Se acerca el final del sueño de Abel. ¿Qué pasó tras huir de Ainara? ¿El hombre que lo recogió estaría aliado con ella? ¿Lo salvaría o lo condenaría otra vez con ella?

14 Sale_el_sol_BN_2

Abel despertó pasados pocos minutos y se sorprendió de encontrase en el interior de un coche invadido por los rayos de sol. Se puso tenso durante un instante hasta recordar que un hombre trajeado había detenido su coche para ayudarle. Se sentía débil a causa de la pérdida de sangre y del frío que había pasado a lo largo de la noche.

–Tranquilo, descansa –dijo la voz del hombre. Lo miró y vio un cabello castaño perfectamente peinado y unos ojos azul claro que lo acompañaban, unos ojos llenos de tristeza y preocupación por igual–. Ya he llamado a la policía y les he dicho que te llevaba al hospital más cercano. En pocos minutos llegaremos.

–Gracias… –Abel notó que le costaba hablar y mantenerse consciente, sus ojos se iban cerrando y abriendo, intentando atraparlo de nuevo en el sueño–. ¿Cómo… Cómo se llama?

–Ramón Márquez –respondió sin apartar la vista de la carretera–. Descansa, no creo que sea bueno que estés despierto en tu estado. Yo me encargaré de que no te ocurra nada más, te lo prometo.

Abel dejó que finalmente se cerraran sus párpados abriendo así la puerta que le llevaría a los sueños. Volvió a tener una pesadilla, muy similar a la que tuvo en el bosque pero más detallada. Diferenció el rostro de tres personas más a las que no conocía. El primero era un hombre delgado con el cabello negro, el segundo un hombre de cabello blanco y con algunas arrugas que le cruzaban la cara y por último una niña de su misma edad que tenía una larga melena negra y piel morena.

Cuando Abel despertó se sorprendió de ver el techo y las paredes blancas del hospital pero la sorpresa desapareció en seguida cuando vio a Nadia dormida junto a su cama. Sus labios formaban una fina línea que junto a sus párpados cerrados transmitían una sensación de paz. Miró a su alrededor y se sorprendió al descubrir que en una esquina de la habitación estaba el hombre que lo había salvado durmiendo también. Sin embargo el rostro de Ramón no transmitía paz sino tristeza. Estuvo allí un buen rato mirando cómo dormía Nadia hasta que se decidió a despertarla, sus parpados se fueron abriendo poco a poco. Cuando vio a Abel despierto se lanzó a abrazarlo, procurando no hacerle daño.

–Te quiero, te quiero, te quiero… –susurró Nadia mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas–. Pensé que nunca volvería a verte… –dejó de hablar un instante–. Ahora vuelvo –añadió sin dejar que Abel respondiera–, voy a avisar a los médicos.

Cuando las enfermeras entraron obligaron a Nadia y a Ramón a esperar fuera de la habitación. Empezaron a hacerle preguntas sobre cómo se encontraba, si sentía dolor y muchas más. Estuvieron allí poco más de cinco minutos y entonces entró un policía para interrogarle sobre qué le había pasado. Abel fue respondiendo una a una todas las preguntas del agente hasta que le quedó bien claro que es lo que le había pasado a lo largo de los días que había estado desaparecido. Vio como apuntaba todo lo que le iba diciendo pero la actitud que mostraba aquel hombre le dejó entrever que nunca llegarían a investigar lo sucedido realmente. Al salir el policía volvieron a entrar Ramón y Nadia, lo primero que hizo Abel fue dirigirse a él.

–Muchas gracias por haberme salvado, nunca podré pagárselo.

–No quiero nada, me basta con saber que estás bien –Ramón sonrió, era una de esas sonrisas vacías y solitarias a las cuales no acompañan los ojos.

–De verdad, muchas gracias Ramón, ojalá nos hubiésemos conocido en mejores situaciones.

–Aunque no lo hayamos hecho no quiere decir que no podamos vernos otro día. Si un día te apetece ir a Barcelona llámame, Nadia ya tiene mi número. Ahora me tengo que ir.

–Claro que quiero, nos veremos pronto, se lo aseguro. Que le vaya bien el viaje, adiós –se despidió Abel.

–Que vaya bien –dijo Ramón a modo de despedida de la pareja, cerró la puerta tras de sí dejando a Abel y Nadia solos por primera vez desde que él había despertado.

–Aún no puedo creer que estés aquí –dijo Nadia–, parecía tan imposible que volvieras… –más lágrimas resbalaron por sus mejillas al recordar los últimos días–. Nadie sabía dónde podías estar –volvió a abrazar a Abel con miedo de que se desvaneciese por ser solo un sueño.

–Yo también te quiero, mucho –dijo mientras la rodeaba con un brazo y le daba un beso en la frente–. No podía dejar de pensar en ti… –añadió pensando que durante unos días fue incapaz de recordarla.

