Abel sigue soñando con su encuentro con la misteriosa chica llamada Ainara. ¿Qué le habrá hecho? ¿Logrará salir de allí indemne? ¿Por qué Ainara quiere retenerlo?

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Abel estuvo allí completamente inmóvil un buen rato, prácticamente sin respirar para que Ainara no se diese cuenta de su presencia. Ella le hablaba al ojo en susurros los cuales no alcanzaba a escuchar Abel, estuvo así unos minutos hasta que giró la cabeza directamente hacia donde estaba él, dirigiéndole una mirada helada directa a los ojos.

Abel sostuvo la mirada de Ainara durante unos instantes, hasta que empezó a venirle a la memoria los últimos días. Unos días de mentira. Unos recuerdos aparentemente reales pero que en el fondo no lo eran pero le costaba diferenciarlos, todos estaban sumidos en la misma bruma de confusión. Únicamente tenía una cosa clara, tenía que huir de aquella casa como fuese.

–No te muevas –ordenó Ainara justo cuando Abel intentaba darse la vuelta. La orden no surgió ningún efecto en él ya que empezó a subir los escalones corriendo–. Joder, deberías haber hecho algo –dijo mientras dejaba el ojo aún resplandeciente en el suelo. Antes de subir Ainara se dirigió a un pequeño armario que había en aquel sótano y lo abrió para coger lo que necesitaría para capturar de nuevo a Abel.

Abel subió corriendo a la planta baja e intentó abrir la puerta que le permitiría salir al exterior sin éxito alguno. Enseguida pensó en otro modo de salir, alguna ventana pero recordó que ninguna se abría. Su siguiente pensamiento fue para el balcón, era lo único que estaba abierto así que subió y se dirigió a la habitación. Cuando iba a salir al balcón oyó la voz de Ainara llamándole, voz que ignoró por completo ya que estaba casi seguro de que le había obligado a quedarse en esa casa. Cuando estuvo en el balcón se detuvo unos segundos, tenía dos opciones, saltar y empezar a correr por ese bosque si no se torcía el tobillo o algo peor o por el contrario saltar a un árbol que había cerca y descender por él.

Acabó decantándose por el árbol ara asegurarse de que podría huir. Descendió por la parte del tronco que le ocultaba de la casa para asegurarse de que Ainara no lo viera, o eso esperaba ya que ella ya estaba andando tranquilamente en su dirección con un arco en sus manos. Ainara cogió una flecha del carcaj que llevaba a su espalda y empezó a tensar el arco apuntando en la dirección que se encontraba Abel.

–No te vayas Abel, será mejor para ambos –su tono de voz era completamente frío, sin mostrar ningún sentimiento, mientras hablaba no dejaba de avanzar.

–¿Qué quieres Ainara? ¿Qué me quede aquí? ¿Crees que lo haré? Me estás apuntando con un arco y no creo que sea para enseñarme a disparar –Abel se agachó y cogió dos piedras que eran prácticamente como su puño–. Déjame irme y los dos seremos felices.

–Yo no Abel, tienes que quedarte, irte no es una opción.

–Esa será tu opinión –Abel miró un momento y vio que ella ya estaba muy cerca, demasiado–. Yo creo que sí puedo irme –nada más decirlo se giró y lanzó una piedra que golpeó la frente de Ainara provocándole una brecha por la que empezó a manar sangre y haciendo que cayese inconsciente al suelo.

Abel guardó la piedra que le quedaba en un bolsillo y empezó a correr por el bosque, intentando ir siempre en línea recta para alejarse lo máximo posible de aquella casa. Pasada una hora se detuvo para recuperar el aliento, no sabía cómo de lejos estaría pero estaba seguro que lo suficiente como para que Ainara no le encontrara. Estuvo allí parado unos diez minutos antes de volver a ponerse en marcha, cosa que no llegó a hacer. Lo que estaba viendo lo dejó de piedra, frente a él se levantaba la casa de Ainara. Mientras estaba parado una flecha pasó junto a su cara provocándole un corte en la mejilla derecha.

Empezó a correr nada más notar el corte, lo que evitó que la siguiente flecha disparada por Ainara se le clavará en la pierna. La flecha que siguió a esa pasó cerca de su brazo y después no vino ninguna más. Cuando echó la vista atrás lo comprendió, Ainara estaba corriendo tras él para conseguir atraparlo.

Siguió corriendo sin mirar atrás hasta que cayó rendido al suelo no sabía cuánto había pasado, pero aún no había amanecido cuando todo había empezado y el sol ya estaba todo en lo alto. Miró el camino por el que había venido y no vio que nada en él se moviera así que decidió pararse a descansar, aunque si hubiese estado allí Ainara tampoco hubiese podido seguir. Abel se sentó y miró sus brazos cubiertos de arañazos provocados por todos los arbustos que había tenido que cruzar, tras eso dejó descansar la espalda contra el tronco de un árbol y sintió cómo todos sus músculos se iban relajando.

Abel se detuvo en la sombra de aquel árbol mucho rato, pensando en el ojo de rubí de Ainara y en el ojo que tenía grabado a fuego en su espalda. Estaba seguro de que había visto uno de esos ojos antes pero no conseguía situarlo. Puso todo su empeño en intentar recordar el ojo de la espalda de Ainara pero lo único que consiguió fue un intenso dolor de cabeza y el pequeño atisbo de una llama. La llama estaba relacionada con el ojo, algo que ya sabía de por sí pero parecía que esa llama era muy importante y no sabía por qué. El dolor de cabeza cada vez iba a más por lo que acabó desistiendo en el intento de extraer un recuerdo inexistente o perdido.

Se puso otra vez en pie y empezó a avanzar, esta vez andando tranquilamente, no oía nada aparte del canto de los pájaros y estaba bastante seguro que Ainara le había perdido la pista hacía ya mucho. Cuando hubo avanzado unos pocos pasos llegó a un desnivel que le permitía ver una carretera a lo lejos, si llegaba allí estaría a salvo.

Abel empezó a andar más rápido tras ver la carretera, con un poco de suerte ese mismo día podría volver a su piso y ponerse en contacto con Nadia. Debía de estar preocupadísima con él desaparecido sin ponerse para nada en contacto con ella.

Pasada una hora en completo silencio oyó un sonido que no debía estar allí, a su espalda. Se giró y nada. Entonces Ainara cayó sobre él. Había saltado desde la rama de un árbol.

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