Hoy os traigo un fragmento y un seguido de poemas que aparecen en El psicoanalista de John Katzenbach, espero que os gusten tanto como a mí ^^

Citas de la librería

Hoy os traigo una entrada de citas algo diferente, todas son de El psicoanalista de John Katzenbach, libro que acabo de terminar. Lo primero de todo es una carta que sale al principio del libro y luego os dejaré unos poemas que utilizan dos personajes para comunicarse. Si tenéis intención de leeros el libro os recomiendo que no leaís a partir de aquí.

Carta:

Feliz 53º cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte.

Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo, por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.

Al principio pensé que debería matarlo para ajustarle las cuentas, sencillamente. Pero me di cuenta de que eso era demasiado sencillo. Es un objetivo patéticamente fácil, doctor. De día, no cierra las puertas con llave. Da siempre el mismo paseo por la misma ruta de lunes a viernes. Los fines de semana sigue siendo de lo más predecible, hasta la salida del domingo por la mañana para comprar el Times y tomar un bollo y un café con dos terrones de azúcar y sin leche en el moderno bar situado dos calles más abajo de su casa.

Demasiado fácil. Acecharlo y matarlo no habría supuesto ningún desafío. Y, dada la facilidad de ese asesinato, no estaba seguro de que me proporcionara la satisfacción necesaria. He decidido que prefiero que se suicide.

Suicídese, doctor.

Tírese desde un puente. Vuélese la tapa de los sesos con una pistola. Arrójese bajo un autobús. Láncese a las vías del metro. Abra el gas de la estufa. Encuentre una buena viga y ahórquese. Puede elegir el método que quiera.

Pero es su mejor oportunidad.

Su suicidio será mucho más adecuado, dadas las circunstancias de nuestra relación. Y, sin duda, una manera más satisfactoria de que pague lo que me debe.

Verá, vamos a jugar a lo siguiente: tiene exactamente quince días, a partir de mañana a las seis de la mañana, para descubrir quién soy. Si lo consigue, tendrá que poner uno de esos pequeños anuncios a una columna que salen en la parte inferior de la portada del New York Times y publicar en él mi nombre. Eso es todo: publique mi nombre.

Si no lo hace… Bueno, ahora viene lo divertido. Observará que en la segunda hoja de esta carta aparecen los nombres de cincuenta y dos parientes suyos. Su edad comprende desde un bebé de seis meses, hijo de su sobrino, hasta su primo, el inversor de Wall Street y extraordinario capitalista, que es tan soso y aburrido como usted. Si no logra poner el anuncio según lo descrito, tiene una opción: suicidarse de inmediato o me encargaré de destruir a una de estas personas inocentes.

Destruir.

Una palabra muy interesante. Podría significar la bancarrota financiera. Podría significar la ruina social. Podría significar la violación psicológica.

También podría significar el asesinato. Es algo que deberá preguntarse. Podría ser alguien joven o alguien viejo. Hombre o mujer. Rico o pobre. Lo único que le prometo es que será la clase de hecho que ellos —sus seres queridos— no superarán nunca, por muchos años que haga psicoanálisis.

Y usted vivirá hasta el último segundo del último minuto que le quede en este mundo sabiendo que fue el único responsable.

Salvo, por supuesto, que adopte la postura más honorable y se suicide para salvar así de su destino al objetivo que he elegido.

Tiene que decidir entre mi nombre o su necrológica. En el mismo periódico, por supuesto.

Como prueba de mi alcance y del extremo de mi planificación, me he puesto en contacto hoy con uno de los nombres de la lista con un mensaje muy modesto. Le insto a pasar el resto de esta tarde averiguando quién ha sido el destinatario y cómo. Así por la mañana podrá empezar, sin demora, la tarea que le espera.

Lo cierto es que no espero que sea capaz de adivinar mi identidad, por supuesto.

Así pues, para demostrarle mi deportividad, he decidido que a lo largo de los próximos quince días voy a proporcionarle una pista. O dos de vez en cuando. Sólo para que las cosas sean más interesantes, aunque alguien intuitivo e inteligente como usted debería suponer que esta carta está llena de pistas. Aun así, ahí va un anticipo, y gratis.

La vida era alegre en el pasado:
un retoño y sus padres a su lado.
El padre soltó amarras, se largó,
y entonces todo eso se acabó.

