El tiempo ha avanzado y ya hace más de un año que Lucas (Ilya) mató a Ramón y su vida ha seguido adelante sin ningún contratiempo. Sin embargo la oscuridad siempre está presente y ésta vez no es la suya la que le preocupa sino la de un hombre de oscuro cabello que le lleva siguiendo mucho tiempo, una amenaza que pone en riesgo su modo de vida.

Miércoles – 26/03/2014

Sonó el despertador y Lucas empezó a levantarse, ya eran las seis de la mañana y le parecía que solo había estado en cama cinco minutos. Cogió la ropa del armario y se cambio, después se dirigió al baño y encendió la primera luz de su día. Se miró en el espejo y vio que ya no tenía ojeras, y que gracias a aquello sus ojos oscuros volvían a resaltar, los últimos días habían sido duros. Se lavó la cara y después empezó a peinarse ya que su cabello estaba desaliñado, se peinó lo necesario para parecer más presentable, al fin y al cabo iba a salir a correr. Antes de salir se dirigió de nuevo a su cuarto, para coger la cartera, el móvil y las llaves. Una vez hecho eso salió del apartamento sin hacer ruido alguno, no quería despertar a Amalia, era una de las pocas veces que sabía que estaba durmiendo en paz.

Lucas comenzó a bajar las escaleras, eran diez pisos pero no le importaba, además le servían para calentar. Una vez llegó abajo empezó su sesión de footing mañanera, recorriendo parte del barrio de Gracia, nunca hacía las mismas calles, ese día decidió ir en dirección al Coll, le apetecían las subidas. Mientras iba subiendo, se dio cuenta de que alguien lo seguía, el mismo de otras veces, un hombre de unos veinticinco años con el cabello negro y bastante corto, ya está, no sabía nada más de él. Alguna vez lo había intentado despistar, pero nunca lo había conseguido, como mucho alejarlo un poco más, el hombre sabía cuando desaparecer. Empezó a correr más rápido, hasta llegar a una calle estrecha y bastante oscura, se escondió tras la esquina, hoy todo iba a cambiar. Estuvo esperando pero el hombre no llegó, miró hacia la calle por la que había venido y el hombre no estaba, había vuelto a desaparecer. Lucas miró la hora y cuando la vio se dio cuenta de que ya era hora de volver.

Llego al piso pasado un cuarto de las ocho, Amalia ya se había levantado y se encontraba en la cocina, preparándose un café. Ella se había despertado poco después de que Lucas se marchara, en ese tiempo había estado duchándose, y arreglándose para ir a la universidad. Amalia también había aprovechado ese rato alisándo su rojizo cabello, algo que hacía desde que vivía con Lucas dado que tanto éste como sus compañeros de la universidad le decían que le quedaba mejor. Sobretodo se lo alisaba por Lucas, quería mantenerle contento, ya que sentía que él siempre estaba muy seguro de sí mismo y que cuando necesitara ayuda se la ofrecería sin dudar ni un solo instante.

–Buenos días Amalia –dijo Lucas cuando entraba en la cocina, sonriendo, como si nada de lo ocurrido en el paseo hubiese acontecido–. ¿Cómo has dormido? –Cada mañana se lo preguntaba, ya que realmente se preocupaba por ella, necesitaba saber si en algún momento debería de convertirse en Ilya y liberarla del mundo. Realmente esperaba que eso no ocurriera nunca, la quería de forma distinta a los otros que había querido.

–Buenos días Lucas –sonrió también, cada vez lo hacía con más frecuencia, iba superando lo que le ocurrió dos años antes–. La verdad es que he dormido bastante bien, ya hacía semanas que no lo conseguía, ¿tú qué tal?

–Me alegro de que hayas dormido bien –dijo sonriendo–. Yo como siempre, despertándome a ratos, pero en general bastante bien. Siento dejarte tan pronto hoy, pero he estado más rato del que quería y ahora hago tarde –salió rápidamente de la cocina y se dirigió a su cuarto. Amalia se quedó mirando el hueco que hasta hacía un momento ocupaba Lucas.

Amalia se tomó su café, cogió el bolso y se dirigió hacia la universidad. Todo el tiempo estuvo seguida por el hombre de pelo negro, pero en ningún momento se dio cuenta de ello. Incluso llegó a servirle la comida aquel día en el restaurante donde trabajaba, y en ningún momento lo reconoció.

