Año 2020, prácticamente todo se encuentra unido a la tecnología de una u otra forma. Tanto los gobiernos como las multinacionales aprovechan este hecho para ejercer un control absoluto sobre la población, a pesar de ello hay gente que todavía se resiste al sistema y que lo usa en contra de sus creadores. Eirom es una de esas personas y esta es su historia.

Madrid, Gran Vía

Año 2020

 Madrid, España

Claudia estaba sentada delante del ordenador, su pelo rubio y rizado caía sobre sus hombros, y sus ojos marrones iban fijándose en los datos que iba introduciendo. Se había maquillado como cada mañana para resultar más bella ante todos los clientes de la entidad bancaria, según su jefe eso era una de las cosas más importantes que debía hacer. Sus delicadas y blancas manos iban introduciendo datos en el ordenador, con rapidez. Estaba escribiendo los datos de una factura que quería pagar la señora Tejo cuando vio que entraba un nuevo cliente, un hombre de unos treinta años con el pelo negro y largo, iba vestido con una gabardina negra que le llegaba hasta los pies. Ya era el décimo en la cola, hoy sería un día en el que tendría que trabajar bastante. La señora Tejo le entregó el dinero y ella le devolvió el cambio. Poco a poco iba atendiendo a los clientes, hasta que llegó el hombre de pelo negro, detrás de él habían ahora siete personas más.

–Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? –pregunto con una sonrisa.

–En nada, Claudia de la Cruz, ten presente que lo que va a ocurrir no es culpa tuya –dijo con toda tranquilidad. Levantó una mano e hizo un gesto extraño.

–¿A qué se refiere con lo que va a ocurrir? –preguntó preocupada, mientras tanto el extraño seguía haciendo unos gestos extraños con el brazo, como si pudiera percibir algo que el resto de gente no.

–Aunque no lo creas, ahora mismo estoy atracando el banco. Acabo de encerrar a toda la gente en sus despachos, he cambiado tanto los parámetros biométricos como las claves de acceso, por mucho que se esfuercen como poco tardarán un día en salir. También he desconectado todas las alarmas, así que no te molestes en intentar activarla –mientras decía eso, la puerta de seguridad se cerró y se activó el cerrojo, ahora ya nadie podía salir de allí. Tras cerrarse la puerta, los cristales de las ventanas se tintaron y el cartel electrónico que había en la calle que mostraba “Sucursal abierta” cambió a mostrar “Sucursal cerrada”.
Claudia le dio al botón de alarma pero el hombre decía la verdad no hubo ningún efecto, se suponía que debía de percibir una pequeña vibración al pulsarlo pero no notó nada. Empezó a mirar con miedo al sujeto.

–Te lo he dicho, está desconectada, no sirve de nada que pulses ese botón –volvió a hacer unos extraños gestos con el brazo–. Tranquila, no te haré nada, no es mi intención, lo único que quiero es el dinero –uno de los clientes que tenía detrás se intentó abalanzar sobre él, pero este lo esquivó como si nada. El cliente cayó al suelo y al instante recibió una patada en la cara por parte del atracador–. Estate tranquilo Javier, solo te he roto el tabique nasal, no es para tanto –la sangre ya había comenzado a salir-. Si no hacen nada no tienen por qué recibir ningún daño.

»Usted, si Marta, me refiero a ti –ella le miró con miedo, ¿cómo podía saber su nombre?– No te molestes en llamar a nadie, también me he encargado de los teléfonos. Cómo he dicho si se están tranquilos y quietos no les pasará nada, cuando salga se quedarán aquí tres horas de espera y todo volverá a la normalidad –todos se quedaron quietos y no intentaron nada más–. Bien, ya ha empezado la transferencia de dinero, en nada nos podremos despedir Claudia.

»Ya que estoy aquí quiero decirte una cosa Robert te está engañando con otra. Con una tal… Diana López García. Ahora mismo están los dos juntos en la habitación 213 del hotel Blue Dream.

–¿Cómo puedes saberlo? ¿Me has estado siguiendo? ¿Y a él? –preguntó cada vez con más preocupación.

