Gustav descubre algo en el hielo, algo que debe mostrar con toda urgencia a su compañero y amigo. Sin embargo, su amigo se encuentra en una cabaña alejada, para llegar hasta él deberá atravesar una tormenta que jamás había imaginado que existiera, todo para mostrarle aquello que estaban buscando.

Gustav salió de la tienda de campaña que era su campamento improvisado, tenía que llegar hasta la cabaña donde se encontraba su amigo, quería enseñarle lo que había encontrado en la excavación. Se había abrigado con todas las prendas de ropa que tenía, todas blancas para poder camuflarse en mitad de la nieve. La temperatura había bajado drásticamente a consecuencia de la tormenta que tenía lugar, una tormenta como nunca antes había visto Gustav. Se adentró paso a paso en la blancura eterna que se abría ante él, mirando cada pocos pasos la pequeña brújula que sujetaba con la mano izquierda para asegurarse de que iba en la dirección correcta.

Cada paso que daba para avanzar por aquel infierno blanco requería un gran esfuerzo, el grosor de la capa de nieve había aumentado mucho a consecuencia de la tormenta. Gustav a duras penas podía ver a un metro de donde se encontraba y lo que veía de poco le servía ya que únicamente veía nieve que cubría el suelo por completo. Iba avanzando un paso tras otro a pesar de que cada uno le costaba más que el anterior. Los minutos iban adelantándose unos a otros y por cada uno que pasaba en medio de ese infierno sus extremidades se resentían a consecuencia del frío, un frío que cada vez penetraba con más ímpetu con la intención de llegar hasta sus huesos.

Tras una hora andando Gustav vio un destello en medio de la tormenta, se dirigió como pudo hacia él, ya apenas le quedaban fuerzas para seguir andando a través de aquél frio glacial. Llegó a la cabaña de su amigo y se apoyó con las manos en los troncos que formaban la pared, se detuvo allí un instante para retomar el aliento antes de dirigirse a la puerta. Finalmente enfiló los últimos pasos que lo separaban de la entrada, del único lugar donde encontraría el calor que le permitiría deshacerse de esa muerte helada que había empezado a aferrarse a él. Apretó el puño derecho y golpeó dos veces la puerta antes de desmayarse, pocos segundos después de eso su compañero abrió la puerta y arrastró a su amigo hasta el fuego, luego cerró la puerta.

Sergei empezó a desvestir a Gustav para que la ropa húmeda no empeorase su estado cercano a la hipotermia. Su amigo se había cubierto de capas y capas de ropa, seguramente toda la que se había llevado, para poder llegar hasta donde se encontraba él. Cuando acabó de desvestirlo le puso un jersey, unos pantalones y un chaquetón que había dejado allí antes de marcharse. Sergei por su parte vestía únicamente con un jersey y unos pantalones térmicos, no le hacía falta más gracias al calor que transmitía la chimenea. Pasó dos horas sentado hasta que Gustav hizo un ligero movimiento, en cuanto lo vio se dirigió a la pequeña y destartalada cocina para prepararle un café. Cuando volvió de ella descubrió que su amigo ya había despertado y estaba sentado en una silla, acercando su cuerpo al fuego para calentarlo.

–Hola Gustav –saludó mientras ofrecía la taza de café que su amigo cogió con ansia–. No debiste haber venido –se acercó a una ventana y miró al exterior-, desde que estamos aquí nunca había visto una tormenta así. Parece que el tiempo haya enfurecido.

–Eso parece –comentó inconscientemente mientras recordaba la tormenta que había atravesado para llegar allí–. Pero hay algo que tienes que ver, cuanto antes –Sergei le dirigió una mirada interrogativa–. No puedo explicarlo, tienes que verlo.

