Jacobo sigue contando la historia de su pueblo, pero al fin empieza a contar la de su época. ¿Qué sucedió allí para que en la actualidad todo esté en ruinas?

Jacobo se despertó con el sonido de un trueno. Se levantó poco a poco y miró a su alrededor para asegurarse de que todo seguía en el mismo lugar. El altar estaba completamente mojado por la lluvia al igual que el suelo que lo rodeaba, debía de llevar horas lloviendo. Metió la mano derecha en el bolsillo y sacó la única pera que le quedaba, llevaba guardándola desde que se propuso volver a la iglesia. La mordió con suavidad e intentó que le durase lo máximo posible en la boca, luego volvió a morder, siguió así hasta que la acabó.

Jacobo se dirigió al portón entreabierto de la iglesia y miró al exterior. Comprobó de nuevo que no había nada por allí, luego volvió a mirar el interior del edificio, nunca estaba completamente seguro. Tras comprobarlo todo una tercera vez se sentó en el banco, estaba seguro que el Ojo lo estaba observando pero por algún motivo no había enviado a ninguno de sus siervos. Estuvo pensando en él un rato hasta que finalmente cogió el libro y la pluma, decidido a seguir contando la historia de su pueblo.

Pausa ojo2

Recuerdo aquel día, lo tengo grabado a fuego en mi mente, es el día en que todo empezó. Todo empezó como un día normal o todo lo normal que era desde que empezó la guerra, todos teníamos miedo de que llegase a las puertas de nuestro hogar. Habíamos oído en otros pueblos que la guerra la empezó un general cuyo nombre no recuerdo. Los únicos que no tenían miedo eran los niños y niñas, lo único que les preocupaba era jugar.

Bajé preocupado pero antes de salir a la calle empecé a sonreír, solía encontrarme con un grupo de cinco niños a los que no valía la pena preocupar, o eso pensaba. Quizá ahora no les hubiera sonreído, les hubiera advertido de todo. Sus padres, amigos míos, seguramente se hubieran enfadado conmigo al instante pero, ¿no hubiera sido mejor advertirles? ¿Salvarles? Es posible que la verdad no les hubiera salvado, sin embargo gracias a ella  habrían tenido más posibilidades. Como era habitual me los crucé a pocos pasos de mi casa, uno de ellos se lanzó a abrazarme al instante.

–He oído voces en el bosque –me susurró mientras algunas lágrimas le resbalaban por las mejillas.

–¿Por qué me lo dices llorando?

–Porque se lo he contado a papá y no me cree, dice que me lo he imaginado… Pero no lo he hecho, te lo prometo, las he oído de verdad –mi hermano debió haberle prestado más atención aquel día y yo también.

–¿Qué decían esas voces?

–Han dicho que estaban cerca de aquí, que les falta poco para llegar –respondió. La verdad es que en aquel momento no le di importancia. Estaba convencido de que había sido una invención de su mente o por el contrario una broma pesada de sus amigos.

–Iré a mirar el bosque, ¿vale? Ya verás como no será nada –mentí, nunca fui a mirar, como mínimo no en ese momento, no por ese motivo–. Ves a jugar ahora con tus amigos, ya me encargo yo de eso –sonreí, con eso Jorge se quedó más tranquilo. Luego nos despedimos y él se alejó corriendo con sus amigos.

Seguí andando sin pensar en dirigirme al bosque en ningún momento, algo de lo que me arrepiento. Creo que no hubiera servido de nada ir, en lo más profundo de mi ser sé que todo hubiera sucedido igual pero… Quizá hubiera podido hacer algo si hubiera ido, quizá mi pueblo no se habría quedado en estas ruinas de haberlo hecho… Pero ya no importa, lo que pasó, pasó.

Anduve hasta la taberna de mi hermano, como siempre a esas horas, estaba repleta de nuestros vecinos a la espera de su almuerzo. Saludé a mi hermano y entré en la cocina. Allí estaba esperándome Mercedes, era preciosa, su cabello era rubio y su piel oscura a consecuencia del sol.

–Hola cariño –sonrió, se acercó a mí y me dio un breve beso antes de dirigirse de nuevo a los fogones–. ¿Puedes llevarle todo esto a Pablo y sus amigos? –preguntó mientras hacía un ligero gesto hacia un conjunto de platos repletos de comida.

–Claro, ahora lo hago.

Cogí dos de los platos y los llevé a la mesa que tocaba, por el camino toda la gente me fue saludando, muchos de ellos me conocían desde que era un niño. Repetí el camino una vez más esta vez con los tres platos restantes. Pablo me hizo una pequeña broma y todos en la mesa empezaron a reír, yo incluido. La puerta se abrió golpeando la pared con violencia, cortando de raíz todas las risas. Ese día fue el último que reímos.

Un hombre al que no habíamos visto nunca atravesó el umbral, era calvo y llevaba una barba de varios días, lo más probable que de algunas semanas. Su ropa era sencilla, una camisa y unos pantalones verdes, también llevaba un cinturón marrón en el que llevaba sujeto un cuchillo de caza más grande de lo habitual. Además del cuchillo llevaba otra cosa que al principio no reconocí, era una pistola.

El hombre avanzó a paso lento mientras todos en la taberna lo mirábamos. Cuando llegó a la barra se sentó en uno de los taburetes sin pronunciar palabra, todo estuvo un minuto en silencio, hasta que mi hermano habló.

–¿Qué quiere que le ponga?

–Cerveza –con esa única palabra dejó claro que no tenía intención de hablar con nadie.

Mi hermano se la sirvió con la esperanza de que el desconocido se fuera lo antes posible, él al igual que todos temía que aquel hombre fuera un militar. El hombre engulló la cerveza rápido, una vez acabada se dirigió a todos nosotros.

–Quiero que me lo entreguéis –su tono fue severo–. Sabéis lo que quiero –añadió antes de dejar responder a nadie.

Mi hermano fue a decirle algo pero el desconocido lo tiró al suelo de un golpe en el pecho. El hombre se levantó y se dirigió a la entrada sin que nadie se interpusiera en su camino. Se detuvo en el umbral y se detuvo.

–Volveré –advirtió, tras eso se marchó andando de forma relajada.