Cuando estaba anocheciendo Lucas estaba mirando por la ventana con la esperanza de ver entrar a Amalia, cuando finalmente la vio, y también lo vio a él, el hombre de pelo negro. Le hubiese gustado bajar, pero no podía, si lo hacía Amalia se preocuparía mucho, demasiado, y no quería hacerlo innecesariamente cuando él podía ocuparse en otro momento. La espero para cenar junto a ella como cada noche, Amalia estaba encantada de que lo hiciera, cuando le veía sentado esperando un brillo de felicidad asomaba en sus ojos.

Pausa

Sábado – 29/03/2014

Ya eran las diez de la noche y Lucas se encontraba sentado en el sofá del salón con las piernas cruzadas y las manos apoyadas en sus rodillas. Llevaba puesta una camisa gris oscuro con unas líneas irregulares blancas y unos vaqueros. Estaba esperando a que Amalia saliera para ir de fiesta.

–Venga Amalia sal ya –dijo con voz infantil-, si siempre estás perfecta. –Sonrió para sí, en realidad le encantaban aquellas esperas, siempre le parecían entretenidas. Le parecían entretenidas pero le preocupaban, ya que Amalia desde hacía un tiempo solo salía de fiesta si iba acompañada. La única persona que Amalia permitía que le acompañase era Lucas dado que la volvía a traer al piso sin separarse de ella, algo que la tranquilizaba mucho-. Jo, que llevó esperando aquí como dos o tres horas.

–Ya voy, espera un momento –pasaron cinco minutos y Amalia apareció finalmente en el salón. Llevaba puesto un vestido que Lucas jamás le había visto y que se adaptaba perfectamente a sus curvas. El vestido estaba dividido en tres claras secciones, la central y los dos laterales. La parte central era negra, y llegaba hasta poco antes de las rodillas mientras que los laterales eran blancos y más largos ya que llegaban bastante pasadas las rodillas. La parte trasera se encargaba de unir los dos laterales blancos a la altura del cuello, dejando parte de la espalda descubierta hasta llegar a la cintura que es donde empezaba la zona negra. Llevaba un bolso a juego. Amalia dio una vuelta para mostrar todo el vestido–. ¿Qué te parece? –dijo sonriendo.

–Estás… –Lucas se había quedado sin palabras, admirando la belleza que irradiaba–. Preciosa –dijo mirándola a los ojos.

–Gracias –sonrió–. ¿Bajamos ya?

–Claro, ahora cojo las llaves del coche.

Lucas se dirigió a su habitación a coger las llaves, cuando iba a salir pensó en su puñal, el que guardaba junto a su diario. Tuvo la imperiosa necesidad de cogerlo y llevarlo consigo, de que le iba a ser necesario. Finalmente descartó esa opción, era imposible que lo fuese a necesitar esa noche. Salió de su habitación y posteriormente del piso, ambos se dirigieron al ascensor y esperaron hasta que llegó, una vez dentro picaron el nivel S2, y se dirigieron al parking. Cuando llegaron se subieron al Cadillac granate que les estaba esperando.

Pausa

Llegaron rápido a su destino, la discoteca Rosebud, se bajaron del coche y se dirigieron directamente a la entrada. Allí había un portero que Lucas y Amalia nunca habían visto. El portero llevaba una chapa que lo identificaba como Carlos.

–Buenas Carlos, nos gustaría entrar sin tener que hacer cola –Lucas metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta de miembro vip de Rosebud, Carlos la recogió.

–Déjame comprobarla –sacó el Smartphone y empezó a introducir el nombre–. Dante De Luca, ¿es un nombre italiano?

–Sí, mis padres son italianos –en realidad no era así, pero no le gustaba que lo relacionaran con sus padres, por ello había recurrido a un “amigo” para crear una identidad falsa. Ese amigo le había pedido quince mil euros por esa identidad, pero valía la pena, gracias a ella podía ir a cualquier sitio sin que supieran que era Lucas Zuzunaga. Rápidamente Carlos le devolvió la tarjeta.

–Ya puede pasar señor De Luca y… –dijo esperando la respuesta de Amalia.

–Laura Borrás –dijo Amalia con naturalidad.

–¿Es usted vip también?

–No, no lo es, pero supongo que no habrá ningún problema ¿verdad? No me gustaría que ella tuviese que hacer cola.

