Aisha, una joven beduina, esta dispuesta a atravesar el desierto sola para encontrar un oasis legendario del que oyó hablar de niña. A lo largo del camino la acompañaran su perro Sadik y el camello Al sai'if.

El oasis

Aisha vio como Sadik subía la inmensa duna que tenía delante en poco más de un minuto, nada más llegar se giró hacia ella y se puso a ladrar. Sadik era un saluki más pequeño de lo habitual que siempre estaba dispuesto a jugar y acompañarla a todas partes, su pelaje era negro y en sus ojos siempre se podía apreciar alegría. Cuando Aisha se fue de su campamento no dudo ni un momento en que ese pequeño amigo la acompañaría hasta donde decidiera ir ella, aunque fuese hasta el mismísimo fin del mundo.

Llevaba ya horas andando aquel día y cada minuto que pasaba estaba más agotada, además, el thawb que había robado a su padre le quedaba grande por lo que se arrastraba por la arena entorpeciendo así todavía más su paso. Al huir del campamento en el que vivía fue la única vestimenta de hombre que pudo coger. Estaba acostumbrada a ir en el interior de las caravanas cuando su pueblo viajaba y temía no poder llegar ella sola a donde se había propuesto, aunque bien mirado no estaba sola, contaba con la compañía de Sadik y Al Sai’if.

Gracias a llevar sujetas las riendas de Al Sai’if había logrado evitar caerse en más de una ocasión, el pobre camello cargaba con el peso de todo lo que iba a necesitar en aquel alocado viaje que había iniciado la noche anterior. Aisha miró el bulto más grande que había sobre la espalda del camello y se le escaparon unas lágrimas, fue todo lo que necesitó para empezar a subir aquella inmensa duna. Miró a la parte superior y vio de nuevo a Sadik, moviendo su cola y correteando de un lado a otro, esperándola.

Cuando Aisha logró llegar a lo alto de la duna el pequeño empezó a saltar y saltar hasta que Aisha le acarició la cabeza.

—Muy bien hecho Sadik –el perro aprovechó la ocasión para lamer la mano de su amiga—. Eres todo un valiente pero tranquilo que hoy no tendrás que andar mucho más.

Aisha miró el horizonte pero no vio nada más que arena. Lo único que había eran kilómetros y kilómetros de dunas y ninguna forma de guiarse a través de ellas. Odiaba que nunca le hubieran enseñado a guiarse por sus tierras, que nunca nadie se hubiera tomado aquella molestia porque era algo que debían hacer los hombres. Aunque al mismo tiempo agradecía en parte que no lo hubieran hecho porque al lugar al que se dirigía uno no podía guiarse, nadie sabía dónde estaba.

oasis

Recordaba la primera vez que había oído hablar de ese lugar, fue años atrás, cuando todavía era una niña. Recordaba que un hombre los alcanzó en mitad del desierto, parecía salido de ninguna parte y no encajaba bien en el lugar. Su piel era de un tono muy claro que nunca antes había visto, y su ropa era todavía más extraña. Vestía un pantalón y una camisa además, su calzado llevaba algo extraño que él dijo que eran espuelas que servían para hacer correr más a su yegua.

El hombre dijo que su nombre era Nathan y que venía de unas tierras lejanas que estaban al otro lado de un océano. El hombre enseguida conquistó el corazón de adultos y niños contando todas las aventuras que había vivido a lo largo del mundo. Todas parecían bailar entre lo fantástico y lo real con lo que tenía a Aisha y al resto de niños pendientes de todo lo que decía. Además también les contó diferentes leyendas que viajaban a lo largo del mundo.

Aisha recordaba muchas de aquellas leyendas, recordaba que algunas hablaban de montañas en las que había criaturas mágicas, otras sucedían en bosques, en pueblos… También recordaba

una que sucedía en un desierto helado en la que dos amantes se adentraban en él para pasar toda la eternidad juntos. Sin embargo la que más recordaba era la de un extraño oasis que Nathan aseguraba que estaba en aquel desierto y que por ello estaba allí. No sabía por qué pero aquel hombre estaba decidido a encontrar ese oasis en el que aseguraba que podías encontrar unas extrañas hierbas rojas y azules.

