Jacobo sigue contando lo que pasó antaño en su pueblo. La aparición del hombre calvo marcó un antes y un después en la vida sus amigos. ¿Qué pretende conseguir ese hombre?

21 El_tiempo_no_se_detiene_BN

Todo se mantuvo en un silencio sepulcral, todos inmóviles como si fuéramos estatuas. Las manecillas del reloj siguieron avanzando y, pasados unos minutos que parecían no acabar nunca mis amigos empezaron a gritar. Mi hermano se levantó del suelo y salió corriendo de la taberna para ir a buscar a su hijo, no fue el único en salir, pasados pocos minutos me quedé solo en la taberna, aún inmóvil.

No podía moverme, mi mente estaba ocupada en lo que había dicho mi sobrino. Había escuchado unas voces en el bosque. Vi en ese momento mi error, debería de haberle creído, no se lo había inventado, ni era una broma de sus amigos. Miré a mi alrededor esperando encontrar algo que lo explicara todo, que justificara la aparición de aquel desconocido, pero lo único que hallé fue soledad.

Salí de la taberna y cerré la puerta, nadie iba a volver por allí. Empecé a recorrer las calles en busca de mi hermano, pero todas estaban desiertas, seguramente la llegada del desconocido había llegado a oídos de todos. Mientras buscaba vi a Juana corriendo de un lado para otro, desesperada. Se acercó a mí corriendo y me agarró por el cuello de la camisa. Su pelo negro y rizado le cubría parte de la cara.

–¿Has visto a mi hija? ¿La has visto? –apretó con fuerza el cuello de mi camisa–. Por favor Jacobo, dime que la has visto. Por favor… –añadió antes de romper a llorar.

–Lo siento pero no la he visto –aún no lo sabía entonces, pero aquello fue el principio del fin–. La buscaremos juntos, ya verás como está jugando con sus amigos –sonreí para intentar tranquilizarla.

–No está con sus amigos –le estaba costando respirar–. Todos sus amigos están en sus casas, la única que no aparece es Rosario –soltó el cuello de mi camisa y se dejó caer al suelo de rodillas–. ¡Se la ha llevado –rompió a llorar–, seguro que se la ha llevado!

Me arrodillé junto a ella y le di unas ligeras palmadas en la espalda en un vano intento de tranquilizarla. Sabía que no lo conseguiría al igual que sabía que su hija no estaba escondida o ya la habría encontrado.

–Tranquila, Juana, ya verás como aparece –mentí, estaba seguro de que no lo haría–. Venga, ve a casa de mi hermano y relájate. Yo iré a buscar a Rosario al bosque, ¿vale? –me miró como si hubiese dicho la cosa más horrible que había escuchado jamás.

–No quiero relajarme, ¡quiero a mi hija! –me dio un empellón y se alejó corriendo.

No intenté seguirla, estaba claro que no quería eso. Me quedé allí quieto unos segundos, tratando de decidir qué hacer. Cuando lo decidí empecé a andar hacia el bosque, estaba decidido a encontrar al hombre calvo que había revuelto nuestras vidas en tan solo unos minutos. Mientras andaba unas gotas empezaron a caer sobre mí, creando al poco una fina llovizna que me acompañó hasta que me adentré entre los árboles.

El bosque ya era frondoso en aquella época e impedía que la lluvia traspasase sus ramas y hojas, a excepción de alguna gota perdida. Empecé a buscar por el suelo un rastro mientras avanzaba, si el hombre calvo había atravesado el bosque con la niña habría quedado alguno. Tardé pocos pasos en encontrar un camino formado por pequeñas ramas rotas a diferentes alturas. Cuando miré el suelo me quedé petrificado, había muchas huellas, demasiadas para un hombre y una niña. De hecho había demasiadas huellas para un grupo de diez personas.

El camino se iba ensanchando poco a poco, cuanto más lejos de mi hogar más ancho, no temían que se les encontrara. Avancé a paso lento durante horas, a cada mínimo sonido me detenía por si lo provocaba algún amigo del hombre calvo o, lo que sería peor, él mismo. Finalmente llegué al acantilado desde el que se podía observar casi toda la región, lo que vi fue desolador. A lo lejos, en las llanuras de abajo, justo terminado el bosque se alzaba un campamento. Recuerdo lo que pensé en ese momento, no pensé en mis amigos, ni en la niña o su madre y por supuesto tampoco en mí. Lo único que me pasó por la cabeza fue que quizá aquella gente había asaltado las tumbas de mis antepasados, pues el cementerio está en ese bosque. Empecé a correr, esa idea me aterraba, no creo en fantasmas, lo que me aterraba es que destruyeran el hogar de mis antepasados.

Pausa ojo2

Tardé horas en bajar, no recuerdo cuantas pero cuando llegué al cementerio ya era de noche. Paseé entre las estatuas y lápidas que conformaban las tumbas, todo parecía estar bien, no lo habían encontrado. Me senté allí, necesitaba descansar y también comer; sabía que lo segundo no lo conseguiría así que me concedí lo primero.

Estuve allí treinta minutos, no pude aguantar más, tenía que encontrar a aquella gente e intentar salvar a la pequeña Rosario. Avancé intentando hacer el menor ruido posible hacia la dirección en la que horas atrás había visto el campamento, con el ritmo que había llevado seguro que el hombre calvo ya llevaba tiempo allí.

Llegué al linde del bosque lo antes que pude, en el centro del campamento había una hoguera, su luz iluminaba algo que no había logrado ver desde el acantilado, un edificio a medio construir. Las piedras eran completamente negras, y estaban puestas con esmero para que unas encajaran con otras. Estaban construyendo una iglesia negra idéntica a la que hay en mi pueblo, en la que encontraste este libro.

Me acerqué poco a poco a la hoguera, intentando mantenerme siempre en las sombras, necesitaba saber si la pequeña Rosario estaba allí, si podía hacer algo por ella. Cuando me acerqué lo suficiente pude ver que todos los allí reunidos miraban una piedra inmensa, esperando que algo pasase. Sin previo aviso el hombre calvo se elevó sobre la roca, con una mano arrastraba a Juana, la madre de Rosario, completamente desnuda. Su cuerpo estaba recubierto por todas partes de golpes y arañazos. En la otra mano, aquel hombre llevaba una daga.

Rosario subió a la roca, sola, sin que nadie la obligara de ninguna forma. Miraba a su madre como si nunca antes la hubiera visto, incluso se podía apreciar cierto desagrado en sus ojos.

–Amigos –empezó el hombre calvo–. Hoy es el día en que todo empieza –tras esas breves palabras hundió la daga en el corazón de Juana.

La niña no se inmutó.

 —————————————————————

Si quieres leer el resto de capítulos de El pueblo pasa por AQUÍ.