–No, ningún problema, solo era para anotarla en el registro –anotó el nombre en el Smartphone y vio la ficha de Amalia –. Ya pueden pasar –dijo mientras se apartaba a un lado.

En el interior el ambiente era el de siempre, cerca de trescientas personas adineradas bebiendo y bailando, la mayor parte de ellos eran niños malcriados que pensaban que todo les pertenecía. Sus padres nunca les habían enseñado un mínimo ápice de humildad. Lucas y Amalia se dirigieron a la barra y pidieron dos Bloody Mary, luego se dirigieron a uno de los sofás que había libres en una de las esquinas. Al poco de estar sentados se les acercó Javi, un amigo común de Rosebud con el que mantenían contacto. Javi llevaba el pelo largo y castaño y siempre vestía con colores vivos, en cambio hoy iba con ropa negra. Hacía tiempo que se le había declarado a Amalia pero ella lo rechazó, no quería estar con nadie. Javi iba con una mirada triste, algo que nunca habían visto.

–Hey, ¿qué tal? –se acercó a Amalia y ella se levantó para darle dos besos a modo de saludo.

–Bien –le dijo Amalia con una sonrisa. Seguidamente se acercó a Lucas, él se levantó y le ofreció la mano, mientras lo hacía Lucas se fijo en una chica. Tenía el pelo negro, le llegaba a la altura de los hombros, su piel era extremadamente pálida en contraste con el vestido oscuro que llevaba. El vestido era sin mangas, y dejaba entrever la perfección de sus curvas. Desde donde estaba pudo observar como en sus muñecas había marcas de cortes, unos ya cicatrizados y otros muy recientes. Seguramente se había intentado suicidar en muchas ocasiones. Era una víctima ideal, lástima que su arma estuviese en casa.

–¿Cómo te va todo? –preguntó Lucas mientras seguía distraído.

–Fatal, mis padres han considerado adecuado dejar de pasarme dinero, menudos cabrones –cuando oyó eso Lucas empezó a prestarle atención–. Así que seguramente sea el último día que puedo entrar aquí, la próxima vez ya sabrán que no puedo permitírmelo. Solo me han dejado con mil euros y me han dicho que me busque la vida, que va siendo hora, los odio. ¿Cómo pueden hacerme algo así? Tengo una vida, una reputación, y ahora… –algunas lágrimas asomaron a los ojos de Javi–. Y ahora no tengo nada…

–Te comprendo Javi –Lucas y Amalia se acercaron a él y le abrazaron, luego los tres se sentaron en el sofá–. No sé qué haría si mis padres me hicieran eso –dijo Lucas con calma, realmente le sabía mal, Javi le caía bien–. Si te interesa, estaba pensando en abrir una vinoteca, puedes llevarla tú. Así de primeras tendrías un sueldo de unos mil doscientos al mes.

–¿De verdad me dejarías llevarla? –preguntó ilusionado, una pequeña chispa de esperanza brillaba en sus ojos.

–Claro que sí, ¿somos amigos no? –dijo sonriendo, muy posiblemente fuese la única persona a quien podía decirle eso.

–Sí, sí que lo somos, muchas gracias –asomaron algunas lágrimas más, pero estas eran de alegría–. Nunca acabaré de agradecértelo.

–No lo hagas, no es necesario –Lucas sonrió–. Hoy bebe todo lo que quieras, yo invito –volvió a sonreír en señal de camaradería.

–Gracias –Javi sonrió, se le empezaba a ver un poco más alegre–. ¿Venís a bailar?

–Sí –dijo Amalia muy emocionada.

Los tres se levantaron, mientras se acercaban a la pista de baile Lucas volvió a fijarse en la chica de las muñecas marcadas. La chica se dirigía hacía Caméléon, era uno de los más engreídos de los habituales de Rosebud ya que se encargaba de suministrar drogas a todos los que quisieran. Caméléon no entraba en Rosebud por su estatus social o su dinero, entraba allí por la mercancía que siempre llevaba encima, acercarse a él implicaba comprarle, quien no tenía esas intenciones no se le acercaba. Lucas se acercó a Javi y le susurró:

–Voy a ver a Rebecca, disfruta – tras decirlo empezó a alejarse, en dirección a Caméléon, iba vestido con ropa negra y una chaqueta roja. Lucas siempre iba a ver a Rebecca, era la forma que tenía de dejar a Amalia y a Javi solos durante algo de tiempo. Quería que Amalia se enamorase de Javi, era un buen chico. Mientras se acercaba a Caméléon vio como la chica de pelo negro se alejaba de él, cuando finalmente llegó donde se encontraba ya hacía un par de minutos que la chica se había ido.