–No, no os he seguido a ninguno de los dos, simplemente analizo y sintetizo todos los datos que hay en la red. Actualmente en todos los hoteles te piden una identificación virtual la cual asignan a la habitación que el cliente va a usar. Hace una hora las identificaciones de los dos han sido asignadas a esa habitación. Si quieres pregúntaselo cuando le veas esta tarde, aunque es probable que te diga que esto no es así. Espera, te voy a pasar un video de las grabaciones hechas por las cámaras en los pasillos. –Sacó el Smartphone del bolsillo izquierdo y buscó el vídeo que acababa de descargar. Mientras tanto con el otro brazo hizo más gestos extraños de los que iba haciendo a ratos. Con el Smartphone envió el video al ordenador de Claudia después de eso lo guardó, mientras tanto siguió haciendo gestos extraños-. Bueno, ahí tienes la prueba, yo si fuera tú cortaría con él.

Claudia empezó a llorar por lo que veía en la pantalla, todo lo que el atracador le había dicho era cierto. Mientras lloraba se dio cuenta de algo, el hombre llevaba allí más de una hora ¿cómo podía haber conseguido el video?

–Tú llevas aquí más de una hora, ¿cómo has podido conseguir ese video estando aquí?

–Primero, no creo que eso sea asunto tuyo, al fin y al cabo te estoy haciendo un favor entregándotelo. Segundo, lo acabo de descargar, ¿no pensarías que yo también estaría sin conexión?

»Ha tardado menos de lo que pensaba, ya tengo todo lo que quería. Cuando venga la policía diles que es imposible que me cojan y que encuentren el dinero, durante las próximas horas habrá millones de transferencias con pequeñas cantidades, nunca lo rastrearan. Siento que te vayan a despedir –se acercó a ella y le susurro–, dentro de dos meses te llegarán los datos de una cuenta con tres cientos mil euros, perdóname por arruinar tu carrera. Se acercó a la puerta de seguridad mientras seguía haciendo gestos con el brazo derecho–. Espero que siempre recordéis este día como el día en que conocisteis a Eirom –sonrió abiertamente a todos. Al mismo tiempo hizo otro gesto con el brazo y en todas las pantallas de los ordenadores y Smartphones apareció un logotipo, dos triángulos mezclados que intentaban aparentar un rombo. Debajo se podía leer “Eirom”.

Volvió a mover el brazo derecho y la puerta de seguridad se abrió, la atravesó y volvió a cerrarla con un sencillo movimiento del brazo. Otro movimiento y la cerradura de la puerta de la entrada se abrió. Mientras salía volvió a cambiar el mensaje del cartel electrónico, esta vez por “Sucursal robada”. Cuando estuvo fuera, la puerta se cerró y volvió a activarse la cerradura. Ya solo quedaba irse.

En la plaza donde se encontraba el banco había diez personas que le vieron salir justo cuando cambiaba el mensaje del cartel electrónico, diez personas que se quedaron paralizadas al verlo mientras leían el mensaje. En total eran seis mujeres y cuatro hombres, dos de estos policías en su día de descanso por lo que Eirom pudo ver en sus diferentes perfiles online. Eran un hombre y una mujer, él se llamaba Pablo, tenía cincuenta y dos años y ella Sarah, solo tenía veintisiete. Sonrió, ahora empezaba lo interesante, conectado a la GlobalTec podía hacer lo que quisiera. Volvió a sonreír mientras lo miraban los policías, señalo el cartel del banco y luego a él, cuando se levantaron de la terraza donde estaban sentados Eirom empezó a correr. Ahora ya podía usar órdenes de voz.

–Activar escucha telefónica para Sarah Arbeloa Hernández –el sistema detectó el Smartphone de la policía y pudo escuchar lo que decía.

–… banco. Enviad refuerzos a mi posición –gracias a la GlobalTec los analistas de la policía podían fijarla con una probabilidad de un metro de error a través de su Smartphone.

–No nos ha llegado ningún aviso –dijo la voz de un analista-. ¿Estás segura de lo que dices?

–Joder, claro que lo estoy, lo pone en el cartel del banco “Sucursal robada” –Sarah iba corriendo junto a Pablo intentando alcanzar a Eirom.

–¿“Sucursal robada”? ¿Estás segura?

–Que sí –dijo Sarah molesta.

