Jacobo sigue contándonos que sucedió en su pueblo tiempo atrás. ¿Se conocerán el porque de las intenciones del hombre calvo y de sus hombres?

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Me quedé inmóvil mientras miraba a la niña, los minutos pasaban y ella seguía sin inmutarse por la muerte de su madre. El hombre calvo había seguido con su discurso esos minutos pero en voz más baja, solo pude oír que un grupo de hombres y él mismo saldrían en unas horas hacia mi pueblo. Empecé a correr nada más oírlo, tenía que avisar a todos.

Recuerdo que pensé que todavía se podía evitar lo que estaba por venir.

Me tropecé con decenas de raíces, era incapaz de saber dónde estaban, lo único que sabía era que el tiempo nunca se detiene, al igual que me parecía que pasaba mucho más rápido de lo habitual. Con cada caída me hacía nuevos moretones y cortes pero nada de eso importaba, lo único que lo hacía era llegar al pueblo y avisar a todos. A los pocos minutos pude ver una de las paredes que rodeaban el cementerio, en seguida empecé a escalarla, provocando montones de pequeñas heridas en mis dedos.

Una vez arriba me dejé caer al otro lado, cuando llegué al suelo no pude evitar dejar salir un grito de dolor, un pedrusco puntiagudo que había en el suelo se había clavado en mi pierna derecha. Saqué la pierna como pude y seguí avanzando, intenté correr pero no lo conseguí, cada vez que apoyaba el pie contra el suelo una ola de dolor me invadía. Cuando andaba el dolor también estaba presente pero parecía más apaciguado, como si su único propósito fuera el de ralentizarme.

Avancé por el cementerio hasta que no pude más, quedaba poco para llegar al círculo de árboles, solo tenía que descansar unos minutos. Me senté en el suelo y dejé que mi espalda se encontrara con el tronco de uno de los muchos árboles que había. Cerré los ojos un momento, necesitaba descansar más de lo que creía. Pasé unos minutos que parecieron horas inmóvil, dejando que el dolor de mi pierna ganara a mi voluntad de seguir. Estuve de esa forma hasta que oí crujir una rama cerca de donde me encontraba, enseguida encontré que la había roto, fue un hombre vestido de verde.

Ya habían encontrado el cementerio, cada vez todo estaba más cerca del fin.

El hombre pasó de largo a paso lento, iba observando todas las estatuas y tumbas con las que se cruzaba. Sin embargo no se detenía y seguía en línea recta como si tuviera claro su objetivo, el círculo de árboles. Cogí una de las muchas piedras que había allí, no podía permitir que llegara. Me acerqué renqueando, poco a poco, haciendo el menor ruido posible. Cuando me acerqué a él lo suficiente usé la piedra para golpearle en la nuca con todas mis fuerzas, cayó al suelo inconsciente. Me dejé caer de rodillas junto a él, tenía que llevar un arma, había visto que todos los subordinados del hombre calvo la llevaban. Enseguida la encontré en su cintura, era una pistola sencilla, con ocho cartuchos en su cargador. Usé el primero en su cabeza, ya nunca volvería a levantarse.

Cuando conseguí levantarme seguí mi camino, ya estaba cerca de la entrada a los túneles. Cada paso que daba me costaba más que el anterior pero no volví a detenerme, la vida de todos dependía de mí. Al fin vi el círculo de árboles, sin la pirámide que se construiría en unos años, sin embargo, a pesar de no estar el mausoleo, la entrada sí que estaba allí, llevaba siglos estándolo.

Nada más llegar empecé a apartar la tierra que cubría la trampilla, necesitaba encontrar la argolla lo antes posible. Tardé en encontrarla más de lo que esperaba pero al fin di con ella. Empecé a tirar con todas las fuerzas que era capaz de dar, pero no conseguí nada más allá de caer al suelo. Volví a intentarlo y fallé de nuevo, estuve así unos cuantos intentos, hasta que al final la trampilla cedió, dejando a la vista la entrada a los túneles. Antes de entrar miré el cielo, pensaba que habían pasado muchas horas pero solo habría pasado una como mucho. Al fin me adentré en ellos sin dudarlo, los había recorrido en muchas ocasiones.

Cuando llegué abajo cogí una de las antorchas y la encendí lo más rápido que pude. Recuerdo que pensé que lo único que me quedaba era andar en línea recta y después salir, ojalá hubiera sido así.

Pausa ojo2

Jacobo dejó de escribir y se llevó una mano al corazón, le había empezado a doler de repente. Se puso en pie como pudo pero lo único que logró fue caer al suelo para darse un golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente. Pasaron horas hasta que volvió en sí, cuando lo hizo se levantó como pudo y se sentó en uno de los muchos bancos. Dirigió la mano derecha a la frente para comprobar que estaba cubierta de sangre seca. Miró al suelo para ver toda la sangre que había perdido, en sus ojos no había preocupación, años atrás había perdido mucha más.

Se decidió a salir de la iglesia para respirar un aire que no estuviera viciado, una vez en la plaza empezó a andar, quería recorrer las calles de su pueblo una vez más. Habían pasado años pero todavía recordaba el nombre de cada una de las personas que había vivido allí, sus caras ya era diferente, el tiempo le había hecho olvidarlas por completo.

Estuvo andando un buen rato, apoyándose en las paredes para no volver a caer, se detuvo casi sin darse cuenta. Frente a él estaba la curtiduría. Recordaba a su dueño, era un hombre mayor con el pelo canoso, siempre dispuesto a regalar una sonrisa a todas las personas con las que se cruzaba. Jacobo se dio cuenta de algo, no había llegado allí por azar, quería algo que estaba seguro de que allí dentro encontraría.

Se acercó a la puerta y esquivó los restos del que seguramente había sido el dueño. La madera estaba agujereada por diferentes sitios a causa de las balas, las recorrió todas con el dedo índice de su mano derecha, recordando aquel día. Cuando acabó, giró el pomo con la mano izquierda. Una vez dentro tardo unos minutos en encontrar lo que estaba buscando, unas tiras de cuero rojo. Estaba seguro que le servirían para coser un ojo sobre la portada negra del cuaderno que estaba usando para escribir.

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