–¿Vienes buscando lo de siempre Dante? –preguntó Caméléon con su acento francés.

–No lo sé, ¿qué es lo que ha comprado esa chica? –dijo señalando con la cabeza la dirección en la que se había ido la chica.

–¿Qué chica? Hoy ya han venido unas cuantas –dijo lascivamente.

–La que ha venido hace poco, pelo negro y corto y marcas en las muñecas.

–Oh, hablas de Dulce, me ha comprado Muscimol, ¿quieres tú también? –Lucas asintió y sonrió para sí, ya sabía el nombre de la chica. Caméléon sacó suficiente dosis para cuatro personas, lo que siempre pedía Lucas. Él pago lo que le pedía–. Ahora si me disculpas tengo que ir a cobrar lo de Dulce. Si por casualidad oyes sus gritos es del placer que voy a darle –dijo Caméléon mientras se alejaba en dirección a los baños.

Lucas tardó unos quince minutos en acercarse a los baños y cuando llegó, enseguida descubrió por los pocos gemidos que emitía Dulce que Caméléon y ella se encontraban en el baño de hombres. Lucas entró y se encerró en el cubículo del lado izquierdo del que compartían Dulce y Caméléon.

Pasaron veinte minutos hasta que Caméléon salió del cubículo de al lado, dejando a Dulce allí completamente sola. Cuando oyó cerrarse la puerta Lucas salió y abrió la puerta tras la que se ocultaba Dulce. Lo que vio le dejó paralizado, no esperaba encontrarse a Dulce completamente desnuda y con restos de lo que antes era su vestido esparcidos por todas partes. Lucas entró y cerró la puerta tras él, casi no podía apartar la mirada de sus perfectos pechos, pero los pocos instantes que la apartaba solo veía moratones en su piel. Estuvieron así unos minutos, ninguno de los dos decía nada, y viéndola así, solo podía pensar que le gustaría conocerla más, quería saber todo lo que pudiese sobre ella. Finalmente Lucas se quitó el trench negro que llevaba y cubrió a Dulce con él.

–Tranquila –dijo con cuidado–. Yo… Yo te ayudaré, confía en mí –dicho esto Dulce se levantó, le besó en la boca y puso una mano en la entrepierna de Lucas. Lucas la agarró de la muñeca y la apartó–. No quiero nada, solo que vengas conmigo, aunque solo sea esta noche –se acercó y la abrazó para transmitirle seguridad, notó que el cuerpo de Dulce poco a poco iba perdiendo la tensión en el que se encontraba–. Yo no te haré daño –susurro al oído de ella, la cual finalmente se relajó del todo.

–Por… ¿Por qué quieres que vaya contigo? –preguntó con un hilo de voz.

–Sí vienes, mañana por la mañana te lo cuento –sonrió–. Venga, déjate llevar hoy y tu vida cambiará a partir de mañana –ella cedió solo con eso, deseaba cambiar su vida aún más que morir. Dulce se agachó a recoger su bolso y luego salió del cubículo con Lucas.

Salieron los dos juntos a la sala principal y Lucas vio como Caméléon se fijaba en ellos. Dulce sin embargo iba apoyada en Lucas y mirando el suelo, mientras agarraba el trench con fuerza para que no se cayese en mitad de la sala. Caméléon empezó a acercarse, no era el espectáculo que él esperaba.

–¿Puedes esperarme aquí un momento? Voy a hablar con él un momento, –dijo haciendo un gesto hacia la dirección en la que se encontraba Caméléon. Ella se apartó y él fue a encontrarse con el camello.

No tardaron nada en encontrarse, en medio de toda la gente, gente que a pesar de estar no estaba ya que les ignoraban por completo. Estuvieron un instante mirándose, analizándose hasta que Caméléon dio el primer paso.

–¿Qué coño te pasa tio? No te metas en medio de mis negocios –empujó a Lucas y este retrocedió unos pasos, luego se volvió a acercar a él.