Pausa ojo2

–Pero siempre que tuve memoria pensé en ti –finalizó Abel. Los primeros rayos de sol empezaron a filtrarse en la habitación a través de la cortina.

Nadia había estado en silencio todo el tiempo, sin decir una sola palabra. Tenía que asimilar todo lo que le había contado Abel, por extraño que fuese. Lo que la tranquilizaba en cierto modo era que le había asegurado que esa tal Ainara no volvería a atacarlo. Igualmente todo le sonaba tan extraño, tan de otro mundo que le costaba creerle en algunos puntos a pesar de que sus heridas tanto físicas como psicológicas mostraban que decía la verdad.

–Me alegro muchísimo de que lograras escapar de ella –dijo finalmente–. Te quiero mucho –añadió volviendo a abrazarlo de nuevo, no quería perderlo otra vez.

Pausa ojo2

Los días fueron pasando y junto a ellos las semanas, algo había cambiado en Abel, las pesadillas. Todas las noches tenía pesadillas, muchas ocurrían en un pueblo sin nombre, perdido y desconocido por todo el mundo, otras tantas eran con un gran ojo rojo que lo vigilaba y lo controlaba. Por último y en menor medida pero no menos aterradoras, soñaba con Ainara, una Ainara superviviente, una Ainara que no murió aquel día en el bosque. Esos sueños en lugar de apaciguarse fueron haciéndose cada noche más fuertes, llegando a despertarlo y hacerlo llorar por lo que había en ellos.

Abel empezó a obsesionarse con el pueblo, estaba seguro de que todo estaba relacionado con él de una u otra forma. Si encontraba ese pueblo encontraría las respuestas a las pesadillas, a Ainara y al Ojo. Tuvo que pasar semanas de baja mientras se curaba la herida provocada por la flecha que le clavó Ainara, semanas que dedicó a visitar al médico, a Nadia y al pueblo, a intentar encontrarlo. Buscó y buscó y un día lo encontró en las entrañas de una biblioteca, había un libro cubierto por completo de polvo. Hacía tiempo que nadie lo leía incluso se atrevió a pensar que hacía mucho que estaba olvidado y nadie sabía qué estaba allí.

Pasó días enteros en la biblioteca leyendo y releyendo ese libro, apuntando en una libreta todo lo que le parecía relevante. Las horas con ese libro se le evaporaban y cuanto más sabía de él peores eran las pesadillas que lo acosaban por la noche, pero debía encontrarlo. Tras haber leído el libro más de veinte veces y estar seguro de haber apuntado todo lo importante su búsqueda pasó al ordenador. También pasó días allí, usando todo lo que había encontrado. En el libro encontró referencias que lo llevaron a diferentes webs que hablaban de un lugar perdido, un pueblo sin nombre. Y un día, cuando los últimos rayos de sol entraban por la ventana lo encontró.

–¡Nadia! –gritó emocionado–. ¡Lo he encontrado!

–¿De verdad? –preguntó. Abel asintió con la cabeza mientras ella se acercaba para abrazarlo–. ¿Seguro que quieres que vayamos?

–No, la verdad es que no… Pero quiero que paren éstas pesadillas, no las aguanto más, cada vez son peores… –unas lágrimas empezaron a asomar en sus ojos al recordarlas.

Nadia se acercó a él y lo abrazó en silencio, dejando que Abel hundiera su cara en su hombro. Pasaron así largos minutos que para ellos parecieron únicamente un suspiro. Poco a poco Abel se fue calmando y entonces fue cuando se separaron.

–Gracias… Gracias por querer quedarte, por ayudarme…

–No tienes que agradecer nada, tonto. Lo que quiero es que estés ben, que esas pesadillas se desvanezcan y seas feliz –se mantuvo un instante en silencio, meditando si eran correctas las palabras que iba a decir–. Yo te amo –dijo en un suspiro, era la primera vez que dedicaba esas palabras a alguien.

–Yo también te amo –respondió antes de besarla. Había cogido a Abel completamente por sorpresa, sabía lo que eso significaba para ella, su corazón rebosaba alegría y no podía evitar sonreír. Fuera, el sol ya se había puesto y la luna se había apoderado del cielo.

Los siguientes días Abel y Nadia los pasaron juntos, preparando todo lo que iban a necesitar para el viaje. Tardaron unas semanas en estar listos y finalmente un martes lluvioso se subieron al destartalado autocar que los llevaría a su destino.

——————————————————————

Lo primero es lo primero, si a alguno os suena Ramón Márquez y sino también, es porque ya salía en otro relato, en concreto en Relatos de Ilya 0: Humo, además también protagoniza Relatos de Ilya 1: Amor.

Ya sabéis que si queréis leer capítulos anteriores podéis hacerlo desde aquí ^^

Hoy os quería hablar de mi pequeña cría de dragón, cuesta decirlo pero sí, tengo una. Lo malo es que sólo se alimenta de Me gustas y retweets, ¿me ayudáis a alimentarla para que crezca?

Gracias por leerme y pasad un gran día ^^