Abel y Nadia encontraron otro pueblo al final del capítulo anterior. ¿Encontrarán en éste nuevo lugar alguna respuesta? ¿Alguien en este pueblo sabrá algo sobre el pueblo en el que ya habían estado?

Antes del capítulo quiero disculparme. Se supone que tenía que publicarlo el lunes y me supo muy mal no poder hacerlo, pero por falta de tiempo y problemas personales me acabó resultando imposible publicarlo. La semana que viene si que pasamos ya (espero) definitivamente al lunes. Dicho esto os dejo ya con el nuevo capítulo de El pueblo, espero que lo disfrutéis ^^

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17  El otro pueblo_BN2

Abel y Nadia se quedaron como estatuas durante un largo rato, no podían creer lo que tenían delante. Había otro pueblo y a diferencia del que ya habían estado, éste estaba abandonado e invadido por el bosque.

Empezaron a avanzar poco a poco, hasta que llegaron a la primera casa. Una de las paredes estaba derruida a consecuencia de un árbol que había crecido en su interior. Las paredes estaban hechas con piedras apiladas unas sobre otras de forma perfecta, y en algunos lugares se podían apreciar pequeños trazos marrones del recubrimiento que tendrían en su tiempo.

–¿Qué hace esto aquí? –preguntó Abel quedamente mientras se adentraba en la casa de la pared derruida. Fue directo al muro del fondo–, no tiene sentido.

–Ya verás como sí. Hubo gente que vivió aquí, seguro –respondió Nadia.

–No me refiero al pueblo, sino a eso –aclaró señalando un pequeño agujero de la pared–. Parece hecho por una bala –Nadia se acercó y lo miró. Antes de que pudiera decir nada, Abel siguió–. No es el único, allí hay más –señaló otra zona de la pared–; y también ahí –Abel siguió señalando todos los que veía, hasta que se adentró en una habitación pequeña en la que únicamente había una cama. Al entrar se quedó parado–. Nadia, aquí hay muchos, quizá demasiados.

La pared que había frente a Abel estaba llena de agujeros. Nadia se acercó corriendo a la habitación para poder verla también. Entraron los dos juntos y se acercaron a la pared rodeando la cama para verla mejor, intentando encontrar alguna respuesta. Nadia tropezó y cuando miró al suelo dejó escapar un grito desgarrador y se lanzó en brazos de Abel. Había tropezado con los huesos ennegrecidos de alguien, muy posiblemente la persona que durmiera en aquella habitación. Abel se sorprendió, pero no le dio mucha importancia. Lo principal era salir de allí, por ella.

–Salgamos, por favor… Por favor… –suplicó Nadia.

–Claro, vamos –dijo Abel mientras la envolvía en un abrazo. Volvieron a la sala por la que habían entrado–. Mira que chillarle así… Seguro que era un tipo muy majo, ahora seguro que ya no querrá ser nuestro amigo.

–Tonto –Nadia apretó su abrazo, no quería dejarlo ir–. Gracias por la broma… Por estar aquí.

–No, gracias a ti, sé que ninguna de estas cosas te gusta y sin embargo aquí estás, acompañándome. Has venido a un lugar tan malo por mí, simplemente eres genial y quiero estar contigo, no quiero que te pase nada… Nunca y aún menos en este lugar, aquí no te tiene que pasar nada, no llegaría a perdonármelo.

–Si me pasa algo no te tienes que perdonar nada, he venido aquí por voluntad propia, ya lo sabes. Así que no digas tonterías –finalmente aflojaron el abrazo y se liberaron–. ¿Salimos?

Se adentraron más en el pueblo, prácticamente todas las casas tenían agujeros de bala en las paredes y cerca de ellos, los restos de los que serían probablemente los últimos habitantes de aquel lugar. Siguieron avanzando intentando prestar la menor atención a los esqueletos que los miraban de forma acusadora, a pesar de haber perdido los ojos mucho tiempo atrás. Parecían juzgarles y culparles por el destino que les había tocado vivir.

Siguieron avanzando hasta llegar a una pequeña plaza, el rastro de balas y cadáveres también había llegado hasta allí, al igual que los árboles del bosque que habían ido tomando las calles. Sin embargo, eso no les importaba, había algo que les preocupaba más. Un edificio, con un cartel en el que estaba escrito: TABERNA. Tanto el edificio como el cartel eran idénticos a la taberna que habían estado el día que habían llegado al pueblo, la única diferencia era que ésta parecía más vieja.

–Ayer estuvimos ahí –dijo Abel intentando asimilar lo que veía.