–¿Negocios? ¿En serio? ¿No has tenido suficiente con tirártela que además también tenía que pasear desnuda ante todos?

–Sí, como no tenía dinero le he propuesto ese trato si quería conseguir Muscimol, se lo he explicado y ha aceptado, ¿así que porque no le quitas tu mierda de abrigo y así podrá pasear en pelotas? –el acento francés de Caméléon desapareció de golpe, cuando se irritaba no se acordaba de fingirlo.

–Vale, ven conmigo y quítaselo, no quiero problemas –dijo Lucas con calma fingida.

Se acercaron ambos donde se encontraba Dulce, Lucas miraba a Dulce y le decía en silencio que estuviese tranquila, que no iba a ocurrir nada. Caméléon no se dio cuenta, estaba emocionado por lo que iba a conseguir, alargó el brazo hacia Dulce pero no llegó a alcanzarla, Lucas lo cogió y lo arrastró consigo al baño que estaba al lado. Una vez dentro lo tiro al suelo.

–Bueno, ahora ya podemos hablar como lo que realmente somos –dijo Lucas fríamente, se sentó sobre él, puso una mano en el cuello de Caméléon y empezó a hacer presión–. Acércate a ella y te mato. Háblale y te mato. Mírala y también te mato. Haz cualquier cosa que pueda herirla y te mato –podía ver como el miedo iba entrando en Caméléon-. Te lo voy a poner mucho más fácil, hoy es tu última noche en Rosebud, como descubra que has vuelto a poner un pie aquí te mataré. Todo eso es la parte light del asunto, para hacerlo más entretenido y divertido –Lucas sonrió con naturalidad, estaba sacando a pasear a la bestia que había en su interior–. Antes que a ti mataré a toda tu familia, uno por uno –vio un asomo de duda en los ojos de Caméléon-. Sí, incluso a tu hermano pequeño que solo tiene diez años –ahí fue cuando le entró verdadero pánico.

–¿Cómo cojones puedes saber eso hijo de puta? –empezó a forcejear para deshacerse de Lucas, pero la presa de éste era perfecta.

–¿No creerías que iba a comprarte algo sin saber quién eras? Vamos Iván, te estoy enseñando como soy, no me subestimes –dijo con suficiencia–. Resumiendo bastante, sé dónde vives, y donde vive tu familia, si quieres que todos sigáis vivos, no vuelvas a poner un pie en Rosebud ni intentes acercarte a Dulce. Suerte y que te vaya bien en tus futuros negocios –Lucas ejerció más presión hasta que Iván quedo inconsciente por la falta de oxigeno, luego se levantó, se lavó las manos y salió.

–Ya está –dijo dulcemente mientras sonreía–. Nunca más volverá a hacerte algo parecido –Dulce se acercó a él con cuidado y le abrazó a pesar del miedo que tenía a perder la cobertura del trench, el abrigo empezó a deslizarse por sus hombros pero Lucas impidió que cayese. Tenía junto a ella a un ángel, un ángel que podía eliminar toda la oscuridad de su vida.

–Gracias –sollozó ella–, muchas gracias –ella le soltó y volvió a apoyarse en él para seguir caminando hacia la salida.

Salieron de Rosebud y se dirigieron hacia el coche de Lucas. Dulce no quería apartarse de él, como si su vida dependiese de ello. Cuando llegaron al coche Lucas se acordó que debía de avisar a Amalia y a Javi. Primero lo intentó con Amalia pero no respondió, finalmente Javi si lo hizo.

–Buenas Javi, soy Dante –dijo mientras abría la puerta del coche para que entrara Dulce.

–¿Qué querías? –la voz delataba que había bebido alguna copa de más.

–¿Estás con Laura? Me voy a ir y la he llamado pero no responde.

–No, pero en nada lo estaré, me acabo de acercar a la barra –Lucas oyó ruido de botellas, ya estarían preparando lo que había pedido–. Cuando me sirvan voy –mientras decía eso Lucas se quedó perplejo y se le cayó el móvil al suelo por lo que vio, en la salida de Rosebub estaba el hombre de pelo negro. Nunca lo había visto en la discoteca, era la primera vez que se acercaba tanto a Amalia y a él, y además cuando usaban sus identidades falsas. El tipo se estaba volviendo peligroso, tan cerca de ellos podía hacer cualquier cosa.