Nathan se fue a los pocos días de llegar al campamento con la firme convicción de encontrar ese lugar, dijo que una vez lo encontrara volvería otra vez con ellos para contarles las maravillas que había en aquel lugar. Fueron pasando los días y las semanas pero aquel hombre jamás volvió, nadie del campamento supo nada más de él.

oasis

Ahora era Aisha quien buscaba ese oasis con desesperación, aun sabiendo que nunca volvió a saber nada de Nathan. Estaba siguiendo los pasos que aquel hombre había dicho que debían seguirse y aun así no parecía estar más cerca que la noche anterior al huir del campamento en el que vivía. Sabía que debía adentrarse en el desierto, pero no sabía cuánto, sabía que debía conocer la arena, pero la conocía desde niña y eso no cambiaba nada. Sabía todo lo que debía hacer, todo lo que el hombre misterioso le había dicho que debía hacer, pero no sabía que hacer al mismo tiempo. Cada paso que daba estaba más perdida en ese ardiente desierto de arena.

Aisha, Sadik y Al Sai’if estuvieron andando dos horas más antes de detenerse, para cuando lo hicieron la luna ya se había alzado como emperatriz de la noche acompañada por su séquito de estrellas. La plateada luz le daba a la arena un aspecto espectral, como si esta proviniera de un mundo distinto, un mundo lleno de los espíritus de aquellos seres queridos que se han perdido.

Una arena como la que había descrito Nathan años atrás —pensó Aisha—, una arena que siempre era así todas las noches, desde que era una niña. Su familia la estaría buscando y ella solo había hecho que adentrarse en el desierto por la alocada búsqueda de un oasis de leyenda.

Cuanto más lo pensaba más convencida estaba del error que estaba cometiendo, de la estupidez que había hecho al marcharse de su hogar. Todavía estaba a tiempo de volver, estaba convencida de que podría deshacer el camino andado pero entonces volvió a posar la vista sobre el inmenso bulto que reposaba sobre Al Sai’if. Nada más verlo volvió a convencerse de que su convicción era la correcta, era lo mejor que podía hacer, si lograba encontrar el oasis todo volvería a tener sentido.

Aisha se acercó al camello y le acarició un poco el áspero cabello del cuello antes de coger un poco de la comida que había robado. Luego se sentó apoyando el cuerpo junto al de Al Sai’if, Sadik por su parte se sentó frente a ellos con la lengua fuera de la boca por lo que la chica le sirvió un poco de agua en una cazuela que había robado. Sadik empezó a beber y cuando sació su sed volvió a sacar la lengua. Aisha rio con aquello.

—Deberías de aprender a guardarla tonto, que ya tienes una edad –dijo antes de atraparlo entre sus brazos—. ¿Crees que lo conseguiremos? –Sadik respondió lamiendo su cara y provocando las risas de Aisha—. Vale, vale, vale, ya veo que crees que sí. Espero que tengas razón pequeño.

Los tres se pusieron a dormir, Aisha y Sadik se envolvieron en una manta y se apretujaron contra Al Sai’if para protegerse del frío de la noche. Los tres se durmieron con rapidez tras un día entero sin haberse detenido en ninguna ocasión.

oasis

Pasó un día y luego otro y ambos fueron iguales al primero, solo había arena por todas partes. Incluso llegaron a encontrar un oasis pero no era el que estaban buscando, no era el oasis de Nathan. Recordaba la leyenda tal y como la había escuchado años atrás. Sabía que quien quisiera encontrar el oasis debía de tener un corazón puro o de otra forma se perdería para siempre entre las dunas de ese desierto que parecía infinito. La otra cosa que sabía era que para llegar a él se tenía que perder ya que no había otra forma de dar con él.

Creía haberse perdido, estaba segura de haberlo logrado, tras el segundo día había perdido toda la esperanza de saber regresar y poder ver de nuevo a su gente. Aunque en realidad tenía miedo de volver a ver a sus padres por el castigo que pudieran ejercer sobre ella, temía muchas cosas que había oído que les pasaban a otras chicas.

Aisha también estaba segura de que el motivo por el que quería encontrar el oasis era puro, pero quizá este no lo considerase así. La verdad es que no sabía que podía considerar puro un lugar de leyenda. Un lugar que cada hora que pasaba estaba más segura de que no existía, de haberlo hecho Nathan hubiera vuelto a verlos. Aunque también existía la posibilidad de que ese hombre se hubiera olvidado de ellos, no quería creer eso pero era una idea que cada vez iba cobrando más sentido en su cabeza.