Estuvieron allí largos minutos hablando, hasta que finalmente Gustav convenció a Sergei de que debían irse ya. Ambos se cubrieron con más capas de ropa antes de prepararse para salir, Gustav se cubrió con más de las que vino para asegurarse de que nada le ocurría en el infierno helado que había fuera de la cabaña. Cuando estaban dispuestos a salir Sergei se acordó de la escopeta, le preocupaban los lobos que habitaban la zona, algo que nunca había causado la más mínima preocupación a su amigo. Cuando la cogió los dos salieron al exterior y les recibió una ráfaga de aire gélido acompañado de la nieve de la tormenta.

Gustav iba andando delante de Sergei y al igual que en el camino de ida a la cabaña, miraba la brújula cada pocos pasos, ahora no podía perderse, no cuando alguien más vería lo que había visto. Pasadas dos horas consiguieron dar con el campamento que había improvisado, los dos amigos estaban exhaustos y sentían cómo el frío les penetraba hasta los huesos, pero no podían detenerse si lo hacían morirían. Cuando vieron la tienda de campaña Gustav se sorprendió, estaba hecha pedazos por los lobos, por suerte para ellos ya no estaban allí. Sergei pensaba que ya habían llegado hasta que vio que Gustav seguía adelante, decidido, internándose cada vez más en la que era una tormenta inmensa, dirigiéndose hacia su corazón.

Finalmente Gustav se detuvo un momento, ante él se elevaba un muro inmenso de hielo que se extendía tanto a derecha como a izquierda. Volvieron a empezar a caminar, recorriendo el muro hacia la derecha, hasta que finalmente encontraron una apertura en él. Era una grieta que parecía alzarse hasta el infinito. Sergei vio cómo su amigo se metía dentro de la grieta y esperaba a que él hiciera lo mismo, en cuanto lo hizo notó el cambio. Parecía que había accedido a otro mundo, un mundo donde la nieve no existía, al igual que el ensordecedor sonido de la tormenta que hasta un momento atrás le impedía escuchar nada más. El frío allí dentro era aún más crudo que el del exterior pero ello no impidió que Sergei admirara el hielo que formaban las paredes que lo rodeaban. Cuando dejó de mirar el hielo se giró y le sorprendió ver el barbudo rostro de Gustav que lo miraba esperanzado esperando que Sergei se sacara también el pasamontañas y el gorro con el que cubría su cabeza. Finalmente lo hizo y dejó a la vista su rostro desprovisto de barba

–Venga amigo –dijo Gustav–. Ya casi estamos, sólo hemos de adentrarnos un poco más.

–Éste lugar es maravilloso Gustav, ¿cómo lo encontraste?

–Casualidad, una casualidad muy buena. Sigamos.

Ambos se adentraron cada vez más en las profundidades de la grieta, asegurándose de que en cada paso ponían el pie sobre suelo firme ya que éste estaba formado por el mismo hielo de las paredes. Tras andar cerca de diez minutos la temperatura había bajado mucho y se encontraron con el final de la grieta. Sergei vio al fin lo que horas antes había visto su amigo. Se sorprendió ante lo que tenía delante y no le extraño que Gustav hubiese ido a buscarle a pesar de la tormenta que tenía lugar.

pausa

Andrej estaba de pie esperando, llevaba ropa de abrigo oscura y en mal estado ya que no podía permitirse comprar algo nuevo. Por lo que sabía de esas ropas, antes de pertenecerle a él habían sido de un cazador. No llevaba nada que cubriera su cabeza, lo que dejaba ver un cabello más blanco que toda la nieve que poblaba el lugar, un pelo extraño para un joven de veinte años. Esperó poco hasta que apareció su amiga y amada Branka, ella por su parte iba perfectamente vestida y lucía una melena rubia y rizada que le caía hasta media espalda. Su piel como el alabastro la hacía parecer más joven de lo que realmente era, tanto como para aparentar que era más joven que Andrej, a pesar de tener pocos años más que él.