–Te tengo que dejar un momento –le dijo a Dulce nervioso–. He de ir dentro, vuelvo rápido –dijo mientras se iba alejando. Dulce se sentó en el asiento del copiloto a la espera de que su ángel volviera a por ella.

Cuando volvió a fijarse ya no vio al hombre de cabello negro, ¿se lo habría imaginado? No, no podía ser, estaba seguro que lo había visto allí, solo había desaparecido como siempre hacía. Llegó a la entrada y Carlos se interpuso en su camino, pero Lucas le ignoró y consiguió esquivarlo gracias a su agilidad. Tras eso entró en Rosebud, el ambiente era similar al de antes, pero lo encontró mucho más amenazador que de costumbre. Ahora las luces parecían parpadear a mayor velocidad, dificultándole buscar a Amalia. Empezó a meterse por en medio de la gente, apartándola y comprobando que nadie fuese ella. Finalmente la encontró juntó al sofá, de pie, completamente quieta como si se hubiera petrificado. Javi aún no había llegado.

–A… Amalia –dijo mientras acababa de acercarse por su espalda–. ¿Te pasa algo? –Ella no daba ninguna señal de vida–. Venga, Amalia dime algo. Soy yo, Lucas.

Esperaba que eso la hiciera salir de la burbuja donde se había encerrado pero no lo hizo. Finalmente Lucas se decidió por tocarle el brazo para probar si el contacto físico surtía efecto. Al hacerlo Amalia se activó y empezó a pegarle de forma histérica en el pecho. Lucas no se movió, se quedó parado viendo como de los ojos de Amalia empezaba a surgir un torrente de lágrimas, solo se le ocurrió intentar pararla con un abrazo, intentar que le reconociera. Poco a poco los golpes fueron disminuyendo en frecuencia y en fuerza y cuando vio un hueco Lucas aprovechó para abrazarla. Ella también le abrazó y apoyó la cabeza en su hombro mientras lloraba.

–¿Por qué Lucas, por qué a mí? –dijo Amalia con dificultad mientras seguía llorando.

–Tranquila Amalia –deslizó la mano derecha hasta su cabeza y empezó a pasarla repetidas veces–. Estoy aquí, yo te protegeré, no dejaré que te pase nada. Ahora nos iremos a casa y allí hablamos con calma, ¿vale? –dijo preocupado por lo que aquel hombre podría haberle hecho. Ella asintió con un leve movimiento de cabeza–. Venga vamos –mientras lo decía Javi llegó y Lucas soltó a Amalia con cuidado.

–Javi, Am… Laura y yo tenemos que irnos, ha surgido algo y no podemos quedarnos más –Javi lo miró extrañado, sobretodo a Amalia con lágrimas en los ojos, cuando la había dejado estaba sonriente.

–¿Qué ha pasado? –preguntó Javi con preocupación.

–Mi… mi padre acaba… acaba de morir –dijo Amalia, al instante volvió a llorar con más fuerza, lo que dio mayor credibilidad a sus palabras–. Javi, adiós –se acercó y le dio dos besos.

–Lo siento mucho –dijo Javi mientras Amalia y Lucas se alejaban.

Salieron de Rosebud a paso lento, Amalia iba un poco distanciada de Lucas y éste intentaba que ella le confesase que había pasado dentro sin ningún éxito. Amalia no quería hablar de nada, solo quería llegar al piso y descansar, quería borrar ese día de su memoria. Aún en ese estado se sorprendió cuando vio que había alguien en el interior del coche, sin embargo no preguntó quién era, se limitó a sentarse en los asientos traseros.

–Esto… Ella es mi compañera de piso, se llama Amalia –Dulce se giró a mirarla pero ella no reacciono a pesar de haber oído du nombre. Amalia tenía la cara tapada con sus manos para intentar detener las lágrimas que no dejaban de surgir. A cada segundo que pasaba Lucas estaba más preocupado por lo que aquel hombre podía haberle hecho. Finalmente se subió al coche y arrancó y se fu, mientras lo hacía se dio cuenta de un destello al que no le dio importancia.

A unos cincuenta metros de donde se encontraba el coche había un hombre rubio en la treintena que había fotografiado a Lucas y Amalia en su camino de Rosebud al vehículo. Iba a guardar la cámara cuando vio algo que le llamó la atención, un tipo se acercó hasta donde hace un momento estaba aparcado el coche de Lucas y recogió algo del suelo. Tuvo que fotografiarlo, iba vestido con ropa negra a excepción de una chaqueta rojo carmesí. Tras acabar de hacer las fotos se dirigió hacia Caméléon.

