El estruendo de un trueno me despertó, cuando al fin logré tranquilizarme miré el reloj y pasaban trece minutos de las seis de la mañana. Ya hacía unas horas que el catorce de febrero había empezado. Me levanté, sabía que por mucho que lo intentase no volvería a dormirme.

El estruendo de un trueno me despertó, cuando al fin logré tranquilizarme miré el reloj y pasaban trece minutos de las seis de la mañana. Ya hacía unas horas que el catorce de febrero había empezado. Me levanté, sabía que por mucho que lo intentase no volvería a dormirme. Mis pies me llevaron hasta la ventana desde la cual pude ver la tormenta que tenía lugar. Las gotas de agua repicaban contra el cristal de forma constante, desde allí también pude ver relámpagos a lo lejos seguidos por el sonido de los truenos, Hacía mucho que no llovía así, parecía que no tenía intención de parar nunca.

Aquel día iba a volver a ver a Zoé, mi dulce y bella nada, llevaba mucho tiempo en el que no podía hacerlo Desde la última vez que la había visto los días se habían convertido en meses y estos en años, una eternidad esperando para poder volver a verla. Los últimos habían sido todavía más largos sabiendo que ya se acercaba el catorce de febrero, nuestro día, nuestro aniversario. Recordaba a Zoé a la perfección de la última vez que la había visto, el cabello largo, negro, liso y en ocasiones parecía reflejar la luz, sus ojos almendrados y llenos de alegría, su nariz aguileña y sus labios finos. Su piel era como el alabastro y desprendía un aroma afrutado que la caracterizaba desde el día en que la conocí, un aroma que me enamoró al instante. La última vez que la había visto llevaba un vestido negro y ajustado de escote asimétrico, con unos zapatos de tacón negro y unos pendientes largos de plata.

Estuve delante de la ventana recordando a Zoé cerca de una hora, hasta que decidí que ya era el momento de arreglarme. Fui directo al baño, me desvestí y me metí en la ducha de la cual salía mi particular lluvia de agua caliente. Me enjaboné y finalmente tras pasar unos treinta minutos bajo el agua decidí salir para secarme. Cogí la tolla y sequé mi cuerpo, después la pasé por el espejo ya que se había entelado, gracias a eso pude ver mi rostro. Ya hacía tres días que no me afeitaba, y mis ojos mostraban claras señales de insomnio algo que por mucho que quisiera no podía evitar. Me fijé en mi pelo el cual aún estaba húmedo, era corto pero lo suficientemente largo como para que el flequillo cubriese mi frente, viendo como estaba decidí dejarlo así, ya se secaría. Salí del baño sin ningún pudor por mi cuerpo desnudo ya que llevaba viviendo solo mucho tiempo, me dirigí al vestidor que había en mi habitación. _Una vez allí empecé a mirar toda mi ropa, finalmente me decanté por una camisa, unos pitillos y unas botas bajas, todo era negro azabache.

Cuando salí del vestidor mi pelo ya se había secado, miré el reloj y ya faltaba poco para las diez, una hora ideal para salir a pasear bajo la tormenta. Me dirigí a la mesita de noche y cogí el móvil, miré la pantalla y no había habido ninguna interacción desde la noche anterior, tras eso lo guardé en el bolsillo derecho del vaquero, en poco más de tres horas podría ver a Zoé. Nos íbamos a ver en un acantilado junto al mar, el último sitio donde nos habíamos visto. Desde que nos conocimos habíamos tomado la costumbre que la siguiente vez que nos viésemos fuese donde nos despedíamos, así daba la sensación de que únicamente habíamos hecho una pausa, como si estuviéramos juntos para toda la eternidad. Llegué a la entrada y cogí la cartera, el abrigo y un paraguas que aunque no me protegería por completo de la lluvia algo haría.

Abrí la puerta y pude oír con toda claridad el torrencial sonido de la lluvia, me aventuré en ella, no me importaba lo que lloviese al igual que Zoé tampoco le iba a dar importancia, lo único relevante era que ese día íbamos a vernos. Me acerqué a la cafetería del pueblo, al entrar pude ver como había cinco clientes en su interior, cada uno de ellos con su bebida y el móvil en la mano como si el mundo que les rodeaba no existiera. Me quité el abrigo y me senté en una mesa que había en un pequeño rincón escondido, cientos de veces había ido allí únicamente para evadirme y leer un buen libro mientras disfrutaba de un café. Poco después de sentarme me sirvieron el café irlandés que pedía a diario, realmente ya no lo solía pedir, saludaba al camarero y éste empezaba a preparármelo al instante. Metí la mano en el bolsillo del abrigo y cogí el pequeño paquete que guardaba allí, lo desenvolví y abrí la caja que contenía, finalmente pude ver mis preciadas cartas del tarot, esas que tantas veces nos habíamos tirado Zoé y yo mutuamente. Las cartas eran únicas, se las habíamos encargado a un artesano de un pueblo francés, los dibujos estaban difuminados y definidos al mismo tiempo, y el reverso era rojo con un grabado dorado, por desgracia en las esquinas se notaba mucho el desgaste que habían sufrido. Estuve un buen rato admirando la belleza de las cartas y recordando aquel maravilloso día en que fuimos a recogerlas, por último me decidí a guardarlas de nuevo, ya quedaba muy poco para volver a verla.

