Segunda parte de la serie de relatos "El pueblo", ¿cómo les irá a Abel y Nadia en ese extraño lugar?

Abel y Nadia acabaron con la botella de vino en el transcurso de las dos horas que estuvieron sentados en la taberna. Finalmente se levantaron y se dirigieron a la barra.

-¿Cuánto es? -preguntó Abel mientras dirigía la mano a su bolsillo para coger la cartera. Había traído bastante dinero en efectivo, ya que dudaba que en un pueblo tan difícil de encontrar pudieran cobrarle con tarjeta, tenía razón, tanto que hasta parecía no haber ni electricidad.

-Cuarenta euros – respondió sin dirigirles ni siquiera una mirada. Abel sacó esa cantidad y se la dio a pesar de considerarlo un precio abusivo por la calidad del servicio. El delantal del tabernero tenía nuevas manchas de sangre que se mezclaban con las anteriores.

-Perdone -dijo Nadia de repente-. ¿Sabe si hay un hotel en el pueblo? -preguntó ya que tenía ganas de deshacerse del equipaje.

-Aquí no tenemos de eso -respondió el hombre mientras les dirigía una fría mirada como si ya le estuvieran molestando. Nadia no se desalentó.

-¿Hay algún sitio donde podamos pasar la noche?

-Hay un hostal -dijo mientras devolvía la atención de nuevo a lo que estaba haciendo.

-¿Dónde está? -preguntó Abel con esperanza de conseguir una respuesta que les permitiera salir de allí.

-Al lado de la iglesia -respondió hoscamente el tabernero, parecía que las preguntas ya empezaban a molestarle.

-¿Y la iglesia dónde está? -Esta vez fue Nadia quien preguntó.

-En la plaza mayor -volvió a mirarles, esta vez una mirada con cierto toque de amenaza.

-¿Puede decirnos de una maldita vez cómo se llega hasta allí? -preguntó Nadia irritada.

-La calle que hay a la izquierda al salir, hasta el final -respondió escuetamente, mientras los miraba para ver si decidían irse definitivamente.

-Gracias -respondieron Abel y Nadia al unísono, tras eso se dieron la vuelta y se dirigieron a la salida.

Nada más salir vieron algo que les sorprendió: delante de ellos estaba pasando un carro tirado por dos asnos, sobre el carro iba montado un anciano de pelo blanco y piel tostada a consecuencia del trabajo en el campo. Al ver el carro se dieron cuenta de algo, no habían visto ningún coche desde que habían llegado, algo realmente lógico viendo como era el pueblo.

Cada vez se iban adentrando más en el corazón del pueblo y su aspecto no hacía más que empeorar; las casas que iban viendo ahora estaban en peor estado que las que habían visto al llegar. Daba la sensación de que contra más se internaban más abandonado estaba el pueblo, como si allí no viviese nadie. Sabían que las casas estaban ocupadas ya que en más de una ocasión habían descubierto a algunos de sus habitantes observándolos como si nunca hubiesen visto a otras personas que no fuesen ellos mismos.

Finalmente llegaron a la plaza mayor. Pudieron ver la iglesia, era un edificio completamente diferente a todos los que habían visto en el pueblo. Estaba construida con rocas negras, apiladas de forma tan perfecta que en algunos puntos a penas se podían diferenciar. Era muy probablemente el edificio más alto e imponente que encontrarían en ese pueblo. Al igual que el resto de edificios, la pared de la iglesia tenía escritos cincelados en diferentes idiomas. El texto, al igual que las rocas, era diferente ya que, estaba pintado en blanco para dar mayor contraste con las piedras negras que formaban las paredes. En la parte superior de la iglesia, cerca del tejado, se podían ver los diferentes vitrales completamente rojos que dejaban que la luz se colase en su interior. Bajo uno de ellos Abel se dio cuenta que había algo escrito que entendía, el texto trazado en blanco óseo rezaba “había una casa en la colina, una casa por un bosque rodeada”. En cuanto se lo enseñó a Nadia, ésta lo apuntó en el móvil.