Aquel día siguió igual que los anteriores, el único cambio fue que tanto los ánimos de Aisha como los de Sadik disminuyeron todavía más que el día anterior.

oasis

Cuando despertaron la luna todavía no había abandonado el cielo por lo que la arena seguí poseyendo el tono espectral de todas las noches. Comieron y bebieron un poco para ponerse en marcha lo antes posible, tras cuatro días andando no era el momento de perder la esperanza, todavía podían encontrarlo.

Sadik seguía adelantándose todo el tiempo, como si supiera lo que andaba buscando Aisha, como si conociera el final de aquel camino sin retorno. Se dedicaba a avanzar y avanzar como si nada pudiera detenerlo, parecía más animado que ningún otro día. Era como si quisiera dar caza a la luna, como si esta lo guiara en alguna dirección que ella no lograra ver.

Pasaron así dos horas hasta que Aisha se dio cuenta de que aún no había amanecido, que la noche por algún motivo que desconocía no parecía haber terminado. Dudo sobre si solo había dormido una hora, ya que los anteriores días había despertado junto con los rayos del sol, pero lo descartó enseguida, estaba tan descansada como las otras mañanas. Entonces se dio cuenta que no hacía el frío que debería hacer tras una noche tan larga, ni el calor de las horas de sol.

En un instante revivió la noche en la que oyó la leyenda por primera vez, justo en el momento en que su hermano la asustó el Nathan había dicho algo que ella no había podido oír. Solo que en realidad sí que lo había oído pero no había prestado atención. El oasis estaba rodeado por una noche que parecía que nunca terminaría.

Aisha empezó a correr tirando de las riendas de Al Sai’if, subió lo poco que quedaba de duna y se detuvo a mirar a su alrededor. Sadik ya había empezado a bajar cuando ella vio algo a lo lejos, un pequeño destello de color rojo. Se subió con cuidado al camello, asegurándose de que el bulto que portaba no se cayera y empezó a cabalgar en él, en dirección al color rojo que había visto. Cuanto más se acercaban más plano era el terreno, cuando lo fue por completo se bajó y acabó el camino andando.

Aisha, Sadik y Al Sai’if iban uno al lado del otro andando con tranquilidad, al fin habían encontrado el lugar que habían estado buscando durante todos esos días. El lugar que le permitiría a Aisha volver a ser feliz. A los pocos minutos llegaron.

Las hierbas eran tal y como las había descrito Nathan años atrás, eran altas y sus colores variaban entre el azul y el rojo, solo las pocas palmeras que había eran de color verde. Fue acariciando las plantas mientras pasaba a través de ellas hasta que al fin llegó al oasis. El agua era de color violeta, como si los pigmentos de las plantas la hubieran teñido tiempo atrás. Todo era como lo había imaginado ella desde el día en que había oído hablar de aquel oasis.

Aisha se acercó a Al Sai’if y bajo el bulto que había estado cargando todos esos días. Lo desenvolvió con cuidado revelando así el cuerpo sin vida de Kaled, su hermano. Si lo que había oído era cierto aquellas aguas podrían devolverle la vida o como mínimo permitirle hablar con él otra vez. Cogió agua con las manos y la vertió en los labios de su hermano pero no ocurrió nada. Volvió a hacerlo una y otra vez hasta que al final empezó a llorar sobre su pecho sin vida.

—No poder ser… No es verdad, todo este viaje no puede haber sido en balde… Kaled despierta por favor… No me hagas esto… —Aisha no podía dejar de llorar—. Por favor…

—El oasis no funciona así chiquillo –dijo una voz a su espalda. Aisha se giró y vio al anciano que le había dicho aquello. No lo había visto al llegar, ni lo había oído moverse cerca de ella.

—¿Quién eres? ¿Cómo funciona? –preguntó ella intentando secarse las lágrimas.

—Hace mucho tiempo que nadie me pregunta quién soy… La verdad es que antes tenía un nombre, creo que era… Nathan. Recuerdo que me dedicaba a ir por el mundo en busca de leyendas, para hacer ver a la gente que existían, hasta que al fin tuve que buscar una para mí –le costaba hablar y parecía que cada palabra que pronunciaba le producía un intenso dolor.

—¿Nathan? –Aisha miró al suelo y enseguida reconoció las espuelas que tanto le habían llamado la atención de pequeña—. Yo soy Aisha, hace unos diez años pasaste por el campamento de mi grupo de beduinos y nos contaste leyendas, ¿lo recuerdas?