Ambos se acercaron al uno al otro sin hacer nada más, sus miradas lo decían todo y nada. Se perdieron el uno en el otro, en los abrazos y besos que querían darse y aún no podían, en las esperanzas, en las posibilidades de poder compartir el máximo tiempo posible con el otro. Todo eso fue en un segundo alargado hasta la eternidad, cuando pasó empezaron a andar el uno junto al otro para alejarse de las casas del pueblo, de los ojos que los miraban siempre que estaban juntos y permanecían por allí.

Llegaron hasta el bosque que había a un lado del pueblo y empezaron a adentrarse en él cogidos de la mano, esquivando los árboles y ramas que tantas veces habían visto. Los árboles les conocían, conocían su historia, habían sido testigos de ella desde que empezó, desde que ellos no eran nada más que unos niños. Unos niños inocentes que habían empezado a forjar una preciosa amistad que poco a poco dio paso al amor.

Finalmente llegaron a su pequeño refugio, un refugio formado por cinco abetos que les protegían de la nieve y el viento, lo encontraron de niños y desde entonces iban allí en busca de la tranquilidad que ofrecía. Las ramas estaban a poco más de un metro de altura pero no les hacía falta más para sentarse el uno junto al otro, a conversar, abrazarse, besarse y dejar que el tiempo fluyera junto a la persona que les complementaba.

Pasaron las horas y se dieron cuenta de ello cuando las sombras se empezaron a apoderar del bosque. Se levantaron y empezaron a andar en dirección al pueblo, a paso tranquilo a pesar de la hora que era. Lo único que llamaba su atención era el otro y el tacto de sus manos envueltas la una en la otra. Su paso era calmado, no querían llegar de nuevo a su hogar para no tener que separase otra vez, siempre era igual, el miedo estaba ahí pero tenían que acabar por separase. Finalmente llegaron al pueblo y se acercaron a la casa de Branka para despedirse allí. No llegaron a decir ni una palabra cuando el padre de ella salió.

El padre de Branka era un hombre corpulento que ejercía de jefe en el pueblo, cualquier decisión que debiera tomarse él debía dar su consentimiento. Se acercó hasta donde ellos estaban a grandes zancadas y Andrej empezó a mirarlo con preocupación, sabía que no debía estar allí. Cuando intentó alejarse ya era demasiado tarde, lo había cogido por el cuello de su abrigo y lo lanzó contra el suelo. Empezó a gritar lo miserable que era por acercarse a su hija, mientras lo hacía también lo golpeaba, una y otra vez, repartiendo los golpes por todo el cuerpo. Branka por su parte intentaba que su padre dejara a Andrej en paz sin éxito alguno, la ignoraba por completo.

Los ojos de Andrej empezaron a derramar lágrimas a consecuencia del dolor que le causaban los golpes que recibía, y lo siguiente que pudo ver lo aterró. Había sacado un cuchillo y lo estaba acercando hacia él. Branka se acercó corriendo y sujetó el brazo de su padre para impedir que usara el arma contra Andrej. Su padre la apartó y le propino un corte en el brazo para que dejara de molestarlo, tras eso volvió a poner su atención en el chico, justo a tiempo de detener un golpe que había intentado darle. El padre sujetó los brazos de Andrej y acercó el cuchillo a una de sus manos y sin ningún esfuerzo le cercenó dos dedos.

Tras eso el padre se levantó y agarró a su hija del brazo y tiró de ella en dirección a su casa. Andrej se quedó allí en el suelo, manchando la nieve de rojo y retorciéndose del dolor que el padre de Branka le había provocado con el cuchillo. Pasado un rato se levantó y se dirigió a su solitaria cabaña, nadie más vivía en ella desde la muerte de sus padres.