La poesía no es mi fuerte. El odio sí.

Puede hacer tres preguntas que se contesten con sí o no. Use el mismo método, los anuncios de la portada del New York Times.

Contestaré a mi propia manera en veinticuatro horas. Buena suerte. Tal vez desee también dedicar tiempo a los preparativos de su funeral. La incineración es probablemente mejor que un entierro tradicional. Sé cuánto le desagradan las iglesias. No creo que sea buena idea llamar a la policía. Lo más seguro es que se burlen de usted, y sospecho que su altanería no lo encajará demasiado bien. Además, podría enfurecerme más; no se imagina usted lo inestable que soy en realidad. Podría reaccionar de modo imprevisible, de muchas formas malvadas. Pero puede estar seguro de algo: mi cólera no conoce límites.

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Primer poema:

Me dediqué a buscar a destajo
en veinte años de mi trabajo.
¿Es ese número acertado?
El tiempo casi ha terminado
y no puedo dejar de preguntar:
¿a la madre de R debo encontrar?

Segundo poema:

Siguiendo la pista estás
al volver la vista atrás.
Veinte años sitúa cuándo,
y a mi madre estás buscando.
Saber su nombre es otro cantar,
así que una pista te voy a dar.
te diré que, cuando la atendiste,
como señorita la conociste.
Y los días que se sucedieron,
sus labios jamás sonrieron.
Dejaste tus promesas sin cumplir,
y la venganza de su hijo vas a sufrir.
El padre lejos, la madre fallecida:
por eso quiero acabar con tu vida.
Y será mejor que termine esta rima,
o el tiempo se te echará encima.

Tercer poema:

Hace veinte años, como profesional,
traté a gente pobre en un hospital.
Me marché para mejorar mi posición.
¿Fue eso lo que motivó esta situación?
¿Que, al irme, en el olvido dejara
provocó que esa mujer se suicidara?

 Cuarto poema:

Ricky se acerca cada vez más,
en su búsqueda hacia atrás.
La ambición la mente le nubló,
y lo que decía la mujer ignoró.
La dejó confusa, a la deriva,
tan perdida que le costó la vida.
El hijo, que vio la equivocación,
quiere vengarse sin dilación.
Antes era pobre y rico ahora;
cumplirá su deseo sin demora.
¿Visitar los archivos del hospital
bastará para lograr el triunfo final?
Hay algo que Ricky no puede olvidar:
tiene setenta y dos horas para jugar.

 Quinto poema:

Sabe quién era, no quién soy.
Por eso está en un lio hoy.
Ricky se fue; murió en el mar.
Y yo su sitio vine a ocupar.
Como Lázaro me he levantado,
y ahora le toca morir a otro pringado.
Otro juego señor R, en un viejo lugar,
y cara a cara nos vamos a enfrentar.
Veremos a favor de quién está la suerte,
porque hasta los malos poetas aman a la muerte.

 Sexto poema:

Ricky es listo, Ricky es muy astuto,
pero ha cometido un error absoluto.
Cree que está a salvo y quiere jugar,
pero escondido se debería quedar.
>Que escapara una vez es impresionante
pero no por ello debería estar exultante.
Otro juego, en una segunda ocasión
volverá a llegar a la misma conclusión.
Sólo que ahora lo que me debe pagar,
por fin completo me lo vaya cobrar.

 Séptimo poema:

Lázaro el cerco ha estrechado.
Ahora no está desorientado.
¿Está aquí? ¿Está allá? Vete a saber.
En cualquier parte puede aparecer.
El juego despacio va avanzando
y Lázaro cree que va ganando.
Quizás el señor R ya no pueda elegir
y las instrucciones del Voice deba seguir.

Octavo poema:

¿Está aquí? ¿Está allá? Vete a saber.
En cualquier parte puede aparecer.
Puede que a Ricky le guste vagar,
puede que haya vuelto a su hogar.
O quizá Ricky se quiera ocultar
para que no lo puedan encontrar.
Un viejo lugar o un nuevo lugar,
Ricky siempre logrará escapar.
Y aunque lo busque con apuro,
el señor R nunca sabrá seguro
cuándo Ricky pueda estar presente,
no como amigo sino como oponente,
para sembrar la muerte y el mal,
y provocar de alguien el final.