–Esto es más importante de lo que parece, no podéis hacerlo solos, os estáis enfrentando al terrorista Eirom. Avisaré a todas la unidades en activo y a las fuerzas de élite –colgó.

Ya le habían identificado, justo lo que quería, llevaba los últimos trece años huyendo y nunca le habían cogido, hoy no iba a ser diferente. Se conectó a una de las cámaras y pudo ver cómo le seguían, Pablo se iba quedando poco a poco atrás. Gracias a la llamada de Sarah había logrado infiltrar un troyano en la sede de analistas de la policía, ahora podía acceder a todos los datos de todas las unidades incluidas sus posiciones. En la siguiente calle había un coche, lo apagó y cerró todas las puertas para que no pudieran salir. Eirom pasó corriendo al lado saludándoles. Abrió la puerta de un edificio vacío de oficinas cuya fachada era completamente de cristal. Entró dejando la puerta abierta para que Sarah y Pablo pudiesen seguirle.

Empezó a subir por las escaleras, llegó hasta la octava planta, allí se detuvo. Tenía un minuto más o menos hasta que Sarah lo alcanzase, Pablo ya se había rendido en la tercera planta. Se desabrochó la gabardina que llevaba puesta, en uno de los bolsillos interiores llevaba un dispositivo que emitía una pequeña luz verdea través de un led. Ya se acercaban los helicópteros, tenía que darse prisa. Se acercó al centro de la sala y dejó el dispositivo en el suelo y se dispuso a esperar la llegada de Sarah, tardaba más de lo que había calculado. Pasado un minuto más llegó pero no le vio.

–Sarah –gritó, al hacerlo ella giró en su dirección con la pistola alzada.

–Eirom quedas detenido –le dijo mientras se acercaba apuntándole.

–No, yo creo que no, ¿estás dispuesta a morir y a que muera toda la gente cercana en un radio de trescientos metros? –Dijo con total tranquilidad–. Esto que ves aquí es una bomba de última tecnología, si me esposas o matas estallará.

–Eso es imposible, nunca has tenido cómplices, ¿si mueres quien la detonará?

–Ella sola, está ligada a mí, ocurra lo que me ocurra estallará. Sarah acabo de robar ese banco para pedirte algo. Únete a mi causa, eres perfecta para esto –hizo unos gestos con el brazo derecho y el Smartphone de Sarah se apagó.

–No te muevas –él se quedó otra vez quieto–. Es verdad eso de que dicen que estás loco –un mechón castaño se le cruzó delante de la vista y lo apartó con un sencillo gesto–. No voy a convertirme en una terrorista, así que lo has hecho todo en vano.

–No soy un terrorista aunque me tilden de eso, ¿acaso conoces mis motivaciones para decir eso? –vio en el mapa que las fuerzas de élite ya estaban llegando además había tres helicópteros sobrevolando el edificio–. ¿Sabes que acabo de robar? Un millón setecientos cuarenta y cinco mil euros. ¿Sabes a quién? A un hombre que ha conseguido todo ese dinero a causa de las muertes de cientos de personas, todo ese dinero le llegará a quien le hace falta, ya me he encargado de eso.

–Eso no es verdad –las fuerzas de élite entraron en el edificio, se le acababa el tiempo. Eirom empezó a mover el brazo con mayor rapidez, en un afán de control absoluto habían fabricado armas que se conectaban a GlobalTec, gracias a ello pudo activar el seguro–. Estate quieto –dijo cogiendo el arma aún con mayor firmeza.

Eirom se levantó de golpe y se abalanzó sobre Sarah, mientras ella intentaba dispararle sin éxito, los dos cayeron sobre el suelo. Forcejearon hasta que Eirom logró inmovilizarla y quitarle el arma. Él metió la mano izquierda dentro de la gabardina, –ya iban por la cuarta planta–. Sacó unos auriculares que le puso a ella, tras eso sacó unos para él. Al ponérselos comprobó porque planta iban, la sexta, ya casi habían llegado.

–Activar pilotos automáticos modos aéreo y terrestre en trescientos metros, instrucciones aterrizar y frenar, usar de fuente el servidor de los analistas –Sarah lo miró con auténtico pánico–. Por favor cierra los ojos, no quiero que sufras ningún daño –susurró Eirom al oído de Sarah, el dejó caer su peso sobre ella por lo que pudiese pasar, mientras tanto con la mano derecha activó el dispositivo.

