La noche cae sobre el pueblo y después de un largo y cansado día Abel y Nadia se ponen a dormir. Mientras que ella tiene un tranquilo y relajado sueño, él empieza a recordar parte de su pasado mientras duerme.

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Abel abrió los ojos y vio un techo acristalado que no le sonaba de nada. Intentó recordar dónde estaba y qué había hecho la noche anterior pero desde que había entrado en la discoteca todo estaba en blanco. Vio el brazo que lo rodeaba y pensó en Nadia pero enseguida lo descartó, ella estaba en Barcelona, se giró con cuidado para no despertar a la chica y la miró. Tenía el cabello negro y corto, casi no le llegaba a los hombros, su piel era morena y no aparentaba tener más de veintinueve años. Mientras la miraba ella abrió los ojos.

–Buenos días –saludó con dulzura. Vio la cara de extrañeza de Abel y añadió–. Ainara.

–Esto… Buenos días Ainara, mi nombre es Abel.

–Lo sé, me lo dijiste ayer. Me jode que nunca ninguno se acuerde de mi nombre –mintió–, bueno no importa. ¿Quieres tomar algo?

–Vale, gracias –respondió.

Cuando Ainara obtuvo la respuesta se apoderó por completo de la sábana y envolvió su cuerpo en ella. Abel oculto con sus partes con las manos como acto reflejo, ella por su parte había ido hasta el armario a coger ropa. Ainara se giró.

–Te espero en la cocina –volvió a girarse sin esperar respuesta y se dirigió a la puerta.

La sábana se deslizó un poco dejando a la vista una pequeña marca que parecía una quemadura en forma de ojo. Una extraña sensación le invadió al verlo, parecía que algo en su interior había reconocido aquel ojo y quería decirle todo lo que sabía sobre él pero no encontraba la forma de hacerlo. Estuvo allí estirado sin vestirse durante unos minutos intentando recordar que era ese ojo pero al final desistió y se vistió.

Antes de ir a la cocina salió al balcón que había en aquella misma habitación, lo que vio le sorprendió, la casa donde se encontraba estaba rodeada por un inmenso bosque. Miró en todas direcciones pero sólo alcanzaba a ver bosque, a parte de la casa donde se encontraba no parecía que hubiese ningún otro edificio cerca. Lo que le quedó bastante claro era que estaba bastante lejos de su piso en Valencia. Siguió mirando durante unos minutos por si se le había pasado algo por alto, finalmente desistió y se dirigió a la cocina.

Cuando entró en la cocina vio a Ainara sentada de espaldas a la puerta. Se había vestido completamente de negro y la camiseta que llevaba cubría por completo la espalda ocultando así el ojo. Abel atravesó la cocina y se sentó frente a Ainara, justo donde le estaba esperando una taza de café. Tomó un pequeño sorbo antes de dirigirse a ella.

–¿Cómo te hiciste lo de la espalda?

–Oh… Es algo que me hizo alguien a quien conocí… Hace ya mucho tiempo… –Ainara enmudeció un momento, no esperaba que Abel le preguntara por el ojo–. Era una amiga… Lo hizo para hacerme daño, por lo visto en realidad me odiaba… –Abel vio lo incómoda que estaba al dar la respuesta. Realmente le pareció como si se estuviera inventando todo eso sobre la marcha.

–Siento haber preguntado, no quería hacerte sentir mal –mintió. Era obvio que Ainara ocultaba algo relacionado con ese ojo, seguramente lo mismo que él había intentado recordar. Fuese lo que fuese  que ocultaba no podía ser nada bueno por la sensación que había tenido al verlo. Volvió a beber café y no dijo nada más hasta que lo terminó–. ¿Cómo puedo volver a Valencia?

–Verás Abel, la cuestión es que no puedes volver. Te tienes que quedar aquí una temporada –Ainara sonrió al ver como uno de los párpados de Abel intentaba cerrarse–. No es algo que puedas evitar.

–¿Cómo? –preguntó Abel enfadado al levantarse–. Ya me estás diciendo como irme –cada vez le gustaba menos aquello y estaba empezando a enfurecerse.

–¿O qué? ¿Me pegarás? ¿O lanzarás la taza? –a los segundos de decirlo la taza se partió bajo la presión que ejercía Abel. La sangre empezó a caer sobre la mesa a consecuencia de los cortes que se había hecho en la mano. Al momento Abel cayó de rodillas presa del sueño provocado por la droga que le había dado Ainara junto al café. Ella se acercó hasta dónde estaba él–. Tranquilo, déjate llevar, será más leve para ti –fueron las últimas palabras que oyó Abel antes de sumirse en la oscuridad.

Pausa ojo2

Abel despertó y vio las estrellas a través del techo acristalado que tanto le gustaba desde hacía años, ¿o no era así? Descartó la duda en un momento, claro que le gustaba, era absurdo que pensara que podía ser lo contrario. En esa casa había pasado prácticamente toda su vida, ¿cómo no iba a gustarle? Miró a su lado y lo único que pudo ver era un espacio vacío, ¿dónde se habría metido Ainara? Se levantó de un saltó y fue a mirar el bosque que había alrededor de la casa. Mientras lo observaba empezó a recordar como jugaba por allí cuando era pequeño, siempre acompañado por Ainara. Incluso recordó una vez que se había perdido… No, eso nunca le había pasado, ¿por qué creía recordar algo que nunca había pasado? Se giró y se dirigió a la habitación sin darle mayor importancia a esas dudas.

Salió de la habitación y se dirigió al baño y cuando abrió la puerta se sorprendió, aquello era una habitación. Justo al verla recordó que el baño estaba en la planta de abajo, así que bajó la escalera. Una vez entró se desvistió y fue directo a la ducha, dejó que la helada agua que salía remojara todo su cuerpo con la esperanza de deshacerse del calor que lo acosaba. Pasó allí cerca de una hora hasta que se decidió a salir otra vez. Cuando salió del baño se dirigió a la cocina y se preparó un poco de café mientras miraba por la ventana, aún debía de faltar cerca de una hora para que amaneciera.

Se pasó un buen rato sentado en la cocina bebiendo el café a pequeños sorbos hasta que decidió levantarse. Inspeccionó toda la planta baja en busca de Ainara sin resultado alguno, así que subió y la buscó por todo el piso superior pero tampoco la encontró. Sólo le quedaba un sitio para mirar, el sótano. La sola idea le espantaba, recordaba las historias que le explicaba su padre sobre la oscuridad del sótano. Cuando llegó a la puerta se detuvo unos minutos frente a ella, recogiendo todo el valor que tenía, finalmente abrió la puerta y empezó a descender los escalones.

Había una extraña luz roja que provenía de abajo y por cada escalón que bajaba parecía intensificarse. Cuando al fin consiguió ver algo se quedó petrificado. Ainara estaba sujetando un ojo rojo de rubí en su mano, el mismo ojo que emitía aquella extraña luz.

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