Pausa

Llegaron al piso poco después, Amalia fue directa a encerrarse en su habitación, Dulce y Lucas pudieron oír el portazo que dio y como luego ponía el pestillo. Lucas le enseñó el piso por encima a Dulce, la cocina, el baño y su habitación, donde ella dormiría.

–Duerme aquí, yo iré al sofá, mañana podremos hablar con tranquilidad –dijo él tranquilamente–. Buenas noches –sonrió–. Dulces sueños.

–Buenas noches –respondió Dulce con un hilo de voz–. Dulces sueños para ti también –dijo mientras lo abrazaba–. Gracias…

–No tienes que agradecerme nada –la interrumpió él mientras le devolvía el abrazo.

Salió de la habitación y se dirigió a la de Amalia, tenía que hablar con ella, no se lo perdonaría sino lo hacía. Llegó su puerta y se detuvo un instante, inspiró y golpeó la madera con los nudillos.

–Amalia, por favor déjame entrar, yo… Quiero ayudarte… –No oyó nada al otro lado–. Esperaré aquí hasta que quieras hablar –Lucas se sentó y apoyó la espalda contra la puerta.

Frente a él había un pequeño reloj colgado en la pared y las manecillas de este avanzaban lenta pero inexorablemente. No tenía nada más que hacer mientras esperaba así que las estuvo mirando todo el tiempo, como iban pasando los minutos, primero cinco, después veinte, tras eso una hora… Finalmente cuando ya hacía rato que habían pasado dos horas la puerta se abrió y cayó de espaldas, desde su posición podía ver claramente el rostro de Amalia.

–Tonto –dijo ella antes de que él se levantara. Se había pasado llorando todo ese tiempo en su habitación y alguna de esas lágrimas todavía seguía saliendo en contra de su voluntad–. Pasa y cierra la puerta –tras eso se dio la vuelta y se dirigió a la cama.

Lucas entró y cerró la puerta tras de sí, también puso el pestillo para dejarla tal y como la tenía Amalia. Se acercó poco a poco a la cama, ella estaba estirada boca abajo, llorando aún. Cuando llegó se sentó con cuidado junto a ella, nunca la había visto de esa forma. No dijo nada durante un rato, no tenía muy claro que decirle sin que sonase directo, finalmente se decidió por lo que había pensado en un principio.

–¿Qué te ha hecho el hombre de pelo negro? –Estaba seguro al cien por cien de que estaba relacionado con ese engendro. Los acosaba por alguna razón que desconocía y ahora había hecho llorar a Amalia.

–Me… Me ha di… –el llanto interrumpió sus palabras impidiendo que acabara la frase. Lucas decidió abrazarla para que notase que no estaba sola y él la protegería–. Ha dicho que… Este año volve… Volveremos a vernos en Sant Jordi –el llanto se intensificó aún se intensifico más–. Por favor, Lucas… No dejes que me coja de nuevo –se agarró a la camiseta de él y hundió la cabeza en sus hombros, dejando que las lágrimas cayeran sobre Lucas–. Es un monstruo… Tengo…

–No dejaré que te coja, te lo prometo –empezó a acariciarle el pelo levemente–. No dejaré que se te acerque nunca más.

–Pero es que no sabes de lo que es capaz –dijo Amalia atropelladamente–. Él… Es un monstruo… No merece vivir… No sabes de lo que es capaz… –Empezó a llorar aún más–. Nunca se lo he contado a nadie pero… Poco después de que empezaras a vivir conmigo, él… Una noche… Él… Ese monstruo… Me violó…

Amalia intensificó su llanto de nuevo y todos lo que salía de su garganta eran sonidos sin sentido. Lucas por su parte no se esperaba eso y no se le ocurría nada que pudiera decirle, seguramente era la primera vez que se lo contaba a alguien. Lo único que pasaba por su cabeza era que tenía que abrazarla, protegerla y asegurarse de que ese animal nunca volviera a hacerle daño. Poco a poco Amalia fue tranquilizándose hasta quedarse dormida en brazos de Lucas, él por su parte se mantuvo despierto toda la noche, sin soltarla en ningún momento.

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