El instinto animal que todos llevamos dentro y la crueldad sin motivo afloran en este relato corto que se sostiene sobre dos pilares: el sexo y la ultraviolencia.

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Allí estaba él, como siempre tirado en la cama escuchando música clásica. En esos momentos sonaba el Fantasía y fuga en sol menor de Johan Sebastian Bach. No había nada que le relajara más que una buena sesión musical.

Esa mañana se encontraba un poco mal y no tenía ganas de ir a clase a perder el tiempo así que simplemente, no fue. Sus padres se habían marchado una semana de viaje y no tenía ninguna obligación. Tenía la casa para él solo, y pensaba invitar a su chica a pasar la tarde, así que de momento podía descansar.

Eran las cuatro de la tarde cuando el timbre sonó. Nuestro protagonista se despertó violentamente y fue corriendo a abrir la puerta sin darse cuenta de no llevaba nada puesto, ni siquiera los calzoncillos. Cuando abrió, ella se sonrojó y rió tontamente mientras entraba dentro de la casa.

Ya dentro, ella posó sus libros y preguntó: “¿Es que no te vas a poner nada?” a lo que el respondió secamente: “¿Es que no te vas a quitar nada?”

Ella no se sentía preparada y solo quería estudiar y pasar un buen rato con su novio. Él le cogió las manos y las juntó en la espalda mientras decía: “Vas a hacer lo que yo te diga”. Ella no estaba preocupada pues no era la primera vez que su novio se exaltaba, normalmente se le pasaba al cabo de segundos y le pedía perdón más de cien veces. Una de estas veces le dio un bofetón tan fuerte que le hizo sangrar, estuvo más de una semana disculpándose. Ella le apreciaba y sabía que era un buen tipo, y que todo lo hacía por su bien.

Mientras todos estos pensamientos cruzaban la cabeza de la indefensa muchacha, él se dedicó a atarla con una cuerda que se encontraba sobre la encimera de la cocina. Ella se retorció, pero el nudo ya estaba bien apretado. La mirada del chico se clavó en los senos de ella a la vez que su sonrisa se alargaba. La desnudó y la flageló con un palo de golf repetidas veces, hasta hacerla sangrar. Después trajo una silla y ató sus piernas a cada una de las patas delanteras. Se bajó los pantalones en un solo movimiento y la penetró con toda su fuerza. Mientras la metía y la sacaba, le iba estrujando los pechos cada vez más fuerte. Ella gritaba aunque no le quedaba ya ninguna esperanza de salir viva de esa casa. De repente, él se levantó y se dirigió a su habitación. La chica trató de mover la silla hacía la puerta, aunque lo único que consiguió fue darle la vuelta y ponerse de frente hacía la salida. Cuando estaba empleando todas sus fuerzas para mover la silla, el frío repentino de un cuchillo muy afilado en el cuello la paralizó.

El chico, convertido en monstruo, se posó sobre su victima, que anteriormente había sido su amada novia, y le cortó los pezones brutalmente y sin apartar ni un solo segundo la mirada de la sangre que poco a poco iba cayendo de sus pechos a la vez que decía: “Este es el mejor día de mi vida” con una gran sonrisa en la boca. El creía que este había sido el mejor día de su vida, pero ciertamente habría muchos más días como aquel.

Pasaría a la historia como uno de los mayores asesinos en serie, estuvo operando más de 20 años sin ser descubierto, de hecho, nadie sospechó nada hasta el día en que…Bueno, ya os contaré esa historia en otro momento.