–No fue ayer, fue antes de ayer. Además no estuvimos aquí, no puede ser, los bosques no crecen en dos días –Nadia dejó de hablar un instante, intentando encontrar una explicación a lo que veía. Al no encontrarla continuó –; no sé qué pasa pero no es el mismo lugar.

–Sí, yo también creo eso pero al ver la taberna… No sé, es que es igual, bueno, si excluyes que allí las paredes están escritas y aquí… Agujereadas.

–Los árboles del bosque tampoco estaban –añadió ella.

Empezaron a andar de nuevo en dirección a la taberna y cuando entraron, descubrieron una habitación igual a la que habían estado a excepción del texto en las paredes y las mesas. Miraron todo el local y descubrieron los restos del tabernero tirados en el suelo, había muerto tiroteado como todos los demás. Tras mirar todo bien buscando una respuesta volvieron a salir al exterior. Nada más salir oyeron una risa infantil sobre sus cabezas. En un pequeño balcón había una niña de unos diez años con un vestido rojo mirándolos, su pelo era oscuro y su piel morena.

–Hola –saludó la niña riendo.

–Hola –devolvieron el saludo Abel y Nadia al unísono. Nadia fue la que siguió hablando –¿Quién eres?

–Laura, ¿tú cómo te llamas?

–Nadia –respondió–, y este chico Abel –añadió. Laura se quedó unos segundos mirando fijamente a Abel, como si lo conociera de siempre y desconociera su nombre hasta ese momento–. ¿Dónde está tu madre?

–Aquí no, hace poco que vino pero casi nunca está en casa.  Casi no la veo –añadió con un deje de tristeza.

–¿Y qué haces aquí? –preguntó Abel.

–Me he escapado de casa por la noche –dijo mientras apartaba la mirada–. He venido a ver a un amigo –Abel y Nadia cruzaron sus miradas.

–¿Un amigo? ¿Aquí?

–Sí, siempre me deja leer un libro muy bonito que tiene –la niña empezó a mirarlos con desconfianza. Hacían muchas preguntas.

–¿Sabes lo que ocurrió aquí? –esta vez pregunto Nadia y movió los brazos para intentar señalar todo el pueblo. Laura movió ligeramente su cabeza para asentir– ¿Nos lo dirás?

Laura no respondió pero se le iluminó la cara, sin decir palabra se metió al interior de la casa. En menos de un minuto ya estaba junto a Abel y Nadia.

–Os lo diré pero antes… – se detuvo un momento antes de seguir–. Quiero que me leas el libro de mi amigo –miró a Nadia–, tu voz es bonita.

–¿No te lo puede leer tu amigo? –preguntó Abel.

–No, se lo he pedido muchas veces pero nunca ha querido hacerlo –unas lágrimas asomaron a los ojos de Laura al pensar en eso, pero enseguida las secó. Tras eso, los miró, a la espera de si aceptaban leerle el libro.

–Vale, te lo leeré –aceptó Nadia sonriendo.

Laura se giró y empezó a correr esperando que la pareja hiciera lo mismo. La siguieron sin dudar, esa niña era lo más cercano a una respuesta que tenían. Mientras andaban por la calle que había escogido Laura, se iban fijando en las casas, no las recordaban tan bien como la taberna pero estaban seguros de que también eran idénticas. Tampoco apartaban la vista de la pequeña, parecía pasearse por aquel improvisado cementerio como si fuera la cosa más natural del mundo.

Al cabo de poco la niña se detuvo, frente a una iglesia negra de vitrales rojos. Abel y Nadia no podían creer lo que veían, era una iglesia idéntica a la que habían visto, pero el campanario estaba derruido sobre el hostal. A pesar de ello, en la entrada del hostal se podía leer “OSTAL”, al igual que habían podido hacer antes, cuando estuvieron en el pueblo.

Laura no esperó a que la pareja llegase hasta donde estaba ella, antes de eso se adentró en la iglesia negra. Ellos la siguieron sin dudar ni un instante y, cuando entraron, vieron como estaba cogiendo un libro de las muertas manos de un esqueleto.

–E… ¿Ese es tu amigo? –preguntó Abel. La niña asintió con mucho énfasis. Nadia miró a Abel y sin decir ni una sola palabra decidieron que le leerían el libro, después ya vendrían las preguntas.

Laura se acercó a ellos y les ofreció el libro. Era un libro forrado con cuero negro, en el centro de la cubierta había un ojo rojo, también de cuero. Nadia abrió el libro, estaba escrito a mano.

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