Los días fueron pasando y no volvieron a verse, poco a poco los moratones que tenía Andrej fueron desapareciendo, y la herida de su mano cicatrizando. La herida de Branka cicatrizo con rapidez pero no pasó lo mismo con el odio que se había instalado en su corazón hacia su padre, además de ese odio estaba el terror, el terror de lo que podía llegar a hacer a Andrej si volvía a verlos juntos. Los meses también se fueron sucediendo y cada vez tenían menos ganas de vivir sino podía ser junto al otro.

Una noche, pasados dos años desde el día en que Andrej había perdido los dedos, decidió acercarse a la casa de Branka. Había aprendido muchas cosas en todo ese tiempo y una de ellas era el sigilo. Se acercó a la ventana de su cuarto y la vio allí, tendida sobre la cama, mirando hacia la pared, sin moverse. Andrej dio unos pequeños golpes al cristal para que ella se percatara de su presencia, cuando lo hizo sonrió y él no pudo evitar devolverle la sonrisa. Hasta que la mirada de ella se convirtió en preocupación mientras se acercaba a la ventana. Cuando la abrió Andrej le dijo que estuviera tranquila, que no iba a ocurrirle nada. Le contó lo que había estado pensando desde que se separaron y a ella le gustó.

Branka se preparó para salir a la calle y salió por la ventana. Se besaron y abrazaron allí mismo, llevaban mucho tiempo sin hacerlo pero fue como si no hubiera pasado ningún día desde la última vez. Se cogieron de la mano y cruzaron el pueblo pero esta vez no se dirigieron al bosque sino hacia un páramo blanco que lo dominaba todo. Se adentraron paso a paso en él, con sus inseguridades, con sus miedos, sabiendo que ya nunca volverían a su hogar y con la convicción de estar juntos para siempre.

pausa

Sergei estaba sorprendido por lo que había atrapado en el hielo, era una pareja de jóvenes, abrazados el uno al otro para siempre. El chico tenía el cabello blanco y le faltaban dos dedos mientras que la chica tenía el cabello rubio y rizado. Sus cuerpos se mantenían a la perfección, podían llevar una eternidad atrapados en el hielo y sin embargo parecía que estuviesen desde hacía escasos minutos a causa de su perfección. Ahora entendía la tormenta que había fuera, la leyenda era cierta. Si alguien encontraba a la pareja de enamorados, éstos helarían todo lo que había a su alrededor para seguir estando juntos para siempre. Sin duda eran el corazón de la tormenta que había en el exterior.

–¿Re… Recuerdas cómo se llamaban? –preguntó Sergei mientras seguía impresionado con lo que veía.

–No, nadie lo recuerda, sus nombres se perdieron –respondió Gustav con tristeza en la voz–. Una lástima.

Estuvieron allí varios minutos, admirando a la pareja, atrapada para siempre en el hielo, hasta que oyeron sonidos a su espalda. Se giraron y lo que vieron fue la manada de lobos que habían destruido la tienda de Gustav, empezaron a gruñir con ferocidad, acercándose poco a poco. Sergei cogió la escopeta y disparó, una vez tras otra, sin llegar a acertar a ninguno, el frío le hacía temblar demasiado las manos. Ya le quedaban poca munición, recargó y disparó pero como con todos los intentos anteriores falló y el proyectil se clavó en el hielo, provocando un derrumbamiento que lo dejó a él y a su amigo inconscientes.

Sergei y Gustav despertaron pasadas unas horas, para comprobar que el camino por el que habían llegado ya no podía usarse para volver, estaban atrapados. El frío se fue apoderando de ellos, avanzando poco a poco pero de forma constante, hasta que finalmente se apoderó de sus corazones.

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Corazón helado tiene nombre, más bien tiene un propietario, es una historia escrita para una persona. Es alguien a quien conozco hace poco más de un año, una chica que ha demostrado ser una gran amiga, sin duda una de las mejores. Merecía tener una nueva historia, algo nuevo que fuese escrito pensando en ella, y de ese pensamiento ha surgido Corazón helado. Espero con ganas que te guste, @AgarMitzi, mereces ésta y mil historias más.