada por dos cadenas y candados en los que no se había fijado.

-Tenemos que entrar -dijo Abel con firmeza mientras propinaba un golpe con el pie a uno de los barrotes de la reja.

-Sí, es posible que ahí dentro haya algo, pero no tenemos forma de colarnos.

-¿Qué te parece si subimos? -preguntó mientras se acercaba y tocaba un árbol cuyas ramas cruzaban el muro por encima-. Es lo único que se me ocurre -añadió al ver la mirada de “ni en broma” que le dirigió Nadia-. Si se te ocurre algo mejor lo haremos.

-Vale, subiremos -dijo finalmente tras pasar largo rato intentando dar con otra forma de entrar sin obtener ningún resultado-. Pero me da mucho miedo -dijo con voz temblorosa.

-Tranquila, yo estaré a tu lado -dijo antes de sonreír.

Abel empezó a subir y se estiró en la rama más baja que había para poder alargar el brazo hasta Nadia. Ella cogió la mano que Abel le ofrecía y en poco tiempo estuvo junto a él en la rama. Repitieron el proceso tres veces más para dar con una rama que creían que sería lo suficientemente resistente para resistir el peso de sus cuerpos. Estaban a una altura de ocho metros algo que aterraba a Nadia pero era la única forma de entrar en esa zona cerrada.

Abel empezó a avanzar hacia la rama de un árbol que crecía al otro lado del muro, cuando pasó a la otra rama, Nadia empezó a dirigirse hacia donde él estaba. Al llegar al extremo, Abel la ayudó a cruzar para que no cayera al suelo, tras eso ambos avanzaron lentamente hacia el tronco. Finalmente bajaron por él poco a poco y con el mismo sistema que habían utilizado para el resto del proceso, primero bajaba Abel y después éste ayudaba a Nadia a llegar hasta donde estaba.

Cuando llegaron al suelo empezaron a mirar a su alrededor para dar con la verja y así poder orientarse de alguna forma detrás del muro. Primero vieron el muro, y se dieron cuenta de que no había nada escrito, tras él dieron con la puerta y se dirigieron hacia ella para poder seguir el camino de piedra. Empezaron a andar por él pero lo único que veían a ambos lados eran más y más árboles, como si la reja y el muro hubiesen sido puestos en medio del bosque como mero entretenimiento. Avanzaron lentamente por el camino, mirando en todas direcciones en busca de lo que había en aquella zona de diferente para estar separada del resto del bosque. Finalmente dieron con lo que diferenciaba esa zona del bosque de las demás.

Delante de ellos pudieron ver una lápida de granito resquebrajada en la que apenas podía diferenciarse el nombre a cuya persona pertenecía. A diferencia de todo lo que habían visto al llegar, la losa únicamente tenía escrito el ilegible nombre y una fecha que tampoco podían diferenciar.

-¿Estamos en un cementerio? -preguntó Nadia incrédula.

-Eso parece -susurró Abel-. Miremos mejor, puede ser que haya algo de utilidad aquí -dijo mientras le dirigía una mirada de complicidad-. Como mínimo ya es diferente al resto de sitios que hemos visto hasta ahora.

-Eso sí… Sí, miremos -respondió mientras se adentraba más en el cementerio.

Cada vez iban viendo más lápidas que se entremezclaban con las raíces y troncos de los árboles, en muchas ocasiones parecía como si hubiesen sido diseñadas para que se diese esa mezcla. La mayor parte se encontraban en mal estado seguramente a causa de la falta de mantenimiento. Los nombre y fechas no se diferenciaban prácticamente en ninguna tumba y las que podían leerse con claridad no les aportaba ninguna información de utilidad. La mayor parte de las losas de piedra estaban rotas y recubiertas de una capa gruesa de moho, hecho que dificultaba saber a quien pertenecían. La mayoría de las lápidas de granito habían sido destruidas por las enormes raíces de los árboles que formaban el bosque privado del cementerio.

Siguieron avanzando hasta que dieron con un importante cambio en el cementerio, ante ellos ya no había losas, sino un seguido de esculturas que se alzaban sobre las tumbas que protegerían para toda la eternidad. Las primeras que vieron eran de ángeles de grandes alas, en algunos casos rotas, cuya mirada se dirigía al cielo en busca de su salvación. Muchos de los ángeles estaban recubiertos de moho, al igual que gran cantidad de las lápidas que habían visto con anterioridad y al igual que ellas tampoco estaban escritos. Al pie de las esculturas estaba escrito el nombre y la fecha de nacimiento y defunción de la persona cuyos restos descansaban en ese lugar, nombres que en algunos casos podían leerse a pesar de no ayudarle en nada.

Las siguientes esculturas que encontraron en el lóbrego cementerio eran una representación de la muerte. La mayor parte eran figuras encapuchadas que ocultaban una calavera esculpida en granito, otras sin embargo eran un esqueleto completo con alas que alzaba el cuerpo de una persona como si pretendiera llevarla al reino de los muertos. Algunas de estas figuras estaban rotas a consecuencia del fuerte crecimiento de los árboles en esa zona. La noche no ayudaba a mejorar el aspecto macabro que ofrecía el cementerio a consecuencia de las calaveras y otros restos humanos esculpidos en piedra esparcidos aleatoriamente por el suelo.

Abel y Nadia iban cogidos de la mano todo el tiempo para infundirse confianza mutuamente y asegurarse de que en ningún momento se perdían. Siguieron andando entre las estatuas hasta que los primeros rayos del sol empezaron a atravesar las hojas cubriendo todo con una luz verdosa. Gracias a la luz diurna que les llegaba pudieron ver algo en lo que no habían reparado, a unos trescientos metros había una pirámide pequeña rodeada de árboles. La pirámide era negra y estaba escrita con letras blancas al igual que la iglesia. Se dirigieron hacia ella y empezaron a rodear-la hasta que Nadia se detuvo justo delante de la puerta que había en una de sus caras.

-Mira lo que pone -dijo sorprendida mientras levantaba el brazo y señalaba algo escrito justo encima del arco de la puerta.

—————————————————————————-

Si queréis leer los siguientes o anteriores capítulos de El pueblo podéis pasar por AQUÍ.