Fragmento (Capítulo) 1 de Alas Rojas, se empieza a ver un poco la temática, espero que lo disfrutéis ^^

Alas Rojas (Fragmento 1)

Jaime estaba paseando tranquilamente por uno de los pasillos del monasterio, las piedras que formaban las paredes eran grises y rasposas a pesar de los cientos de años que llevaban colocadas allí. El monje llevaba viviendo entre aquellas paredes desde que tenía memoria. Hacía años que su cabello había caído por completo dejando a la vista la cabeza desnuda. Los últimos años habían sido duros para él, su vista se había resentido hasta el punto de casi perderla a causa de las horas que dedicaba a diario a la lectura de antiguos manuscritos. Algunos de sus compañeros preferían ayudarse de ordenadores algo que él no comprendía a sus setenta y siete años, en más de una ocasión había intentado usarlos sin obtener ningún resultado, únicamente le habían retrasado. Su mano derecha se apoyaba en la pared para usarla a modo de guía. Cuando llegase al final de aquel pasillo solo le quedaría subir unas escaleras y finalmente llegaría a su celda.

Cuando Jaime llegó a las escaleras fue sorprendido por Rodrigo, uno de los hermanos que compartían monasterio con él. Rodrigo era uno de los hombres más jóvenes que había en el monasterio a pesar de estar rondando los cuarenta. El monje estaba jadeando, había corrido para poder alcanzar al anciano. Se inclinó un poco y reposo las manos sobre sus rodillas para recuperar el aliento, cuando lo consiguió se irguió y apartó un mechón de cabello negro que le caía frente a los ojos, tras eso se dirigió al anciano.

-Hermano Jaime, le necesitamos, está ocurriendo algo -dijo preocupado mientras echaba una mirada a su espalda-. El hermano Eduardo acaba desaparecer ante nosotros.

-¿Cómo? ¿Dónde ha sido? -su voz denotaba alarma, estaba al corriente del entramado oculto que había en el mundo pero en muy pocas ocasiones se había visto envuelto en ello. Era extraño que tan pocos sucesos hubieran ocurrido cerca de Jaime gozando de la posición privilegiada de la que disponía desde el día de su nacimiento.

-Ha sido en la biblioteca -dijo mientras cogía a Jaime del brazo para guiarlo hasta ella.

-¿Cómo ha sucedido?

-Yo estaba leyendo uno de los manuscritos antiguos que llegaron hoy cuando de repente la biblioteca ha empezado a vibrar. Al principio ha sido leve y no le hemos dado importancia ya que pensábamos que era un pequeño terremoto pero el temblor ha ido en aumento y los libros han empezado a caer de las estanterías. Todo nos hemos levantado para evitar que cayese el mayor número de libros posible. Llevábamos unos veinte minutos así cuando el hermano Jorge ha abierto la puerta y ha comprobado que el terremoto no existía más allá de la biblioteca, el pasillo estaba completamente quieto. Iba a salir para avisarle cuando la puerta se ha cerrado de golpe cogiéndole la pierna, Jorge ha caído mientras se la sujetaba a causa del dolor, tras eso la puerta ha vuelto a cerrarse dejándonos allí encerrados.

»Los temblores han seguido en aumento hasta parar repentinamente. Un pitido constante ha invadido la sala, era insufrible y aun cubriéndonos los oídos seguíamos oyéndolo fuerte e incesante. Algunos de nuestros hermanos se han desmayado por su culpa. Mientras se producía el pitido las rocas del techo han empezado a desprender una luz blanca, en especial por el centro, esa luz cada vez se desprendía de más superficie hasta que también ha empezado a ser producida por la pared. Nos ha obligado a cerrar los ojos de lo fuerte que era y cuando los hemos podido abrir de nuevo Eduardo ya no estaba en la sala.

Los monjes siguieron el resto del camino en completo silencio, Jaime se hacía una idea de lo que podía estar sucediendo y esa idea le asustaba. Finalmente llegaron a la puerta de la biblioteca, era de madera oscura y robusta, llevaba cientos de años allí protegiendo la entrada de la biblioteca. Se detuvieron un instante ante ella hasta que finalmente Rodrigo se decidió a abrir la puerta. Ninguno de ellos estaba preparado para ver lo que había tras ella.

Tanto las estanterías como los libros habían desaparecido, únicamente había un mueble en toda la biblioteca; una mesa que estaba en el centro de la sala. Sobre ella descansaban las cabezas de sus hermanos en una perpetua mueca de horror. La sangre encharcaba toda la superficie de la mesa y ya había empezado a derramarse sobre el suelo.

Rodrigo empezó a gritar enloquecido mientras se abalanzaba hacía una cabeza rubia que reposaba sobre la mesa, era la de su hermano de sangre, aquel con el que había compartido toda su infancia. Jaime dirigió su mano hacia el bolsillo y sacó su rosario, preparado para hacer frente al ser que hubiese provocado aquella matanza. Entró decidido y tras él se cerró la puerta, todo quedó a oscuras y entonces se percató de algo en lo que no se había fijado; las ventanas también habían desaparecido, en su lugar únicamente había una extensión de la pared.

Jaime oyó el grito desgarrado de Rodrigo que procedía del centro de la sala y poco después algo golpeó su pierna derecha. Estaba atento y levantó su rosario a modo de protección, sabía que quien hubiese hecho aquello no podía matarlo pero aun así debía hacerle frente. Empezó a entonar un salmo y el rosario empezó a emitir una débil luz que se fue intensificando hasta alcanzar toda la sala. Miró a sus pies y vio horrorizado que lo que le había golpeado era la cabeza de Rodrigo, empezó a andar lentamente hacia el centro de la sala con la esperanza de que apareciera el asesino.

-Sé lo que eres y sé que no puedes matarme. ¡Da la cara!

Una risa desquiciada resonó en la biblioteca, provenía de todas partes al mismo tiempo. La risa siguió sonando a lo largo de minutos, quien la producía no tenía intención aparecer ante el monje. Jaime siguió impasible junto a la mesa a la espera de que apareciese el asesino de sus hermanos, al no hacerlo empezó a entonar otro salmo. Cuando lo terminó se sorprendió y empezó a asustarse, nada había cambiado en la biblioteca salvo que las cabezas de sus compañeros habían desaparecido.

Corrió hacia la puerta para salir de allí, lo que había allí encerrado era el ser más fuerte al que se había enfrentado. Cuando posó su mano en el pomo algo desgarro su espalda, lo que no le impidió abrir la puerta y cerrarla tras él. Notaba la sangre corriendo por su espalda pero no podía detenerse. Entró en la primera habitación que encontró, una habitación que solo alguien de su condición podía ver.

La sala en la que se encontraba era pequeña y estaba repleta de estanterías que guardaban diferentes tipos de objetos. Se dirigió a una en la que reposaban unos cristales de cuarzo y cogió dos de ellos, tras eso hizo lo propio con una pequeña bolsa que había al lado. Salió y se dirigió a la biblioteca de nuevo, tenía la esperanza de que el ser no hubiese salido de allí. Abrió la bolsa y cogió un poco de la sustancia que contenía con el dedo, con ella dibujó un pequeño símbolo en cada uno de los cristales de cuarzo, tras eso oscurecieron hasta llegar a un negro profundo. Finamente los acabó depositando frente a la puerta, cada uno a un lado del marco. Eso debería de bastar para retener a quien había matado a sus hermanos.