Salí de la cafetería y me dirigí a la floristería, era la última parada que tenía que hacer antes de dirigirme al acantilado. Estuve allí un buen rato, mirando toda la variedad de flores que había, hasta que al final me decanté por un ramo formado por unas preciosas camelias blancas, estaba seguro de que le iban a gustar. Ya había hecho todo lo que tenía que hacer, ya solo quedaba ver a Zoé. Salí de la tienda, la lluvia había amainado, hasta llegar a ser una fina llovizna. Anduve con nerviosismo cerca de los acantilados mientras las olas los golpeaban con violencia, ya no faltaba nada para verla, a lo lejos ya podía ver el roble en el que nos despedimos la última vez. Cuanto más me acercaba más rápido andaba ya que veía la silueta de Zoé bajo el árbol, balanceándose como si estuviera bailando mientras me esperaba. Llevaba puesto un vestido dividido horizontalmente por la mitad en rojo y negro de escote ovalado. Cuando me acerqué más me di cuenta de que iba descalza y estaba empapada, no tenía ningún paraguas ya que siempre le había gustado mojarse bajo la lluvia, al verla así decidí deshacerme del mío dejándolo caer por el precipicio. Finalmente llegué a donde estaba justo cuando dejaba de llover.

-Hola –dije con una gran sonrisa-. Deseaba que llegase ya este momento –le ofrecí el ramo de camelias.

-Hola –Zoé cogió el ramo con sus finas manos y luego me abrazó con fuerza. Pude notar su cuerpo húmedo contra el mío al mismo tiempo que apreciaba ese aroma afrutado que la caracterizaba-. Te quiero mucho, te he echado muchísimo en falta, quería poder estar a tu lado por encima de cualquier otra cosa.

-Yo también te quiero –dije con dulzura, no podía evitar corresponderle en ese sentimiento tan puro.

La miré fijamente a sus almendrados durante unos fugaces segundos que aparentaron ser una eternidad, en ellos podía ver el amor que destilaban. No pude evitar acercar mi rostro al suyo para fundirnos en un beso, un beso que podía perdurar para siempre. Finalmente tuvimos que separar nuestros labios para volver a la realidad que nos envolvía. Zoé cogió mi mano como si tuviera miedo de que me perdiera y me hizo rodeare l roble, depositó el ramo sobre la tierra y luego se estiró sobre la hierba mojada de espaldas a él. Me invitó a tumbarme junto a ella, oferta que no rechacé. Podía notar toda la humedad de la hierba bajo mí pero no me importaba ya que por fin estaba con mi amada novia. Quedamos los dos mirándonos mutuamente, congelados como si no quisiéramos hacer nada más que admirarnos el uno al otro. Alargué mi brazo derecho hasta su mejilla y empecé acariciarla, al instante volvió a llover con fuerza.

-Eres preciosa, siempre lo has sido, te amo –dicho eso y sin dejarle tiempo para responder la abracé y volví a besarle durante otra eternidad hasta que finalmente empezó a disiparse. Me apartó sin fuerza ya que no quería hacerlo y pude ver como se iba volviendo translúcida.

-Lo siento… Ya tengo que irme… No puedo quedarme más… -dijo con pesar en un susurro apenas audible a causa de la lluvia mientras se levantaba.

-No te vayas por favor, quédate un poco más –supliqué mientras me ponía de rodillas y alargaba el brazo.

-Ojalá pudiese quedarme más tiempo… -empezó a sollozar-. Te estaré observando todo el tiempo, te lo prometo –las últimas palabras fueron apenas audibles ya que desapareció por completo.

Ante mí apareció la cruda realidad, no pude evitar empezar a llorar ante la visión de la tumba labrada de Zoé. La lápida era rectangular y de roca gris que había oscurecido a causa de la lluvia, en el centro se podía ver una talla en piedra de una mujer que sostenía un cetro en su mano izquierda y un escudo en la derecha. La mujer estaba sentada sobre un trono y a consecuencia de la lluvia parecía que lloraba, era la emperatriz de nuestro tarot. Bajo ella se podía leer Zoé Dómine 18·09·1982 – 06·12·2010, a nivel de suelo había una pequeña caja de piedra cerrada con llave que formaba una única pieza con la lápida. La abrí mientras seguía llorando y guardé allí nuestra baraja del tarot, aquella sería su nueva casa durante un año, tras eso volví a cerrar la caja con llave.

-Zoé… Guárdala bien… Te quiero –conseguí articular con esfuerzo. Tras eso me levanté y empecé a andar hacia casa, bajo una lluvia torrencial como la que había al despertarme, a m izquierda tenía ahora un furioso océano golpeando el acantilado como si también estuviese molesto por su marcha.

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Este relato lo he escrito para @AgarMitzi es una especie de pago/¿regalo? Espero que os guste a todos ^^

Creo que ahora voy a explicar la “simbología” oculta en el relato, no pensé hacerlo en un primer momento pero ahora creo que es bueno que lo haga. A lo largo del relato hay varias pistas que nos dejan entrever un poco cómo acaba Aeternitas.

  1. “pasaban trece minutos” El trece hace referencia a uno de los grandes arcanos del tarot, La muerte.
  2. “de las seis de la mañana” El seis es otra referencia a otro de los grandes arcanos del tarot, Los enamorados.
  3. “en poco más de tres horas podría ver a Zoé” El tres es otro de los grandes arcanos, esta vez es La emperatriz, la imagen tallada en la lápida de Zoé.
  4. Si juntamos “faltaba poco para las diez”y “en poco más de tres horas podría ver a Zoé” vemos que se verán a las 13, se repite la referencia a la muerte.
  5. Si a “cinco clientes” le sumamos el protagonista volvemos a repetir la referencia a Los enamorados.