Él iba observando y relacionándose con el mundo. Él iba andando por sus caminos como si nada ni nadie pudieran verlo.

Él iba observando y relacionándose con el mundo. Él iba andando por sus caminos como si nada ni nadie pudieran verlo. Él vigilaba el comportamiento de sus semejantes, los que se le parecían en cierto modo, intentando comprender sus formas de pensar, creyendo imposible la evolución de esa sociedad hasta tal punto. Él veía como esa sociedad se corrompía, veía que las cosas habían vuelto al principio. Al principio de toda existencia, al mal, Él pensaba en ese mal que en los tiempos innombrables había creado el mundo.

Él sabía que poco quedaba de aquella época en que la honestidad y la verdad regían el mundo. Ahora el mundo se regía por otros aspectos, los de su señor: el deshonor, la mentira, el miedo y la traición. Su señor llevaba esperando centurias para poderlo enviar en la gran misión. Él estaba allí para traer el fin al mundo que le rodeaba, para exterminar a los seres vivos que se le acercaran. Él debía encargarse de ello, no podía fallar a su señor, había sido creado con aquel fin. Si llevaba a cabo bien su misión su señor le enviaría a otro mundo a llevar a cabo una misión similar y eso era lo que Él quería.

Actualmente Él se encontraba en una ciudad pequeña, costera. Estaba paseándose por una playa de arena blanquecina que había en la ciudad. Era de noche, el mejor momento del día para Él. Durante las horas de la noche se sentía más poderoso, más seguro de sí mismo y más capaz de cumplir su misión sin contratiempos. Su plan consistía en ir hasta la ciudad del señor Naltar, Eromat la ciudad hacía donde se dirigían los Otros, sus ayudantes.

Los Otros eran inferiores a Él, por eso su señor los había hecho subordinados, meros aprendices. Él anteriormente, había sido aprendiz de observador, era necesario para ser El Observador en una misión.