Pasados unos segundos noto como unas pequeñas esquirlas de cristales iban cayendo sobre ellos, el dispositivo ya había estallado. Era una bomba sonora, dejaba inconsciente a todos los que estuviesen como mucho a trecientos metros de ella, y rompía los cristales de todo lo que estuviese a veinte metros con un ultrasonido, por eso habían caído pequeños cristales del techo, eran las luces. Se sacó los cascos e hizo lo propio con los de Sarah. Luego volvió a meter la mano en el bolsillo y extrajo una jeringuilla metálica, mientras tanto Sarah iba forcejeando para deshacerse de él.

–Tendrás que perdonarme pero no me queda otra, no tengo tiempo para convencerte –le clavó la jeringuilla en el cuello y quedó inconsciente al instante.

Eirom se levantó y guardó la pistola que le había quitado a Sarah en la bota, después extrajo otro aparato, este era cilíndrico y hacía treinta centímetros de largo, tras eso se quitó la gabardina y la tiró al suelo. La ropa que llevaba debajo era sencilla, camiseta negra ajustada a juego con los pantalones. Cogió a Sarah en brazos mientras se acercaba a la ya inexistente cristalera para saltar. Cuando llegó al borde activó el cilindro, de la punta superior salió una punta seguida por un delgado cable. Una vez que la punta se clavó en el techo se expandió para asegurar que no se soltaría, después Eirom saltó con Sarah en brazos mientras sujetaba el cilindro. Los guardas solo estarían inconscientes diez minutos y ya había perdido uno.

–Desconectar pilotos automáticos –dijo mientras aterrizaba en el suelo y soltaba el cilindro.

Ya había pasado otro minuto pero era preferible eso a desperdiciar el tiempo en las escaleras. El hecho de que todos estuvieran inconscientes no implicaba que no se pudieran acercar más. Se acercó al coche donde había encerrado a los dos policías y dejó a Sarah en el suelo. Abrió el coche y luego saco a los policías, ya pasaban cuatro minutos, subió a Sarah en el asiento del copiloto, le puso el cinturón y se subió en el asiento del conductor, arrancó y se puso en marcha.

Nueva York, EE.UU.

James Reid ya tenía el cabello blanco a los cuarenta y seis años e iba vestido con un traje negro que disimulaba perfectamente su complexión. Ya llevaba ocho años como jefe de seguridad armamentística de una gran multinacional, ocho años con su vida en peligro por culpa de ese maldito terrorista. Solo hacía una semana que había decepcionado sobremanera a sus jefes cuando Eirom destruyó el transatlántico con toda la mercancía, y ahora se había atrevido a utilizar uno de tantos artilugios que podría haber cogido de allí. Cada vez veía más claro que era muy posible que le despidieran esa misma semana y eso allí significaba la muerte. Entró en la sala de conferencias con la cabeza alta, como si aquello no fuese con él, intentando disimular su miedo.

–Infórmame de la situación –le dijo a uno de sus subalternos.

–Eirom ha vuelto a actuar, está vez en Madrid, no tenemos claro cuáles son sus intenciones por ahora ha atracado un banco, asaltando todas las cuentas de uno de nuestros clientes. Luego ha salido corriendo y ha entrado en unas oficinas vacías, donde ha detonado un S-847, con ello ha conseguido neutralizar a todas las fuerzas de seguridad españolas que había cerca. Lo último que sabemos es por una cámara de seguridad, la grabación muestra cómo Eirom carga con una agente a la cual mete dentro de un coche en el que también sube él y seguidamente arranca sin ningún rumbo fijo seguido por un coche de la policía.
Parecía que volvería a escapar, James no lo podía permitir, desde que tenía este puesto había estado su vida en peligro, pero las dos últimas semanas Eirom había estado demasiado activo. Tan activo, que si sus jefes sabían que se le estaba volviendo a escapar nunca más saldría de ese recinto.

–¿Tenemos algún limpiador cerca? –preguntó con esperanza.

–Sí, tenemos a una unidad con cuatro limpiadores a unos quince minutos de su posición actual, ¿quiere que los envíe?

–Sí, cuanto antes mejor –ahora ya solo le quedaba rezar.

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