Primera parte de la serie de relatos cortos "El pueblo". Todo transcurre en un pueblo cuyas calles están completamente escritas.

Abel y Nadia bajaron del destartalado autocar que los había llevado hasta ese pueblo perdido, durante semanas él había estado investigando para conseguir dar con su ubicación y la forma de llegar a ese lugar sin nombre. A pesar de la dificultad lo había conseguido.

-Al fin hemos llegado -dijo Abel, con sus veintisiete años estaba intranquilo. Tenía el cabello corto y rojizo, los ojos negros y una barba que desde hacía días había descuidado-. Hace mucho que buscaba este sitio.

-Lo sé cariño, ya verás como todo saldrá bien -dijo ella para tranquilizarlo mientras sonreía y lo miraba fijamente con sus azules y jóvenes ojos, su cabellera era castaña y le llegaba hasta la cintura.

Empezaron a andar, adentrándose cada vez más en el pueblo. Las casas eran antiguas algo que se notaba en las fachadas, eran marrones y en muchos trozos se podían apreciar las piedras que formaban las paredes, cada una de una forma y un tamaño distinto, apiladas de tal manera que parecían pensadas para la construcción de esas casas. En la mayor parte de los muros exteriores de las viviendas se podían apreciar escritos grabados aparentemente con cincel en diferentes idiomas. Las pequeñas ventanas apenas dejaban que se colara nada de luz en los interiores. En las calles no se apreciaba ni cables ni farolas, era como si los habitantes desconocieran la electricidad, el conjunto de todo daba un aspecto tétrico.

Abel y Nadia estuvieron dando una pequeña vuelta por el pueblo hasta que llegaron a una pequeña plaza, en ella había un cartel que rezaba “Taberna”, muy posiblemente sería la única del pueblo. El interior era oscuro, solo estaba iluminada por la escasa luz que entraba por las dos ventanas, en el techo no podía verse ningún tipo de iluminación eléctrica tal y como ya habían supuesto. Se sentaron en la primera mesa que vieron y esperaron a que el hombre que había tras la barra se acercase a atenderles. No lo hizo así que finalmente fue Abel quien se acercó al tabernero.

-Buenas -saludó, ahora podía verlo bien, era un hombre de unos cincuenta años con el cabello grisáceo, tenía una barriga prominente y llevaba un delantal manchado de sangre-. ¿Podría ponernos un par de Coca-Colas?

-No hay, solo tenemos vino, ¿les sirve? -preguntó con hosquedad.

-Supongo que sí -dijo resignado-. Sírvanos un par de copas, por favor -añadió con la esperanza de mejorar el carácter del tabernero, tras eso se dirigió de nuevo a la mesa para reunirse con Nadia.

Cuando llegó donde estaba Nadia vio que estaba mirando algo en la mesa y usando el móvil. Miró la pantalla y y pudo ver lo que estaba haciendo, estaba escribiendo. Lo que salía en la pantalla era “las llamas crepitaban, y junto a ellas se escuchaban sus gritos”, tras leerlo Abel se dio cuenta de que en aquel lugar no había cobertura, era de suponer viendo que no tenían electricidad.

-¿De dónde has sacado eso? -preguntó mientras se sentaba en la silla.

-Está escrito en la mesa, en francés, lo he conseguido traducir -dijo Nadia mostrando su orgullo con una gran sonrisa-. ¿Crees que es parte de lo que hemos venido a averiguar?

-Supongo que sí, la verdad es que no tengo muy claro que es lo que hemos venido a buscar -dijo distraído mientras miraba el camino que recorría el tabernero.

-Aquí tienen -dijo de forma hosca mientras dejaba sobre la mesa un par de vasos de cristal grueso y una botella llena de mugre de lo que aparentaba ser vino tinto. Tras eso se alejo sin decir nada más, tanto Nadia como Abel lo observaron en su camino de vuelta hacia la barra.

-¿No había Coca-Cola? -preguntó algo extrañada y con cierta repugnancia hacia la botella de vino.

-Ha dicho que no, que solo había vino, no sé por qué pero no me extraña que no lahaya -dijo mientras también miraba la botella de vino con preocupación-. ¿Crees que si lo bebemos no nos intoxicaremos? El hospital más cercano está a kilómetros y no tenemos forma de llegar allí.

-No sé, probemos -Nadia abrió el bolso y sacó un par de pañuelos de papel, con uno limpió el morro de la botella y con el otro la cogió para servir un poco en los vasos-. Supongo que tampoco habrá copas… No me extraña que no haya nadie más aquí -dijo a modo de reproche.

Abel cogió el vaso que tenía frente a él y se lo llevo a los labios, finalmente el vino resultó ser uno de los mejores que había probado en su vida. Nadia coincidía con él en la calidad del vino, aunque a ambos seguía sin gustarles la presentación de éste ni el servicio ofrecido por el tabernero. Oyeron un golpe seco y miraron hacia la barra, lo había provocado aquel hombre al usar el machete que tenía en la mano. Posiblemente estaría preparando lo que serviría ese día como comida.

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