Junto a la iglesia vieron un edificio que sobre la puerta ponía “OSTAL”, parecía que la “H” había caído mucho tiempo atrás y que no se habían molestado en volver a colocarla. Las paredes eran marrones como la de los demás edificios, aunque parecía estar mejor conservada que el resto de fachadas a pesar de estar escrita como todas. Se acercaron y Abel empujó la puerta, al hacerlo en todo el interior retumbó el estridente sonido de los goznes. El interior estaba dominado por la oscuridad, a excepción de la luz que se colaba por donde habían entrado, cuando al fin pudieron ver con mayor facilidad,  vieron aparecer a una anciana vestida con una bata que usaba un bastón como guía. Llevaba el pelo gris mal recogido en un moño, y sus ojos eran completamente blancos.

-¿Quién va? -preguntó la mujer con un hilo de voz.

-Buenos días señora -dijo Nadia-. Mi chico y yo queremos una habitación para compartir -dijo sonriendo y mirando a Abel.

-Buenos días jovencitos, lo siento por vosotros pero todas las habitaciones tienen camas pequeñas -dijo con pena.

-No se preocupe, nos arrimaremos -sonrió mientras le guiñaba un ojo a Abel, el cual le devolvió la sonrisa.

-Como queráis jóvenes, el precio será veinte euros la noche -dijo mientras alargaba la mano hacia ellos como si pudiera verlos. Abel sacó la cartera y pagó el precio de tres noches, con algo de suerte podrían averiguar lo que querían sin necesidad de volver a pasar por caja-. Coged una vela para iluminaros si queréis ver algo -dijo la anciana mientras golpeaba un mueble pequeño con el bastón.

Nadia se agachó, abrió la puertecita del armario y cogió un portavelas, una vela y una caja de cerillas. Encendió la vela y en ese mismo instante Abel dejó ir la puerta, la cual volvió a hacer el mismo molesto ruido que cuando entraron. Empezaron a seguir a la mujer, la cual los guió hasta una escalera, allí abrió un cajón y sacó la llave de una habitación, tras eso lo cerró y empezó a subir. Los escalones de madera crujían bajo el peso de la anciana y sus acompañantes, finalmente llegaron arriba y ante ellos se abría un pasillo. Recorrieron el pasillo hasta el final en pos de su hostalera, una vez llegados allí les abrió la puerta de una habitación.

-Esta es vuestra habitación niños -dijo la anciana mientras acababa de abrir la puerta-. Espero que os guste – tras eso se dio la vuelta para volver abajo.

-Seguro que disfrutamos mucho en ella -respondió Abel riendo.

-Venga, tira para adentro -dijo Nadia riendo también mientras empujaba a Abel para que entrase.

Atravesaron el umbral y se quedaron parados un momento, en la habitación había únicamente una cama y una silla. La silla era completamente de madera y una de las patas era claramente más corta que las otras, la cama por su parte eran cuatro patas de madera con un somier y un colchón cubierto por unas sábanas grisáceas a causa de la suciedad. Sobre la cama había una ventana pequeña con uno de los cristales resquebrajados, las vistas daban directamente a la iglesia.

-Creías que estaba loco -dijo Abel mientras se sentaba en la silla y sacaba unas sábanas completamente limpias de su bolsa-. ¿Las ponemos?

-Claro, no me acuesto ahí ni loca -en un momento tuvieron las sábanas cambiadas, y Abel se estiró en la parte de la cama que tocaba la pared.

-Creo que voy a dormir ya -bostezó-. Ese viaje nocturno en autocar me ha destrozado, no he podido dormir nada. ¿Vienes? -preguntó mientras hacía un gesto con el brazo.

-¡Claro! -se abalanzó sobre Abel y le besó en los labios, tras eso lo abrazo fuerte-. Estate tranquilo, ¿vale? Yo estaré aquí contigo todo el tiempo -dijo mientras sonreía y lo miraba fijamente a los ojos con una separación de escasos centímetros.

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