Rafael y Vanesa salieron de la cocina y miraron la cabeza de Elías, que estaba en la tabla de cortar, sin vida, mirándolos. La ignoraron, no estaba lista y aún no había tiempo para prepararla.

15 Oscuridad_BN

Una pequeña antorcha iba alejando las sombras que siempre imperaban en el túnel, sombras que muchas veces parecían tener vida ya que intentaban devorar la luz poco a poco. Sin embargo a pesar de todo ello la temían y se alejaban de la llama que las intentaba matar. Rafael siguió andando sin prestar la menor atención a esas sombras y tras él iba caminando Vanesa con una antorcha idéntica a la suya. Habían pasado prácticamente todo el día bajo tierra, trasladando las cajas a la Capilla y colocando su contenido en el lugar del que nunca debió de haber salido.

Siguieron andando por el estrecho pasillo durante largos minutos, hasta que finalmente llegaron a la escalera que les llevaría hasta arriba. Era una sencilla escalera de madera apoyada contra la pared, siempre había estado allí a pesar de que cada escalón parecía que fuese a romperse bajo el peso de quien la usaba. Rafael fue el primero en subir y los escalones como siempre crujieron bajo su peso, cerca del final de la ascensión se detuvo un instante para abrir la trampilla que había sobre su cabeza. En cuanto estuvo abierta siguió subiendo los pocos escalones que le quedaban y entró en la cocina de su taberna. Tras él empezó a subir Vanesa y bajó ella los escalones también crujieron, cuando prácticamente estaba arriba Rafael le ofreció la mano para ayudarla a subir más rápido, ella aceptó con gusto. Entonces cerraron la trampilla y quedó perfectamente disimulada entre la piedra del suelo.

–¿Estás listo? –preguntó Vanesa un poco inquieta mientras apagaba su antorcha, tras ella Rafael hizo lo mismo.

–Sí, lo estoy. Siempre lo he estado pero hoy al fin ha llegado el día. ¿Crees que habrán ido? –a pesar de su seguridad el tono de su voz dejó entrever algo de nerviosismo.

–Claro que sí. Aún no saben lo de Elías, pensarán que es él quien los ha convocado a la iglesia.

–Sí –la voz de Rafael adoptó un tono más oscuro–. Será una gran noche.

Tras la breve conversación salieron de la cocina, no sin dejar caer antes la mirada en la cabeza de Elías que descansaba tranquilamente en la tabla de cortar. La cabeza estaba allí, sin vida, mirándolos con una mirada de sorpresa y a la vez acusadora, juzgándolos. A pesar de todo ello la ignoraron, no estaba lista y Rafael aún no tenía tiempo de prepararla.

Al salir de la cocina atravesaron toda la sala de la taberna hasta llegar a la puerta, únicamente iluminados por la plateada luz de la luna que entraba furtivamente a través de los cristales de las ventanas. Fuera imperaban las sombras mezcladas con la luz que aportaba la luna, lo que hacía que todo pareciera más fantasmal, incluso las letras que había en las paredes. Empezaron a andar en dirección a la iglesia, seguramente ya todo el mundo les estaría esperando. Sin embargo Vanesa no pudo evitar detenerse cuando leyó As chamas expandiram-se com rapidez, devorando tudo o que tocavam¹, su mano se dirigió inconscientemente a la cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda. Estaba absorta en sus pensamientos y no se dio cuenta de que Rafael había vuelto a por ella, lo hizo cuando fue la mano de él la que acarició la cicatriz. No dijo nada, únicamente la miro y cuando ella se sintió con fuerzas de seguir empezaron a andar de nuevo.

Rafael abrió ambas puertas de la iglesia con fuerza, provocando que chocasen con la pared interior y así retumbase el sonido por toda la estancia. Tras él entró Vanesa en completo silencio, cerró las puertas y se sentó en el primer banco vacío que encontró. El tabernero por su parte empezó a avanzar hacia el altar que había en la otra punta. La luz que entraba a través de los vitrales teñía su piel de rojo haciéndole parecer un demonio. Avanzaba a paso lento, dejando que todos los presentes le observaran, cuando llegó al altar se giró y mantuvo la mirada de todos en silencio. La gente empezó a murmurar sobre su presencia allí arriba y sus sospechas se confirmaron cuando Rafael empezó a hablar.

–Elías no vendrá hoy –su voz se mostraba segura, al igual que su mirada. La gente empezó a enviarle miradas inquisitivas en busca de respuestas–. Elías no vendrá nunca más –con eso confirmó las sospechas de toda la gente–. Sin embargo no os he hecho venir para daros esa alegre noticia. Tenemos un problema, los dos jóvenes que llegaron ayer. Nunca deberían de haber venido.

Un hombre mayor con la cara llena de arrugas y el pelo completamente blanco se levantó. Tomó aire y se dispuso a hablar, hasta que vio como Rafael clavó el machete aún manchado con la sangre de Elías en el altar. Se sentó de nuevo sin decir una sola palabra.

–Muy bien Alonso –le felicitó Rafael–. Recuerdas como era todo antes de Elías, ¿verdad? Pues hemos vuelto a entonces, si queréis hablar tendréis que esperar a vuestro turno –Rafael cogió el machete y lo volvió a atar a su cinturón–. Lo primero que quiero es que María nos diga lo que sabe, por favor, dínoslo.

La hostalera se levantó. Su cabello gris estaba tan mal recogido como la primera vez que la vieron Abel y Nadia, sus ojos seguían completamente blancos e iban a juego con la túnica con la que se había vestido.

–No sé dónde están –dijo con un hilo de voz–. Después de salir ayer de la iglesia ya no estaban en el hostal y hoy no han venido. Quizá ya se hayan ido –añadió a pesar de que no lo creía.

–No creo que lo hayan hecho –concluyó Rafael–. ¿Alguno de vosotros los ha visto? –preguntó y enseguida vio como Matías, un hombre joven de treinta años con el cabello rubio, se levantaba para ofrecer una respuesta. Rafael le dio permiso con un gesto.

–Les vi ayer por la noche, se dirigían al bosque. Supongo que si nadie más les ha visto se habrán perdido allí –tras decir eso se volvió a sentar.

–¿Nadie más los ha visto? –preguntó Rafael, esta vez su pregunta no tuvo ningún efecto en los presentes–. Bien, si lo único que tenemos es lo del bosque no nos queda otra que ir a buscarlos allí. Matías, Rosario y Héctor cuando salga el sol id a por ellos. Cuando los encontréis ya sabéis que tenéis que hacer, no quiero ninguna muerte. Encontradlos –ordenó.

Tras eso la reunión de la iglesia acabó y todos se fueron a sus respectivas casas. Rafael se sentó cuando llegó a su cama, llevaba dos días sin dormir y no había parado de hacer cosas en todo ese tiempo. Vanesa se sentó a su lado y empezó a desvestirse, cuando acabó hizo lo mismo con él, después hizo que se estirara en la cama y se sentó a horcajadas sobre Rafael.

–Con esto lo pasarás mejor que durmiendo –susurró Vanesa al oído de Rafael. Él no pudo más que sonreír al reconocer que Vanesa tenía razón, por lo que la cogió por las caderas. Los siguientes minutos fueron muy agradables para ellos.

¹ Las llamas se expandieron con rapidez, devorando con voracidad todo lo que tocaban.

———————————————————————————

Si queréis leer los otros capítulos de El pueblo podéis pasar por AQUÍ.