Mi nombre actual es Winifred Burkle y desde que tengo memoria poseo una “maldición”: la telepatía. Nadie debería tener derecho a leer el pensamiento ya que es algo íntimo y privado.

Mi nombre actual es Winifred Burkle y desde que tengo memoria poseo una “maldición”: la telepatía. Nadie debería tener derecho a leer el pensamiento ya que es algo íntimo y privado. Cuando era pequeña no podía controlarlo y las voces de la gente entraban en mi cabeza llegando a provocarme fuertes migrañas, hecho que ya no me presenta problema porque actualmente puedo controlar a la perfección mi telepatía.

Crecí en Houston (Texas), en el seno de una familia de cuatro miembros: mis padres, mi hermana mayor Aina y yo. Ella fue la única que me creyó cuando le expliqué mi problema, al contrario que mis padres que me trataron como a una embustera, algo que no pude desmentir ya que no sabía controlar la telepatía en aquella época. Aina perdió prácticamente toda su juventud cuidando de mí e intentando aligerar mi carga, algo que a pesar de costarle mucho siempre conseguía. Los mejores recuerdos que tengo de mi niñez son con ella a mi lado, siempre cuidándome, siendo mi guardiana.

Cuando tenía dieciséis años, una noche de primavera Aina me despertó, con cuidado para no asustarme. Mientras abría los ojos pude oír en su mente que no debía hacer ruido ya que nos íbamos a ir de casa, algo con lo que las dos habíamos soñado más de una vez. Ella salió de la habitación mientras me decía a través de la mente que me vistiera rápido y cogiera lo que quisiera llevarme. Acabé en un momento ya que prácticamente no me quería llevar nada de aquella casa. Al salir de la habitación Aina me preguntó si sabía por qué nos íbamos, a lo que respondí que creía saberlo, en verdad lo sabía, como mínimo mis motivos, pero no estaba segura si los suyos eran los mismos. Esa noche hizo que mi vida cambiara para siempre.

Pocos días después de salir de Houston llegamos a Phoenix (Arizona), ciudad en la que nos afincamos durante unos meses. Allí nuestras vidas cambiaron, Aina se esforzaba al máximo en encontrar trabajo pero no lo conseguía ya que no podía mostrar su documentación o nos encontrarían. Aina tuvo que empezar a robar para que las dos pudiéramos comer y dormir en un sitio confortable. Yo insistí muchas veces en que me dejara robar a mí, que no estaba bien que solo lo hiciera ella pero ella siempre me decía que no me preocupara, que era su obligación. Lo único que me pedía es que averiguara los números de las tarjetas para poder usarlas, ya que siempre se la robaba a personas que la acababan de usar. Ese ejercicio de escuchar los números de las tarjetas hizo que poco a poco fuera mejorando en el control de mi telepatía. Estuvimos viviendo así durante cinco años, hasta que llegamos a Minneapolis (Minnesota).

Minneapolis, posiblemente nuestro mayor error de toda la vida, allí fue donde Aina desapareció. Un día íbamos paseando por la ciudad, cuando de repente ella se quedó parada un instante mirando al frente, en un instante me cogió del brazo y me hizo girar para empezar a desandar el camino que habíamos hecho hasta entonces. Esa noche no volvimos al piso que habíamos logrado alquilar con un nombre falso, fuimos a un hotel de cuatro estrellas algo que solo hacíamos por nuestros cumpleaños. Me dijo que le apetecía, que teníamos que celebrar que hacía cinco años que nos habíamos ido de casa. Escuché su mente y me di cuenta de que era verdad, que faltaban dos días para que se cumplieran cinco años. Noté que me ocultaba algo pero no quise insistir en escuchar su mente, pensé que me lo diría al día siguiente. Poco después de escucharla me puse a dormir mientras ella se quedaba despierta, escribiendo, como cada noche. Me desperté cuando empezaron a entrar los primeros rayos de sol, antes incluso de abrir los ojos me percaté que aina no estaba en la habitación, después comprobé si estaba en el edificio y tampoco tuve suerte.

Esos dos días fueron de los peores de mi vida, llamé a recepción desde la habitación, y pregunté si habían visto salir a mi hermana, a lo que el recepcionista me dijo que sí, hacía la una de la mañana. Escuché su mente y me di cuenta de que decía la verdad ya que la había visto antes, cuando nos registramos. Colgué enseguida y fui a donde la había visto escribir allí aparte de su diario encontré una carta. La leí, una y otra vez, esperando encontrar un texto diferente cada vez. En la carta me decía que se había tenido que ir y que me fuera sino volvía en menos de dos días. A partir de ese momento y durante los ese tiempo no dormí ni comí, estuve completamente quieta e imaginando involuntariamente todo tipo de escenarios en los cuales ella volvía y yo la abrazaba mientras ella me explicaba lo que había ocurrido. La realidad fue más cruel, Aina nunca volvió al hotel.

Los tres siguientes años estuve cambiando de ciudad cada mes, sin llegarme a acomodarme en ninguna, hasta que llegué a Nueva York (Nueva York). Esa fue la ciudad que por fin rompió la espiral autodestructiva en la que había entrado tras Minneapolis. Cuando llegué me apunté a la academia de policía, para poder conseguir un trabajo y poder vivir legalmente. Escogí ese trabajo porque era mi mejor opción, tenía motivación de sobras para ejercerlo y pensaba que mi telepatía podía servir para ayudarme a encontrar y reducir a criminales.

Etiquetas: ,