Tras llegar e inspeccionar la casa de la colina, tanto Abel como Nadia se quedaron parados ante lo que descubrieron en la última habitación que abrieron. Todas las paredes estaban escritas con un única palabra que se repetía, el nombre de Abel. Van a seguir su camino, ¿qué otros secretos ocultará esa casa?

10 Tras el sótano_BN

Nadia  no dijo nada, se había quedado paralizada ante la visión de aquella habitación. Ver el nombre de Abel escrito tantas veces la había desconcertado y aumentado su rechazo hacia aquella casa y el pueblo en general. Nada bueno podía salir de allí, tenían que irse. Lo que la había paralizado era lo que había en el techo, un ojo que lo ocupaba por completo con el iris completamente rojo.

Abel soltó la mano de Nadia y avanzó hacia el centro de la habitación, sin reparar en ningún momento en el ojo que lo observaba desde el techo. No podía dejar de mirar hipnotizado las paredes, intentando comprender por qué alguien escribiría su nombre de esa forma compulsiva en todas las paredes de la habitación. Pasó un rato allí, parado, ajeno a todo lo que le rodeaba hasta que reparó en los tirones que le daba Nadia para sacarlo de allí. Una vez fuera ella cerró la puerta.

–Abel, seguro que eso no tiene nada que ver contigo –dijo Nadia más para sí que para él–. Hay más gente con tu nombre no tiene por qué referirse a ti.

–Sí lo hace, lo sabes, es por mí –unas lágrimas empezaron a correr por sus mejillas–. Nadia, tengo miedo –ella se acercó y lo envolvió suavemente con sus brazos, intentando transmitirle una tranquilidad que tampoco tenía.

–Tranquilo, ¿vale? –susurró Nadia al oído de Abel–. Estoy aquí, no te dejaré sólo ni dejaré que te pase nada. Te lo prometí antes de venir aquí y no pienso romper esa promesa. ¿Recuerdas lo que te dije?

–Claro, jamás lo olvidaría. Dijiste que tengo que dejar de ser fuerte, que ahora tú lo serás por mí –salieron más lágrimas de sus oscuros ojos–. Graci… –Nadia le selló los labios con un dedo.

–No sigas, ya sabes que no tienes que agradecerlo. No quiero estar en ningún otro lugar que no sea aquí, a tu lado, –acercó su cara a la de él, la distancia que separaba sus ojos era de escasos centímetros–. ¿Por qué eres fuerte si lo recuerdas?

–Porque soy incapaz de ser de otra forma.

–Deja que corran tus sentimientos, aunque sean malos. Tienes que dejar que salgan, no te preocupes, yo estaré aquí para protegerte –Nadia apretó el lazo con el que tenía atrapado a Abel para asegurarse de que este no se olvidaba de su presencia.

–Yo… Tengo miedo, Nadia… Ninguno de los sueños era bueno y ahora… –se detuvo y dejó caer su cabeza sobre el hombro derecho de ella. Las lágrimas salían y salían, sin control y tras un breve recorrido por su mejilla humedecían el hombro de Nadia. Pasados unos minutos Abel pudo controlar de nuevo el llanto y apartó el rostro del hombro de ella–. Lo de esa habitación no parece nada bueno, por favor deberías irte…

–¿Qué te he dicho? –preguntó Nadia con un falso enfado–. Deja de ser fuerte, yo estaré aquí para protegerte, no voy a dejarte sólo. Te quiero demasiado cómo para perdonarme si lo hiciese. No vuelvas a decirlo, por favor, duele que pienses que podría hacerlo.

–No lo pienso, pero no quiero que te pase nada –mientras lo decía Nadia empezó a tirar de él hasta llevarlo a la habitación de la cruz. Tras eso se sentaron en la cama, en todo el proceso ella únicamente se había separado de él un instante para abrir la puerta.

–Tranquilo, ya verás como no nos pasará nada.

Abel retomó el llanto mientras Nadia lo abrazaba, pasaron largo rato allí, tiempo que ella aprovechó para enredar sus dedos en el corto cabello de él. Poco a poco Abel se fue tranquilizando, dejando que el miedo saliera de su cuerpo. Cuando se tranquilizó del todo ya estaba anocheciendo y decidieron bajar al sótano para comprobar si se les había pasado por alto alguna cosa que les fuera de utilidad.

Bajaron poco a poco, con temor de que alguno de los escalones se partiera como ya les había pasado con anterioridad, por suerte ninguno más se rompió. Empezaron a inspeccionar y volvieron a ver la cuna. Entonces se dieron cuenta de que había algo en lo que no habían reparado, en el cabezal había un ojo con el iris rojo. La cuna miraba directamente a un mueble que había al otro lado y que parecía tener el dibujo de un ojo medio borrado. Se acercaron a él evitando el agujero que se abría en el suelo; cuando llegaron hasta donde estaba, empezaron a inspeccionarlo. Abrieron los cajones y las puertas y estaban vacíos como lo habían estado antes. Tampoco habían encontrado ningún otro ojo dibujado en el interior. Nadia cerró el último cajón y se arrodilló para mirar debajo del mueble.

–Abel, detrás hay algo, parece otro túnel. ¿Lo apartamos? –preguntó Nadia mientras se levantaba del suelo.

–Claro, uno de cada lado –Abel se puso en el lado izquierdo y ella en el derecho, poco a poco fueron moviendo el mueble hasta dejar a la vista la entrada a otro túnel.

Se adentraron en nuevo túnel iluminando todo con las linternas para asegurarse de que no dejaban nada atrás. Era completamente recto y estuvieron avanzando hasta llegar a una sala excavada directamente en la roca. A los lados había pilares de piedra que sujetaban lo que, antiguamente, eran unas vigas de madera y ahora sólo eran los restos de ellas. La mayoría estaban algo quemadas pero había otras que a consecuencia del fuego se habían consumido lo suficiente para romperse y caer. En el suelo había restos de lo que parecía que habían sido bancos, que acabaron hechos cenizas en el incendio que acabó con las vigas.

Al fondo de aquella sala se podía ver una especie de chimenea, seguramente el lugar donde se provocó el incendio. Abel y Nadia se acercaron hasta allí para inspeccionarla y no les sorprendió ver que en una de las piedras había un ojo tallado. Era completamente negro a consecuencia de las llamas que habían pasado sobre él, pero ahí estaba como en toda la casa de la que acababan de salir. Buscaron por el resto de la sala y, al no encontrar nada más, salieron por el otro túnel que había.

Estuvieron andando un buen rato hasta que llegaron al final del camino: unas escaleras de caracol. Empezaron a subir y abrieron la puerta en la que acababan. Salieron al exterior, estaban en medio del bosque, justo frente a un acantilado desde el que se podía ver prácticamente todo lo que había en aquella zona. Pudieron ver el pueblo en la lejanía y la casa de la colina que parecía controlar toda aquella zona.

–¿Qué te parece si dormimos aquí? –preguntó Abel mientras se sentaba en la hierba.

–Genial, mejor que en aquella casa –tras decirlo se abalanzó sobre él haciendo que acabase tumbado mientras le abrazaba–. Seguro que serás un cojín maravilloso –añadió Nadia mientras apoyaba su cabeza en el hombro de Abel sin dejar de rodearlo con un brazo.

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La décima parte de El pueblo quiero dedicársela a mi correctora, amiga y además colaboradora de la librería @Maia_Invisible.

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