—Creo que sí, fue pocos días antes de llegar aquí. Había unos chiquillos muy simpáticos allí, escucharon todas mis historias y todas las leyendas que conocía.

—Yo era una niña de aquel grupo y mi hermano también… —dijo desviando un instante la mirada hacia el cuerpo que yacía a la orilla del oasis—. Por favor Nathan, dime cómo funciona, necesito que mi hermano vuelva a la vida.

Nathan se sentó junto a la orilla y cogió un poco de aquella agua para llevársela a la boca. Estuvo unos segundos en silencio antes de empezar a hablar.

—Cuando me encontré con tu grupo pensaba que al venir aquí podría recuperar algo que había perdido, alguien a quién amaba. Era muy inocente en aquella época, no sabía que el oasis no da nada que no le des antes. Puede obrar milagros, eso sin duda pero siempre pide algo a

cambio. Yo… Lo único que tenía para ofrecerle era mi yegua y así lo hice. Es listo, y sabe que hay vidas que no valen lo mismo que otras, así que lo único que me ha ofrecido desde entonces es hablar con ella algunas noches, por eso jamás me he ido de aquí. ¿Qué iba a hacer sino? Ella era mi mundo y al venir aquí perdí todo lo demás. Hay días en los que me pregunto qué habría sido de mi vida sin esta obsesión, si no la hubiera perseguido hasta aquí, pero nada de eso importa ya, el pasado no puede deshacerse, lo hecho, hecho está. Antes creía que sí podía cambiarse pero el oasis me ha mostrado la verdad.

»Te ayudaré, evitaré que cometas los errores que cometí yo. ¿Puedes traerme algo con lo que poder recoger agua y un cuchillo? Es todo lo que necesito.

—Claro que sí –Aisha se acercó a Al Sai’if y cogió las dos cosas que le había pedido Nathan. En cuestión de un minuto se las estaba entregando—. ¿Qué va a hacer? –preguntó preocupada.

—Ya te lo he dicho antes, el oasis no te da nada que no le des tú –mientras lo decía recogió un poco de agua. El color violeta del agua parecía mucho más intenso allí—. Si quieres recuperar la vista alguien tiene que perderla, por ejemplo. Si quieres que una persona recupere la vida… Otra tendrá que perderla. Ojalá hubiera sabido eso antes de venir, nunca lo hubiera hecho.

»Estás segura de que quieres esto, ¿verdad? —preguntó mientras dirigía el cuchillo a su brazo.

—No lo sé, no sabía nada de esto… No quiero morir, ni quiero que tú te sacrifiques… No sé si podría soportarlo…

—¿Quieres a tu hermano? –preguntó Nathan ignorando todo lo que Aisha había dicho.

—Claro que le quiero, es la persona a la que más quiero en el mundo. Siempre ha estado a mi lado y me ha protegido. Por eso vine aquí, porque por una vez era yo quien podía protegerle a él.

—Entonces no hay nada más que decir –dijo con una sonrisa triste. Se hizo un corte con rapidez y dejó que unas pocas gotas de su sangre se mezclaran con el agua que había recogido—. Lo único que tienes que hacer ahora es darle de beber esto y de una vez por todas podré reunirme con mi amada. Al fin encontraré la paz que este lugar me ha robado.

—¿Sólo es esto? –preguntó Aisha.

—Sí, solo eso. El oasis ya se encargará del resto –dicho eso Nathan se levantó con cuidado—. Si me lo permites me alejaré un poco, será mejor que cuando despierte estéis solos –empezó a andar por la orilla hasta sentarse en el punto más lejano del oasis.

Aisha dejó de mirarlo y vertió el agua con la sangre de Nathan en la boca de su hermano. Kaled no reaccionó hasta que Sadik empezó a lamerle la cara, pareció que la lengua de este permitió que los pulmones de su hermano empezaran a respirar. Aisha no pudo evitar girarse en dirección a Nathan y lo vio desplomado ante las aguas del oasis.

—¿Aisha…? –oyó que la llamaba su hermano—. ¿Qué haces? He tenido un sueño de lo más raro.

—No ha sido un sueño Kaled, ojalá lo hubiera sido –levantó a su hermano y lo abrazó. Mientras lo hacía miró al otro lado del oasis, ya no había nadie allí, el precio había sido pagado.